Etiqueta: Resistencia popular

  • Una insurrección sin conducción es el camino a la derrota

    Una insurrección sin conducción es el camino a la derrota

    La movilización popular puede poner en jaque a un gobierno, pero no basta con salir a las calles para construir una alternativa de poder. La experiencia boliviana lo demuestra: sin conducción política, objetivos compartidos y una estrategia capaz de convertir el descontento en fuerza organizada, la resistencia corre el riesgo de desgastarse mientras sus adversarios consolidan posiciones. Mientras la Central Obrera Boliviana (COB) se declara en emergencia sin definir sus próximos pasos, en Santa Cruz avanzan proyectos institucionales y de control territorial impulsados por sectores conservadores. La diferencia no es menor: unos reaccionan ante la coyuntura; otros trabajan para modificar las condiciones en las que se librará la próxima disputa política.

    El movimiento popular todavía no ha hecho el balance que necesita. Los 53 días de movilización constituyeron una resistencia activa, pero no lograron traducirse en una dirección capaz de articular las demandas sectoriales con un horizonte político común. La eliminación de la subvención al diésel mediante el DS 5716, que elevó su precio de 9,80 a 17,95 bolivianos por litro, se suma al encarecimiento de los servicios básicos y las tarifas eléctricas. El malestar social tiene causas concretas. Sin embargo, la indignación no sustituye a la organización, ni la convocatoria a la insurrección reemplaza la construcción de una plataforma de lucha.

    Hay errores que seguimos arrastrando. El voto nulo, las decisiones tomadas sin cálculo político y el respaldo indirecto a candidaturas que terminaron favoreciendo a Rodrigo Paz dejaron consecuencias que todavía no hemos discutido seriamente. También fue un error convertir la renuncia presidencial en consigna sin evaluar la correlación de fuerzas ni construir una salida política compartida. Un gobierno que controla el aparato estatal, dispone de recursos coercitivos y tiene capacidad de instalar su relato en los medios puede aprovechar esas debilidades. La judicialización de la protesta y las órdenes de aprehensión contra dirigentes sindicales son parte de ese escenario. Llamar dictadura a cualquier forma de represión no basta: necesitamos explicar qué características tiene el poder que enfrentamos y cómo organizar una resistencia capaz de disputarle la iniciativa.

    Mientras tanto, Santa Cruz avanza con una agenda propia. La creación de la Defensoría de las Cruceñas y los Cruceños, la proyectada Guardia Departamental y la propuesta de subordinar los comandos policiales a los gobernadores expresan una disputa que va más allá de la administración autonómica. Recuperan aspiraciones históricas de los sectores conservadores de la Media Luna y buscan ampliar su capacidad de intervención territorial. Frente a esa iniciativa, la fragmentación popular y las disputas por el liderazgo constituyen una desventaja estratégica.

    La lección de la Guerra del Agua de Cochabamba, en el año 2000, sigue vigente. Nadie necesitó proclamar la insurrección como punto de partida: la lucha se articuló alrededor de una reivindicación concreta, comprensible y compartida. La defensa del agua frente a su mercantilización permitió que la movilización creciera hasta convertirse en una fuerza capaz de derrotar una política y cuestionar al poder que la sostenía. La insurrección fue el resultado de la organización, no un sustituto de ella.

    Hoy, la unidad tampoco puede confundirse con la subordinación a un dirigente, una corriente o una organización. La marcha evista hacia La Paz, inicialmente planteada contra el DS 5716 y luego postergada sin fecha, evidencia las dificultades para articular una respuesta común. La fórmula de la unidad detrás de un liderazgo preestablecido termina expulsando a quienes no aceptan esa conducción. La unidad popular exige democracia interna, congresos representativos y capacidad de construir acuerdos, incluso entre sectores que discrepan políticamente.

    En la tradición andino-amazónica, el consenso supone ceder para construir algo común. No podemos exigir al adversario que retroceda mientras nosotros nos negamos a resolver nuestras diferencias. Si el Gobierno apuesta por prolongar las medidas excepcionales y convertir cada conflicto en una oportunidad para reforzar su posición, la respuesta popular necesita organización, análisis y planificación. La resistencia pasiva puede evitar provocaciones que favorezcan la represión; la resistencia activa requiere objetivos, dirección y un plan para sostener la movilización.

