Autor: Lázaro Islas

  • Cerimedo: ¿quién le abrió las puertas del poder?

    Cerimedo: ¿quién le abrió las puertas del poder?

    El caso Cerimedo no puede reducirse a la conducta de un consultor argentino detenido en Bolivia. Lo que está en discusión es algo mucho más serio: ¿cómo pudo una persona sin cargo público adquirir semejante acceso al Gobierno de Rodrigo Paz? La pregunta no es solamente qué hizo Cerimedo. La pregunta es quién tenía el deber de controlar su presencia, quién le abrió las puertas del poder y quién permitió que llegara hasta donde llegó.

    No estamos hablando de una relación privada entre dos particulares. Los materiales difundidos muestran a Cerimedo relacionado con el entorno presidencial, ministros y funcionarios. En audios atribuidos a distintas autoridades se habla de operaciones, conflictos sociales, cambios dentro del gabinete y estrategias de comunicación. La autenticidad de esas grabaciones deberá establecerse mediante las pericias correspondientes. Pero su difusión ya plantea una cuestión elemental: ¿qué cargo tenía Cerimedo para intervenir en asuntos que corresponden a autoridades del Estado?

    Si era solamente un asesor, hay que saber quién lo contrató, bajo qué condiciones y cuáles eran sus atribuciones. Si no tenía un cargo formal, hay una pregunta todavía más importante: ¿en virtud de qué autoridad podía acceder a información, funcionarios y decisiones gubernamentales?

    Estas son las preguntas mínimas sobre esa responsabilidad:

    ¿Quién lo introdujo al entorno presidencial?

    ¿Quién lo presentó a ministros y funcionarios?

    ¿Quién mantenía comunicación con él?

    ¿Quién recibía sus informes?

    ¿Quién le proporcionaba información sobre operaciones?

    ¿Quién permitió que un extranjero sin función constitucional participara en asuntos de Gobierno?

    Estas preguntas no son una acusación. Son las preguntas mínimas que una investigación seria debe responder.

    Porque incluso si Rodrigo Paz afirmara que desconocía el verdadero alcance de las actividades de Cerimedo, la responsabilidad política no desaparece. Si el Presidente no sabía, ¿cómo pudo un operador sin cargo formal llegar hasta ese nivel de acceso? Si sabía, ¿qué hizo para impedirlo? Y si recibió información o coordinó acciones con él, ¿qué sabía, cuándo lo sabía y qué decisiones tomó?

    Hay además una pregunta que hasta ahora tampoco tiene una respuesta pública suficientemente documentada: ¿en qué condición migratoria permaneció Cerimedo durante sus frecuentes ingresos y estadías en Bolivia? La reglamentación de la Ley de Migración establece que la visa de turismo o visita no implica el ejercicio de actividades remuneradas o lucrativas, mientras que existen categorías específicas para quienes realizan actividades de trabajo. Por tanto, si Cerimedo desarrolló en Bolivia una actividad remunerada bajo una condición migratoria que no la autorizaba, corresponde establecer qué ocurrió, quién conocía esa situación y qué hicieron las autoridades competentes.

    La denuncia del exabogado de Cerimedo, Ramiro Vega, abre otro frente que también debe investigarse. Vega sostiene que Gilda Céspedes, secretaria privada del Presidente, se comunicó con su exesposa, Roxana Lizárraga, para plantearle que abandonara la defensa y preguntarle si podía hacer algo para que los medios dejaran de hablar del caso. Según Vega, la llamada ocurrió después de que él y Cerimedo prepararan una solicitud para que pudiera conceder una entrevista a la prensa. Poco después, Cerimedo prescindió de sus servicios.

    Si la denuncia de Vega se confirma, la pregunta inevitable es: ¿a quién le interesa bajar la intensidad mediática del caso?

    ¿Céspedes actuó por iniciativa propia?

    ¿Informó al Presidente?

    ¿Recibió alguna instrucción?

    ¿Quién conocía la intención de Cerimedo de dar una entrevista a la prensa?

    ¿Por qué Cerimedo cambió de abogado inmediatamente después?

    ¿Existen registros, mensajes o testimonios que permitan reconstruir lo ocurrido?

    No corresponde convertir una denuncia en sentencia. Corresponde investigarla.

    La Constitución establece responsabilidades concretas para quienes ejercen el poder. El artículo 172 atribuye al Presidente la dirección de las políticas del Estado y de la administración pública; además, le corresponde designar a los ministros y ejercer otras funciones de conducción estatal. El artículo 122 establece la nulidad de los actos de quienes usurpen funciones que no les corresponden. Y el artículo 124 define específicamente los supuestos de traición a la patria. Por eso tampoco corresponde utilizar esta última figura antes de establecer los hechos.

    Lo que sí corresponde es reconstruir la cadena de acceso, conocimiento, coordinación y responsabilidad.

    Cerimedo puede responder por sus propios actos. Pero un operador no se instala solo en el corazón del poder. Alguien lo introduce. Alguien lo recibe. Alguien le permite entrar. Alguien conoce su influencia.

