Recuerdo que de la mano de mi abuela era obligado a presenciar la procesión de viernes santo, los tremendos cuerpos de María, José y su hijo muerto echado en un sepulcro, se quedaron para siempre en mi depósito de imágenes, yo en mis ocho o diez años los veía enormes (mirada en contrapicado, diría un camarógrafo) y ese peso simbólico también estaba asociado a la toda la semana santa, narrada por mi abuela para evangelizarme.

Hoy a mucha distancia de esa vivencia, puedo ensayar otra lectura de la semana santa, que es una semana que resume la historia universal, porque en ella existen las pasiones y emociones que mueven a la humanidad desde todos los tiempos.

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