    No se trata de renunciar a la lucha, sino de impedir que el sacrificio de quienes salen a las calles termine favoreciendo a sus adversarios. Una insurrección popular sin liderazgo colectivo, sin plataforma política y sin estrategia para sostener sus conquistas no es el camino a la victoria: es el camino a la derrota. Antes de convocar nuevamente al pueblo, hagamos el balance, reconstruyamos la unidad desde abajo y preparemos una lucha que no se limite a resistir, sino que sea capaz de transformar la correlación de fuerzas.

  • ¿Qué haces frente a la dictadura?

    ¿Qué haces frente a la dictadura?

    La crisis del país pone contra las cuerdas a la gran mayoría de los bolivianos. La crisis parece no tener fin, pues los históricos referentes de las grandes mayorías parecen no encontrar respuestas para conducir a la oposición de la forma en que el pueblo está esperando.

    Parece que la única forma que se encuentra es resistir, pero la población viene resistiendo el golpe de Estado, la pandemia, el descalabro económico de Arce y ahora mientras sigue resistiendo contempla sin liderazgos visibles ni determinantes como Paz y sus bandidos destruyen el Estado Plurinacional y se preparan para liquidar en ofertas el país a Trump y los sionistas.

    Cochabamba, el núcleo articulador histórico de los cambios trascendentales , parece que no logra convocar a los movimientos populares para reorganizar una resistencia activa y propositiva. La Paz parece paralizada e intimidada por la beligerante política de la dictadura de Paz. Santa Cruz está embriagada por los cantos de sirena de libre mercado y privatización. Sucre y Chuquisaca tibiamente alzan la voz pero nadie les escucha. Oruro ya piensa en su convites y se prepara para su carnaval. Potosí solo quiere aeropuerto y que el Litio lo gestionen ellos. Tarija aún no se enteró que se que el bolsín es flexible. Pando y Beni hacen eco del Comité Cívico cruceño.

    Entonces, el movimiento popular está huérfano de quienes lancen ideas que incomoden y que empiecen a dar línea que ayude a resistir pero que al mismo tiempo desafíen el clima de excepción y conduzcan a acciones que hagan ebullición y rompan el statu quo.

    Hoy, más que cálculo político se requieren voces que quiebren la hegemonía mediática y den esperanza a un pueblo que resiste en la añoranza de tiempos en los que la soberanía y la dignidad se traducían en solvencia económica y autodeterminación.

    Esta, es Nuestra Palabra.

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    Este sábado 17 de octubre a las 10:00 por Radio Cepra, abordaremos este tema y la actualidad junto a Willy Cabezas , Aquilardo Caricari y Rolando Prudencio.

    Conduce Malamen.

  • Rodrigo Paz: Camino a la Dictadura

    Rodrigo Paz: Camino a la Dictadura

    La ruptura constitucional en 2019 permitió el golpe de Estado, marcando el inicio de un camino que hoy desemboca en un amague de dictadura abierta. El régimen criminal de Jeanine Áñez y su brazo represor, Arturo Murillo, destruyeron la economía nacional y saquearon el ahorro de los bolivianos. Posteriormente, el gobierno de Luis Arce traicionó la voluntad popular, profundizó la desinstitucionalización y llevó al país al borde del colapso económico.

    En ese escenario surge Rodrigo Paz, un bufón político convertido en escudo de los intereses norteamericanos. Su papel es claro: entregar Bolivia como ofrenda al FMI y al capitalismo depredador. Mientras, encubre a Cerimedo, su asesor y agente de la CIA, presunto feminicida y operador del narcotráfico que legitima ganancias ilícitas.

    Es reconocido por propios y extraños que Paz ha hecho de la mentira su método cotidiano de gestión. Promete estabilidad, transparencia y respeto a la Constitución, pero sus discursos son vacíos, sus cifras maquilladas y sus anuncios improvisados.

    La mentira no es un error: es el mecanismo que sostiene su poder, un recurso para ganar tiempo mientras la crisis se profundiza y la

    confianza ciudadana se erosiona.

    Sin disimulo, Paz se comporta como cipayo de Washington. Sus viajes a Boca Ratón para visitar a su prófugo suegro revelan más lealtad a los intereses extranjeros que a las necesidades del pueblo boliviano.

