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  • Alemania: ¿alternativa para Europa?

    Alemania: ¿alternativa para Europa?

    Las recientes elecciones regionales llevadas a cabo en Sajonia, Alemania, le han reportado un resonante triunfo a la AFD, siglas de la organización germana que se traducen como Alternativa para Alemania. La elección ha hecho sonar las alarmas no sólo en el país teutón; sus resultados repercuten en toda Europa porque pueden ser la antesala de cambios sustanciales no sólo al interior de la comunidad europea, sino que podrán afectar también drásticamente la geopolítica global.

    Sabido es que la Europa occidental, con Alemania, Francia e Inglaterra como directores de orquesta, se han alineado con Ucrania en el conflicto que enfrenta a la OTAN con Rusia. De hecho, existe una coincidencia de analistas de diferentes tendencias que afirman que, sin dicho apoyo no sólo político, sino fundamentalmente económico y logístico, el gobierno de Volodímir Zelenski habría sucumbido ante la maquinaria bélica rusa. De hecho, para estos mediados de septiembre, la estrategia del bloque occidental se ha basado en atacar con drones el territorio ruso, con la esperanza de forzar al gobierno de Putin a sentarse a una mesa de negociaciones para lograr, al menos, un alto al fuego. En ese marco, el rol de Alemania ha resultado crucial. Junto con Londres y París, han proveído de armas e información satelital, además de directa asesoría militar, para enfrentar lo que consideran el peligro estratégico para el futuro occidental, por la cada vez más estrecha relación entre Rusia y China, cuya base se extiende a la par que los BRICS se consolidan como bloque mundial.

    Lo aparentemente curioso de la evolución del conflicto hasta el estado de alineamiento que hoy se conoce, es que antes del inicio de lo que Rusia llama la “operación Especial” en Ucrania, la economía europea y, particularmente, la alemana, dependían en gran medida de la provisión energética rusa para su industria. De hecho, el milagro alemán y su creciente expansión industrial se basaban no sólo en el alto grado tecnológico alcanzado, sino en la provisión de gas y energía barata que Rusia le vendía.

    Todo ello acabó con el conflicto en Ucrania, cuando la OTAN decidió hacer suya esa guerra y comprometerse con el apoyo descrito. Una primera tentación para explicar este cambio apunta a pensar que los fuertes lazos del país germano con Estados Unidos a partir de la post guerra, determinan en gran medida el alineamiento geopolítico teutón. Ser reconocida como la locomotora de la economía europea ha tenido mucho que ver con el afianzamiento del sistema capitalista organizado por Estados Unidos en el mundo; y ahí radica una parte de la argumentación para enfrentar a Rusia que decidió iniciar el conflicto bélico a raíz del continuo avance de esa alianza militar hacia sus fronteras, a pesar del compromiso hecho vísperas de la desaparición de la Unión Soviética de abstenerse de acciones hostiles contra Rusia. En ese afán, sin duda, Alemania jugó un papel de primer orden. Angela Merkel, la ex mandamás germana, declaró a posteriori que habían inducido al gobierno de Putin a firmar un tratado en 2016 con diversos engaños, con la única finalidad de ganar tiempo y fortalecer a Ucrania en el plano militar, a sabiendas de que una confrontación se daría más temprano que tarde. Pero ése no es el único motivo. Existe otro, menos visible, que explica también los móviles de la actual dirigencia alemana por apostar a la resolución bélica del conflicto. Y es el hecho de que Friedrich Merz, el actual Canciller alemán, antes de llegar a ese alto cargo, era parte de la cúpula de Black Rock, ese gigantesco imperio que es propietario de incontables riquezas en el mundo entero. Sus intereses tienen al territorio ucraniano como uno de sus ejes estratégicos, tanto por la posibilidad de hacerse con las cada vez más cotizadas tierras raras, indispensables para el desarrollo tecnológico de alta gama, como por sus extensiones agrícolas que han convertido a esa nación en virtual granero del mundo. Pero Black Rock no sólo tiene intereses en el ámbito productivo y financiero; sus operaciones se extienden al lucrativo negocio de las armas. Se afirma que participa accionariamente en la mayoría de las grandes industrias que proveen material de guerra y, por tanto, es un directo interesado en mantener el fuego bélico; algo que se confirma por la beligerancia alemana que ahora más que nunca, desvía los recursos públicos del país para apoyar al gobierno de Zelenski.

