El Movimiento al Socialismo ha hecho público su rechazo a la presencia de la OEA en las elecciones de septiembre próximo. La razón es también de dominio público: numerosos informes independientes han demostrado que la teoría del fraude electoral, que dio pie al golpe de Estado de noviembre pasado, fue en realidad un fraudulento informe cocinado con suficiente anticipación, con la finalidad de derrocar al gobierno popular de Evo Morales, molestosa piedra en el zapato de Donald Trump.
Es ya sabido que la tristemente célebre Misión de Observación Electoral de ese organismo –calificado por la sabiduría popular como verdadero Ministerio de Colonias yanqui– rompió sus propios protocolos y se pronunció antes de que el escrutinio hubiera finalizado. Primero alegó sospechas y, finalmente, terminó afirmando sin decirlo, que se había producido un fraude. El golpe de gracia lo asestaron los medios de comunicación, que se dieron a la tarea de fijar en la mente colectiva un supuesto dolo en el acto electoral. Pruebas nunca aparecieron y se sustituyeron con balbuceos que, con el paso del tiempo, dan cuenta de la penosa labor cumplida por ese organismo (norte) americano. No todo fue una tasa de leche; hubo voces honestas que se alzaron desde dentro de esa misión. Delegados de Argentina cuestionaron la forma y metodología abiertamente injerencista, pero fueron rápida y mediáticamente neutralizados, bajo la acusación de ser “espías”…
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