    Su gobierno no responde a un mandato popular, sino a las recetas dictadas por organismos internacionales y a la presión de las élites económicas.

    La corrupción atraviesa toda su gestión: desde el negocio de los hidrocarburos con gasolina y diésel de mala calidad, hasta la rebaja de impuestos que favorece a las grandes fortunas. La justicia y el aparato estatal se han convertido en guaridas de las mafias, creando las condiciones para desmantelar las empresas públicas estratégicas y prepararlas para su privatización o quiebra.

    La crisis económica, politica e institucional golpea a todas las familias: los precios de la canasta básica suben a diario, el combustible escasea, los hospitales carecen de medicamentos, la economía se desacelera y las obras de impacto brillan por su ausencia.

    Pero a Paz nada de esto le importa. Su prioridad es limpiar el camino para regalar el país a los intereses multinacionales bajo la inventada excusa de lucha contra el narcoterrorismo, en el camino de satisfacer los mandatos de Trump y su banda de genocidas.

    ¿Y el pueblo boliviano? ¿Dónde quedó ese carácter indómito que se levantó contra la colonia, que revolucionó el país en 1952, que enfrentó la dictadura de Banzer y los sucesivos gobiernos militares golpistas, que luchó en la Guerra del Agua e hizo huir a Sánchez de Lozada?

    Hoy, las monedas que faltan en el bolsillo y los medicamentos ausentes en los hospitales claman por un nuevo levantamiento popular.

    El tiempo de la rebelión se avecina. Este gobierno que surgió de un evento democrático agota los caminos legales y opta por los sinuosos e inciertos de toda aventura antidemocrática y letal. Nuestra historia así nos lo demuestra. Sus reiteradas y groseras equivocaciones en la administración de la cosa pública, se van estrechando y cerrando caminos que de no corregir y enmendar a tiempo, pueden derivar en hechos luctuosos y sangrientos para el pueblo.

    Volverán los mineros, los petroleros, los campesinos, las mujeres, los desocupados, los fabriles, los profesionales, los comerciantes, los transportistas, las maestras y todo el campo popular para levantar su voz y decir ¡basta!.

    Entonces, volverán los tiempos de la reminiscencia y el futuro para un pueblo que vió como arrebatan sus derechos y pretenden tapar el sol con un dedo.

    Esta, es Nuestra Palabra.

  • ¿Qué nos queda por transformar?

    ¿Qué nos queda por transformar?

    Hay una palabra que prácticamente ha desaparecido del lenguaje político: emancipación. No es casual. Cuando una izquierda deja de preguntarse de qué debemos emanciparnos, termina reduciendo la política a administrar el Estado, repartir cuotas de poder, defender conquistas parciales y sobrevivir a la siguiente elección. Y cuando la derecha llega diciendo que todo eso debe ser demolido, consigue presentarse como la única fuerza capaz de producir un cambio. Ahí está una de las grandes tragedias de nuestro tiempo: la izquierda dejó de imaginar la transformación y la derecha comenzó a apropiarse del lenguaje del cambio.

    Pero este no es solamente un problema electoral. Es un problema histórico. Bolivia atraviesa hoy una disputa alrededor del ajuste, los combustibles, el endeudamiento, la soberanía y el papel del Estado. El gobierno de Rodrigo Paz eliminó el subsidio al diésel argumentando que debía enfrentar la escasez y corregir las distorsiones del sistema. Pero la discusión no puede agotarse en saber si una medida fiscal es técnicamente conveniente. La pregunta política es otra: ¿qué sociedad queremos construir y quién decide el rumbo de esa transformación?

    Y la tendencia generalizada es resignarse. Esperar que alguien nos diga qué hacer, aceptar que no hay alternativa, asumir que las cosas son demasiado complejas para que podamos transformarlas. La resignación también es una forma de dominación.

    Miremos alrededor. Argentina ha convertido el ajuste, la reducción del Estado y la apertura al capital en el eje de una transformación que Javier Milei presenta como ruptura con décadas anteriores. No se trata solamente de discutir si sus políticas son correctas o equivocadas. Se trata de entender por qué un discurso que promete romper con lo existente consigue canalizar una parte importante del malestar social.