    Durante buena parte del conflicto, en Europa parecía existir un consenso no sólo para apoyar a Ucrania, sino para enfrentar, llegado el caso, a la amenaza encarnada por Putin. Explícitamente, todos los gobiernos conservadores del viejo continente ratificaron una y otra vez su compromiso en ese sentido, aunque las desavenencias empezaron a manifestarse a medida que el conflicto se alargaba y no se llegaba al resultado inicialmente ofrecido, de una rápida derrota de una rusia sin armamento suficiente y doblegada por sanciones económicas de gran magnitud. De hecho, cientos de miles de millones de sus activos en el exterior fueron confiscados en Europa, poniendo en entredicho a un sistema financiero que dejaba de ser una instancia técnica y operativa para convertirse también en un instrumento de presión política desde occidente. Pero la guerra continuó y, a pesar de los grandes esfuerzos y contribuciones no sólo de Estados Unidos sino de toda la OTAN, la balanza se ha inclinado a favor de una Rusia que ha burlado con mucho éxito la andanada financiera y, por el contrario, ha fortalecido su economía acomodando su petróleo en otros mercados; entre ellos, China y varios países del BRICS.

    Ello empezó a erosionar un aparente consenso en la opinión pública europea, cuyas voces disidentes no aparecen en los grandes medios de comunicación. Pero, en diversos países, particularmente en Francia y Alemania, partidos políticos de diversa índole han servido de canales de expresión de una ciudadanía cansada de una guerra que sólo les quita impuestos sin beneficios nacionales. Uno de esos actores es precisamente AFD (Alternativa para Alemania), una organización política que va creciendo a ritmo sostenido y ahora amenaza al establishment europeo y mundial. Ha manifestado reiteradamente su oposición a la guerra, a contrapelo de expresiones políticas supuestamente progresistas y pacifistas, como los Verdes que, por el contrario, se han convertido en los guerreristas más radicales de Alemania. Para colmo, no han unido sus voces para condenar a Rusia y, por el contrario, abogan por volver a un entendimiento que favorecía plenamente a Alemania en los años precedentes al conflicto. Su mensaje ha calado hondo en grandes mayorías alemanas, pues prometen asumir una política internacional que priorice los intereses de la nación antes que el alineamiento pro norteamericano que ha caracterizado a los últimos gobiernos germanos. Sin embargo, ello no quiere decir que AFD considera a Estados Unidos un enemigo; por el contrario, aspiran a recuperar una relación de mutuo beneficio que fuera característica de la post guerra.

    AFD ha sido mostrada en el plano público como una organización ultraderechista y no han faltado quienes la asocian con un renacer del nazismo. Tal aseveración se alimenta con la férrea oposición de dicha organización a la migración, lo que equivale a una suerte de racismo en contra de inmigrantes generalmente africanos que llegan a Alemania por diversos motivos. Sin embargo, su dirigencia explica que sí se opone a una migración que llega al país para vivir gratuitamente a expensas del Estado, sin integrarse a la economía y a la producción. Su máxima dirigente, Alice Elisabeth Weidel, es lesbiana declarada y su pareja, con quien se ha casado y tiene dos hijos, tiene origen africano. Ella misma se ha esforzado por explicar las razones de su oposición a una migración indiscriminada; pero sus argumentos son poco conocidos.

    Con todos esos antecedentes, Alternativa para Alemania aparece en el horizonte del país como una avalancha en crecimiento que bien puede hacerse del gobierno en el mediano plazo. Si ello ocurre, y el previsible balotaje en Francia entre la derechista Marion Anne Perrine Le Pen y el izquierdista Jean-Luc Mélenchon  de la organización Francia Insumisa, horadarían la columna vertebral de la postura europea occidental no sólo de cara al conflicto en Ucrania, sino en la correlación geopolítica que va restando fortaleza al intento norteamericano por mantener su hegemonía mundial.

    A ese paso, Alemania se proyecta también como una alternativa para Europa, hoy por hoy, alineada sin tapujos con los esfuerzos norteamericanos que buscan frenar la insurgencia de un orden multipolar.