Etiqueta: Fakenews

Varios escritores y algunos que ofician de analistas en los medios trazaron opiniones diferentes en libros para testimoniar la angustia de la soledad cuando se gobierna, la angustia cuando todos lo abandonan, la soledad en un gobierno puede llevar a una tragedia, un gobernante sin un pueblo que lo apoya tiene serios problemas.

Un poeta escribió hace un par de años: “Los Dioses también lloran…” una referencia a la actitud que asume la humanidad cuando no tiene remedio alguno para cambiar la manera de ser que actualmente ejerce la sociedad moderna respecto de sus gobernantes…

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La fotografía que acompaña a esta nota ha sido profusamente distribuida en las redes sociales, mostrando una supuesta movilización “multitudinaria” en Cuba contra “el régimen castrista”. Una imagen vale más que mil palabras, aseguran. Y, sin duda, la foto de marras busca ahorrar a los autores el engorroso afán de explicar lo inexplicable. El problemita es que la imagen no corresponde al Malecón de La Habana, sino a Egipto; ha sido usada con fines dolosos: engañar al lector / visitador de redes sociales, haciéndole creer que se trata del pueblo cubano en contra de su gobierno.

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La estrategia de desinformar, de manipular la información siempre ha sido un arma de los medios privados de comunicación en Bolivia, aliados de la oposición política para desviar los temas que la agenda política coloca en la coyuntura desde la llegada de Evo Morales al poder.

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En el lenguaje coloquial cruceño se ha instalado el término “pelar capucha” para indicar la verdadera faz de un individuo o de una institución. Su uso se remonta, precisamente, al momento que se fue develando la existencia de las logias que gobiernan en Santa Cruz –entre bambalinas y dueñas del poder económico– a las instituciones de la región. Para resguardar su identidad, los miembros de estos grupos (Caballeros del Oriente y Toborochi) realizaban reuniones secretas a las que se citaba clandestinamente a sus afiliados, y a las que se acudía con una capucha que cubría el rostro.

Por analogía, el pueblo aplica el término con propiedad. Así, el periódico El Deber, que aparenta objetividad e imparcialidad por la vía de la negación a publicar determinadas noticias y cerrar sus páginas a todo comentario que se salga de la horma, ha empezado a actuar de manera cada vez más desembozada, con la intención de torcer la voluntad ciudadana que, de acuerdo a estudios y encuestas, se inclina mayoritariamente por la elección del binomio Luis Arce – David Choquehuanca en estas próximas –y todavía nada seguras– elecciones del 18 de octubre.

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En días pasados tuvimos noticias que han tenido repercusión nacional, y en algún caso internacional, que nos han impactado; cada día nos sorprendemos con noticias que nos abruman, noticias que no sabemos si son ciertas o no y que, sin embargo, nos afectan casi siempre en forma negativa. En los últimos días el lenguaje empleado para juzgar, calificar, expresar el descontento y rechazo por las movilizaciones populares aún desde los gobernantes, se ha hecho altamente agresiva; se emplean términos como: asesinos, criminales, terroristas, canallas, salvajes, ignorantes, violentos, delincuentes, etc. ¿Acaso con el uso reiterado de esos calificativos se puede contribuir a pacificar o resolver los conflictos vigentes en el país? ¿Acaso en la responsabilidad del gobierno de facto, aun cuando ocasional y transitoriamente tiene el poder, no está “buscar el bien común”? La autoestima de nuestro pueblo tan maltratada, desde los tiempos de la colonia, sigue siendo machacada por la discriminación, la arbitrariedad, el desprecio de la élite nacional que, europeizada o yanquinizada, tiene el corazón y la cabeza en esas regiones, por lo que, enajenada espiritual e intelectualmente como está, pretende que Bolivia siga siendo el abastecedor de materia prima y el que tenga siempre la mano extendida para recibir las migajas y el desprecio de las potencias que se enriquecen con nuestra pobreza.

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La historia del periodismo en Bolivia tiene sus momentos luminosos y sublimes, como también manchas fecales de infamia. En el primer caso, baste recordar a Carlos Montenegro, cuya soberbia investigación sobre el rol de la prensa en nuestra historia diera pie a ese ineludible texto que es Nacionalismo y Coloniaje; o –por nombrar a un contemporáneo de aguda pluma– a nuestro entrañable Jorge Mansilla Torres, Coco Manto, que todavía escribe para gringos y kusillos, cociendo grillos en su crisol patrio.

Pero también están los otros, aquellos que nos llenan de vergüenza. ¿Cómo olvidar esa verdadera lección de infamia que nos diera Carlos Valverde, hacedor de una las fakenews más eficientes de los últimos tiempos? Con una historia que no tiene siquiera el mérito de una investigación periodística –que de por sí ya tiene valor– puso en vilo al país con la famosa historia del hijo de Evo Morales y la señora Zapata, niño que nunca existió pero que fue parido en el momento preciso para obnubilar a un pueblo sensible con una telenovela que sirvió para forzar un resultado electoral del 21 F del que hasta ahora se aferra la derecha.

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