    Brasil ofrece una paradoja que la izquierda latinoamericana haría mal en mirar solamente como una batalla electoral. Lula no llega a esta segunda vuelta después de un fracaso económico absoluto; llega después de haber mejorado indicadores sociales importantes y, sin embargo, sin haber conseguido convertir esas mejoras en una expectativa mayoritaria de transformación.

    Ahí aparece la contradicción que debería preocuparnos. La izquierda puede gobernar, mejorar determinados indicadores y aun así no resolver la pregunta fundamental que se hace una sociedad: “¿mi vida está cambiando realmente y hacia dónde?” Cuando esa pregunta queda sin respuesta, la derecha ocupa el vacío. No necesita demostrar que su proyecto resolverá los problemas; le basta con presentarse como ruptura frente a aquello que una parte de la población identifica con estancamiento, frustración o cansancio.

    Por eso resulta insuficiente interpretar el resultado brasileño como un simple “giro a la derecha”. Hay sectores que no necesariamente están abrazando una doctrina neoliberal o una ideología bolsonarista; están expresando, por distintas vías, una demanda de cambio.

    Esta es la contradicción que debería interpelar a la izquierda: cuando la izquierda se convierte en la administradora responsable de lo posible, la derecha puede presentarse como la única fuerza capaz de romper los límites de lo existente. La paradoja es brutal: quien históricamente nació para transformar termina defendiendo la estabilidad de lo que logró administrar, mientras quien defiende otro orden social consigue apropiarse del lenguaje de la ruptura.

    Y aquí Brasil conversa directamente con Bolivia. El problema no es que las sociedades hayan dejado de querer transformaciones. El problema puede ser que la izquierda haya dejado de ofrecer una idea contemporánea de emancipación. Si no somos capaces de decir qué relaciones económicas, sociales, culturales y políticas queremos superar, qué poder queremos democratizar y qué sociedad queremos construir, la palabra “cambio” queda disponible para cualquiera.

    La cuestión, entonces, no es cómo conseguir que la población vuelva a votar por la izquierda. Es mucho más incómoda: ¿cómo hacemos para que la izquierda vuelva a ser capaz de imaginar y construir aquello que todavía no existe?

    Una sociedad no abandona necesariamente a la izquierda porque se haya vuelto de derecha. Muchas veces se distancia porque no encuentra en la izquierda una explicación convincente de su frustración ni una imagen concreta de futuro. Si emancipación significa liberarse de las relaciones que producen dependencia, desigualdad, explotación y subordinación, entonces gobernar no puede ser el punto final. Gobernar debería ser apenas una herramienta.

    La izquierda necesita recuperar algo más difícil que una consigna: la capacidad de pensar una sociedad distinta. Eso significa volver a discutir propiedad, trabajo, riqueza, territorio, conocimiento, tecnología, democracia, soberanía y poder. Significa preguntarse qué estructuras deben transformarse y cuáles simplemente hemos administrado.

    Quizá allí esté la verdadera rebelión que nuestra época reclama: la ruptura intelectual con la resignación. No aceptar que el mundo es inmodificable. No conformarnos con escoger quién administra mejor lo existente. Volver a preguntarnos qué debemos transformar, para qué y en beneficio de quién.

    Porque rebelarse contra la idea de que no existe alternativa también es volver a pensar la emancipación.

  • Comunicado – Brigada Socialista

    Comunicado – Brigada Socialista

    En medio de un estado de excepción inconstitucional, la reciente promulgación de los DS 5716 y 5727 del gobierno de Rodrigo Paz se inscriben en el avance de la agenda liberal en Bolivia. El retiro agresivo de la subvención al diésel, que comienza a golpear el ya reducido ingreso de las familias bolivianas, y la destrucción de los ingresos públicos para favorecer a los socios empresarios del régimen, solamente son piezas de un proceso decidido de reducir el Estado boliviano. Reducción que nos conduce a la condición de dependencia financiera a la banca internacional norteamericana y sionista, y a la voracidad del sector empresarial/bancario boliviano que ya anuncia su nuevo lucro a costa de exprimir aún más a la gente.

    En un comprimido lapso de dos semanas, además, nuevamente los bolivianos somos testigos de escandalosos casos de corrupción que involucran viajes lujosos del presidente y su familia, los cuales recuerdan los abusos y corruptelas de Jeanine Áñez.