    Y, si las actividades y denuncias se confirman, nuevas preguntas retumban: ¿quién intenta protegerse de quién? ¿Paz de Cerimedo, o Cerimedo de Paz? ¿Siguen coordinados?

    Cerimedo puede terminar en Chonchocoro. El problema de Bolivia no termina allí.

    La sociedad boliviana tiene derecho a saber quién abrió esa puerta, quién permitió que permaneciera abierta, qué ocurrió detrás de ella y quién intenta hoy bajarle el perfil mediático, y para qué.

    No necesitamos una explicación conveniente. Necesitamos verdad, investigación y responsabilidades: desde el primer eslabón de la cadena hasta el último.

  • Santa Cruz S.A. el mito que nos costó doscientos años de crédito ajeno

    Santa Cruz S.A. el mito que nos costó doscientos años de crédito ajeno

    Hay una frase que Santa Cruz repite de sí misma con tanta frecuencia que ha dejado de sonar a relato y empezó a sonar a hecho: la región se hizo sola, a pulso, sin ayuda del Estado, mientras el resto del país vivía de subsidios y prebendas. Es una frase útil. Explica por qué su élite merece lo que tiene, por qué no debe rendirle cuentas a nadie y por qué cualquier intento de regularla es, casi por definición, un ataque a la libertad de trabajar. El problema es que la frase es falsa, y no lo es por matiz: lo es por los números.

    La mitad de todos los créditos rurales que otorgaba el Banco Central de Bolivia se concentraba en un grupo reducido de prestatarios cruceños. Tres décadas después, bajo el gobierno de Banzer, hasta el noventa por ciento de los préstamos del Banco Agrícola de Bolivia terminaba en ese único departamento, y en la banca comercial la cifra rondaba el sesenta y ocho por ciento. La región que hoy se presenta como la más autosuficiente del país fue, durante buena parte del siglo XX, la más subsidiada por el Estado que dice haberla abandonado. No es una interpretación: es el registro de los propios bancos estatales y comerciales de la época.

    Ese subsidio no se detuvo con la democracia ni con el fin del ciclo militar. Cambió de forma. Hoy no llega como crédito preferencial, sino como tolerancia fiscal. Las principales empresas soyeras del país facturaron, en 2023, ingresos operativos superiores a los dos mil millones de dólares. Sus impuestos a las utilidades representaron apenas el dos por ciento de esa facturación. No es una cifra aproximada ni una acusación militante: es un dato de Oxfam replicado por investigación independiente sobre los estados financieros del sector. Un departamento que exporta soya, carne y madera a escala industrial, que desmonta más bosque que ningún otro en Bolivia, devuelve al Estado una fracción marginal de lo que extrae. La pregunta que cabe hacerse no es si Santa Cruz «aporta» a Bolivia. Es a quién, exactamente, le aporta ese modelo.

    La respuesta tiene nombre y apellido, literalmente. Los registros de los juzgados agrarios cruceños entre 1953 y 1981 permiten reconstruir con nombre propio a las familias que recibieron las grandes dotaciones de tierra fiscal del período: decenas de miles de hectáreas repartidas entre un puñado de apellidos que hoy siguen apareciendo en las cámaras empresariales, en las gobernaciones y en los gabinetes ministeriales, generación tras generación. El latifundio boliviano no desapareció con ninguna reforma agraria. Se transformó: fue «empresa agrícola» en 1953, clientelismo militar en los setenta, mercado de tierras bajo la Ley INRA en los noventa, y hoy es un portafolio disperso entre sociedades anónimas y fondos de inversión, diseñado precisamente para que resulte imposible rastrear con las herramientas de control del siglo pasado a quién pertenece, en el fondo, la tierra boliviana.

    Ese despojo territorial nunca fue solo económico. Se ejerció también, de manera sistemática, sobre los cuerpos que sostenían la producción. El Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas documentó en 2009 testimonios de comunidades guaraníes sobre niñas entregadas a los patrones bajo la promesa de educarlas en la ciudad, que volvían embarazadas o que directamente no volvían. Investigaciones más recientes sobre la identidad cruceña registran, todavía hoy, el testimonio de una práctica naturalizada entre familias patronales: incentivar a los hijos varones a iniciarse sexualmente con trabajadoras domésticas indígenas menores de edad. Esta no es una anécdota lateral de la historia regional. Es, según muestra la evidencia documental disponible, uno de los mecanismos constitutivos de la relación de poder entre la élite cruceña y los cuerpos indígenas que sostuvieron su enriquecimiento: el trabajo forzado sobre los hombres, la violencia sexual sobre las mujeres y las niñas. El mito del «buen patrón», tan repetido en el imaginario oriental frente a la conflictividad más visible de otras regiones del país, no borra esa violencia. La invisibiliza.