    Estos y otros acontecimientos recientes han despertado la indignación y las alarmas de la población y diversas organizaciones sociales, las cuales han convocado a ampliados para evaluar la situación y tomar medidas en defensa de la gente de a pie. En estos momentos, muchas otras organizaciones y personas individuales esperamos las directrices para poner un freno a este descarado ataque a la gran mayoría en favor de una minúscula minoría corrupta y enriquecida.

    Sin embargo, ante el posible escenario de resistencia que se avecina, el pasado paro de 53 días debe ser nuevamente evaluado por las valiosas lecciones que dejó para el movimiento popular boliviano, a modo de mejorar las posibilidades de poner un freno al gobierno de Paz.

    Si bien el movimiento campesino, junto a algunos aliados, pudo mantener medidas de presión contundentes hacia el gobierno durante 53 días, queda en claro que una medida de presión así de prolongada no solamente no logró sus objetivos, sino que tuvo efectos de rebote en contra del mismo movimiento popular. La economía de las mismas familias campesinas fue severamente golpeada tras un paro tan prolongado; los sectores menos politizados que se opusieron en un primer momento a Paz, terminaron llamando al levantamiento del paro; y tras la claudicación de ciertos sectores, distintas dirigencias terminaron deslegitimadas, debilitando aún más a las organizaciones sociales que a penas empiezan un nuevo proceso de acumulación. En contrapartida, tras varios errores iniciales, el gobierno aprendió a apuntar al desgaste, manteniendo cierta estabilidad en los centros urbanos para desescalar el conflicto.

    Las lecciones de esta lucha enseñan que el resultado se debió menos al accionar del movimiento campesino, que por el abandono de las clases trabajadoras urbanas a la defensa de sus propios intereses. Lo cual no es un problema puntual y sencillo de abordar, sino el producto de la prologada y sedimentada liberalización de las ciudades.

    En el marco de este balance, hoy el movimiento popular debe afrontar con seriedad la interrogante de cómo intensificar la protesta en vez de alargarla. Lo cual pasa por el mayor involucramiento urbano en la lucha popular. Por lo cual, la creación de más y mejores redes organizativas y de profundización/desarrollo de los mecanismos de resistencia en los centros urbanos, en el contexto actual, son tareas tanto apremiantes, cuanto permanentes frente a la posibilidad de distintos episodios de lucha que se avecinan.

    En lo inmediato, esto supone la intensificación de las labores de agitación y propaganda en los centro urbanos. Porque a diferencia de lo que algunos sectores reaccionarios de la izquierda piensan, la posibilidad de vencer a Paz y de ofrecer un futuro mejor a Bolivia, no depende automáticamente de que las condiciones materiales de las personas empeoren. Esto bien puede causar un vuelco aún más reaccionario en la población o la profundización de la apatía. Al contrario, la posibilidad de victoria depende en gran medida que la gente de la ciudad asuma que el proyecto liberal no es la salida a sus problemas, sea Rodrigo Paz o Tuto Quiroga, y vea una alternativa y un horizonte tanto deseable como emancipador, como lo hiciera a inicios del 2000. Proceso político arduo que no será producto de la espontaneidad, sino del trabajo consciente y activo de la diversidad de organizaciones de izquierda y progresistas que habitan sus territorios y por lo tanto le son responsables.

    Todo contacto entre organizaciones de distintos sectores urbanos, es ganancia. Cada foro, cada proyección, cada vídeo, cada canción. Cada tesis, cada mitín, cada redacción. Sembrando las semillas que darán sus frutos en la próxima movilización.

    Brigada Socialista

    30 de Septiembre de 2026

  • Un pollo burro hablando de orejas

    Un pollo burro hablando de orejas

    Sin pudor alguno, mostrando su rastrero servilismo a las políticas y narrativas del imperio, Rodrigo Paz Pereira da lecciones de lo que se debe hacer por el pueblo cubano. Ha manifestado que allá, en la isla de la dignidad, se pasa hambre y que el Estado debe cambiar para servir a la gente y no a la inversa. Dice, con absoluto descaro, que aquí ocurría lo mismo y que ahora el Estado sirve al pueblo… ¡como que dan ganas de creerle!

    Respecto a la primera afirmación, no duele su ignorancia, que no es supina ni limitación cognitiva. Es comedida y bien recomendada, pues de lo que se trata ahora es de denostar al gobierno revolucionario de Cuba porque así lo ordena su mandamás Donald Trump, quien afirma que, después de Venezuela, se viene Cuba. Para ello, hay que preparar bien el terreno y nada mejor que presidentes supuestamente democráticos y expresivos del sentir de los pueblos del sur, para dar una palabra de aliento innecesaria para la invasión que se planea desde el Pentágono para, de una buena vez, extirpar ese mal ejemplo que es aquella pequeña nación, de apenas diez millones de habitantes y que no significa amenaza alguna para el imperio. Claro, verdad a medias, porque, en rigor, Cuba es siempre la mayor amenaza para ese capitalismo salvaje que distribuye miseria, horror y muerte por el planeta entero. Es su ejemplo de valor y resistencia lo que inspira a palestinos y palestinas a resistir en Gaza al sionismo genocida; como es su resistencia heroica la que alimenta la decisión de enfrentar y derrotar al invasor en Irán y en todo el eje de la resistencia en Medio Oriente.

    Pollo Paz Pereira no ignora todo aquello; por el contrario, es plenamente consciente de lo que Cuba significa para los desposeídos de la tierra. Y ello engloba su propio entorno. El pueblo boliviano pudo haber sido confundido por una avalancha de desinformación y manipulación mediática para ser convencido en sus estratos más pobres en lo ideológico y en aquellos que lo imaginaron como el mal menor, para llegar a la presidencia del Estado Plurinacional de Bolivia. Pero en menos de un año, los escándalos de corrupción, narcotráfico, delincuencia organizada y otras lacras con la Primera Dama de la Nación como protagonista, muestran de cuerpo entero a los gobiernos que el imperio necesita para domesticar a nuestros pueblos. Por ello, antes de viajar a la asamblea de Naciones Unidas, lanza la diatriba contra Cuba, deseoso de mostrarse como el perrito faldero y ladrador que atenúe las penas del jefazo.

    Y es que en ese mismo foro, muy pocos son los ocasionales aliados del amo que se alinean en la narrativa de la que hoy Pollo Paz Pereira se muestra como paladín. Por el contrario, año tras año, las votaciones de los alrededor de 190 países representados, de forma por demás abrumadora, exigen el fin del bloqueo y no piden un cambio de gobierno en Cuba. Arma genocida, el bloqueo también se ha ejercido contra Irán, con idénticos y paupérrimos resultados, porque la consciencia de los pueblos es infinitamente mas fuerte que las desesperadas e inútiles andanadas del imperialismo afanado en conservar a sangre y fuego su hegemonía.

    Nuestro aprendiz de gallo se va a la Asamblea de Naciones Unidas dejando un reguero de angustia y desolación en el país. Acaba de renovar un estado de excepción para evitar las protestas de la gente llana y sencilla que ve con desesperación cómo los precios suben sin control alguno, que el diésel se va por las nubes encareciendo en espiral el costo de vida, que el país acuerda con el Fondo Monetario Internacional los términos de entrega de nuestra soberanía, nuestros recursos naturales y nuestro Estado, para descargar sobre las espaldas del pueblo trabajador los efectos de una crisis hoy por hoy agravada por la soberbia de un Donald Trump, convencido de que las cosas se arreglan secuestrando a un presidente democrático e invadiendo países,bombardeando colegios de niñas inocentes y violando derechos humanos y normas de convivencia internacional.

    No sabe nuestro inefable pollo que escupe hacia arriba: el cambio de gobierno no se dará en Cuba, sino en Bolivia, pues el pueblo ha perdido la paciencia y se apresta a ganar las calles, los caminos y las plazas, en franca resistencia inspirada, también, en el heroico pueblo cubano.

  • El camino inconstitucional del FMI

    El camino inconstitucional del FMI

    El gobierno de Rodrigo Paz nos conduce por la senda permanente de la ilegalidad e inconstitucionalidad, con acuerdos como el crédito de 1.900 millones de dólares con el FMI. Este pacto no es un simple préstamo: es la pérdida de soberanía y la subordinación a recetas externas que ya demostraron ser nefastas para nuestros pueblos.