    Vale la pena decir con claridad por qué esto importa hoy, más allá del método, estudio o análisis que utilices para interpretar la historia. El país discute, una vez más, si el problema de Bolivia es el Estado o el mercado, si la salida pasa por más apertura al capital privado o por más regulación pública. Esa discusión, planteada así, es una trampa, porque presupone que en algún momento Santa Cruz operó fuera del Estado, cuando en realidad se construyó dentro de él, a través de él y gracias a él, solo que en beneficio de muy pocos. El mismo modelo que hoy exige menos impuestos y menos regulación es el que, durante ochenta años, exigió y obtuvo créditos preferenciales, tierra fiscal gratuita, subsidios al diésel y tolerancia frente al desmonte ilegal. No hay ninguna contradicción entre pedir «menos Estado» para las obligaciones y haber construido toda una fortuna gracias a «más Estado» en los privilegios. Es, de hecho, el mismo gesto: capturar el aparato público para privatizar sus beneficios y socializar sus costos.

    De ahí que desmontar este mito no sea solo un ejercicio de justicia histórica, sino una tarea política urgente. Mientras el relato de la autosuficiencia cruceña siga funcionando como sentido común, cualquier intento de exigirle a esa élite que devuelva al país una fracción razonable de lo que ha extraído seguirá leyéndose como una agresión, y no como lo que efectivamente es: el cobro, con dos generaciones de retraso, de una deuda histórica que nunca fue saldada. Esa disputa por el sentido común no se gana solo con indignación. Se gana con los números que este libro pone, por fin, sobre la mesa, y con la decisión de no dejar que sean otra vez las mismas familias las que, desde los mismos espacios de poder, sigan escribiendo la historia que el resto del país está obligado a creer, si a creer por que ademas esa elite es además dueña de innumerables medios de prensa y televisión que imponen el relato que les conviene.

  • Ley 1740: ¿Regulación constitucional del estado de excepción o habilitación para la excepcionalidad permanente?

    Ley 1740: ¿Regulación constitucional del estado de excepción o habilitación para la excepcionalidad permanente?

    La reciente promulgación de la Ley N.º 1740 de Regulación de Estados de Excepción ha sido presentada por el gobierno como una norma destinada a desarrollar los artículos 137 al 139 de la Constitución Política del Estado. Sin embargo, una lectura jurídica rigurosa revela que varias de sus disposiciones exceden el marco constitucional y abren peligrosas puertas a la concentración de poder, la militarización de los conflictos sociales y la restricción de derechos fundamentales.

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    La niebla como método: cuando el caos es la estrategia

    Vivimos en una era donde la mentira tradicional —la que busca que le crean— ha sido reemplazada por una forma más sofisticada y perturbadora de ejercicio del poder: la fabricación deliberada del caos. El objetivo ya no es convencer de una versión falsa de los hechos, sino destruir la posibilidad misma de distinguir qué es verdad. Ese este el núcleo del análisis: la niebla no es un accidente, es un método.

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  • La sonrisa del desmantelamiento

    La sonrisa del desmantelamiento

    ¿Qué hacer cuando la derecha viene a desmantelar, con sonrisas diplomáticas, las conquistas del Estado Plurinacional?

    No han pasado ni 24 horas desde la elección de Rodrigo Paz como presidente de Bolivia, con el voto decisivo del evismo, y ya se despliega el guion previsible: el anuncio del “fortalecimiento” de las relaciones con Estados Unidos, la llamada de felicitación de María Corina Machado —una operadora directa del proyecto de injerencia imperial— y la celebración de los medios que siempre aplauden el sometimiento. Todo estaba escrito. El guion avanza con la frialdad de una estrategia planificada.

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  • La izquierda y su laberinto post-electoral

    La izquierda y su laberinto post-electoral

    Las recientes elecciones han dejado en evidencia lo que muchos intuían: la izquierda boliviana atraviesa una de sus crisis más profundas. El mapa político resultante no solo muestra la pérdida de espacios de representación, sino sobre todo una fractura de horizonte. En lugar de una visión compartida de país, lo que emerge es un archipiélago de consignas dispersas y liderazgos incapaces de dialogar entre sí.

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  • Bolivia en disputa: la paradoja Paz–Lara, Evo y el voto ciudadano

    Bolivia en disputa: la paradoja Paz–Lara, Evo y el voto ciudadano

    Las recientes elecciones en Bolivia dejaron más preguntas que certezas. Evo Morales sigue vivo políticamente, aunque cada vez más acorralado en su bastión rural. Andrónico Rodríguez, llamado alguna vez a la renovación, se hundió entre la ambigüedad y la falta de carácter. Y, en un giro inesperado, la fórmula Rodrigo Paz–Edman Lara emergió como la nueva opción capaz de capturar el voto popular desencantado del MAS.

    El tablero se movió. La gran incógnita ahora es otra: ¿qué viene después? ¿Podrán Paz y Lara gobernar con un electorado popular que exige respuestas inmediatas y un Parlamento donde deberán pactar con la derecha tradicional?

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  • Voto, algoritmo

    Voto, algoritmo

    En tiempos electorales, la democracia se juega más allá de las urnas. Se juega en los teléfonos, en los algoritmos, en los clics que damos sin pensar. Las redes sociales y el internet han dejado de ser simples herramientas de comunicación para convertirse en mecanismos de influencia emocional profunda, que están moldeando nuestras decisiones más cruciales, incluido nuestro voto. Y lo están haciendo de forma sutil pero devastadora.

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