    Se nos propone olvidar la memoria histórica, borrar el significado del ajuste estructural que vivimos en décadas pasadas y repetir la desgracia que hoy atraviesan Argentina y gran parte de América Latina bajo el yugo del Fondo. Reaparece en el discurso político el viejo servilismo, disfrazado de modernidad, apertura de mercados e inversión extranjera, hipotecando el futuro del país.

    El crédito del FMI implica abandonar el modelo económico que permitió a las mayorías nacionales acercarse al Vivir Bien, para reemplazarlo por un camino de miseria y sumisión. La desesperación del gobierno de Paz por aprobar este préstamo busca sostener a un poder que va a la deriva. Su aprobación significaría violentar lo estipulado por la Constitución Política del Estado, pero para Paz y sus socios ese atropello es apenas un “daño colateral”.

    La Constitución boliviana se convierte en un estorbo para las élites, porque limita sus fechorías y frena la dinámica neoliberal que necesitan para chupar la sangre del Estado. Por eso, personajes como Quiroga, Doria Medina, Reyes Villa y los agroindustriales del oriente -representados por el Comité Cívico, la CAO y la CAINCO- están urgidos de concretar cambios radicales en la Carta Magna. No necesitan ampliar el estado de excepción: les basta con la violencia estatal y con una cirugía extrema de la Constitución, redactada a su medida, para que el Estado deje de ser un obstáculo a sus negocios.

    Los recursos naturales, la salud, la educación y el pueblo boliviano nunca han sido su prioridad. Los recursos son para sus negocios personales, la salud es un mercado a explotar, la educación solo para sus hijos, y el pueblo es apenas un electorado que hay que embobar para ganar elecciones.

    Por eso, el pueblo debe recuperar la memoria que perdió en 2025, cuando votó anestesiado y adoctrinado en una elección cooptada. Lo que sucede hoy, con la intención de aprobar un crédito inconstitucional, es parte de una estrategia supranacional. El Escudo de las Américas, plan digitado desde Washington, exige llevar a Bolivia a épocas cavernarias para favorecer los intereses imperiales de Estados Unidos. Bolivia es apenas una pieza en proceso de sometimiento; el siguiente paso es Brasil, el gigante sudamericano que aún resiste y dónde ya hay «Cerimedos» confabulando.

    Bolivia debe entender que no hay casualidades: hay piezas moldeadas para configurar un tablero internacional que alimenta el apetito y la gula de Trump y sus aliados.

    Por todo esto, resistir al crédito del FMI no es un capricho ideológico, sino una necesidad histórica para preservar nuestra soberanía y dignidad. Bolivia no requiere cadenas disfrazadas de préstamos: requiere confianza en su propio pueblo, en sus profesionales, en su ciencia y en sus recursos naturales. Las alternativas existen: fortalecer el ahorro interno, potenciar la banca pública, impulsar acuerdos de cooperación con países aliados sin condicionamientos, y sobre todo, invertir en sectores estratégicos como energía, litio, agroindustria soberana y tecnología nacional.

    El verdadero crédito que necesitamos es el que se construye con el esfuerzo colectivo y la organización popular, sin amarres ni dependencia, con la certeza de que el futuro de Bolivia debe ser decidido en Bolivia y no en los escritorios del Fondo.

    Esta es Nuestra Palabra.

    • Sábado 19 de Septiembre – 10:00 Horas – Conduce Malamen
    • Radio Cepra: Chuquisaca FM 95.8, La Paz FM 89.2, Cochabamba FM 100.9, comunicación desde los pueblos.

  • A cien días de gobierno: alerta popular ante el avance del modelo extractivista y la concentración del poder (*)

    A cien días de gobierno: alerta popular ante el avance del modelo extractivista y la concentración del poder (*)

    A cien días de gestión gubernamental, el panorama político y social en Bolivia se presenta como un escenario de profundas tensiones. El análisis del contexto actual, marcado por la postergación del decreto 5503 y la posterior aprobación del 5516, revela una estrategia oficial que, aunque cautelosa, avanza progresivamente hacia la consolidación de un modelo económico de corte neoliberal, al servicio de intereses transnacionales y en detrimento de los derechos y riquezas del pueblo boliviano.

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