El momento inaugural del racismo como estructura de poder, de clase, como cultura de superioridad, como forma de organización de la sociedad, como religiosidad, es la invasión española; el racismo se constituyó en el principio ordenador en la Colonia, durante la República, pervivió con el nacionalismo revolucionario, el neoliberalismo lo decoró con Víctor Hugo Cárdenas. En este tiempo político del Estado Plurinacional, la emergencia de una nueva élite indígena originaria anticolonial que lidera el Estado generó que las diferentes fracciones conservadoras convertidas en oposiciones hicieran del racismo su forma pública de intervención en la política a través de diferentes manifestaciones, todas asociadas a la violencia.
En la subjetividad de las sociedades urbanas con diferentes niveles de intensidad dentro los estratos sociales de las regiones del oriente, valle y occidente, el racismo está adquiriendo condición de normalidad por la forma de presentación pública, mediática; la tolerancia o incentivo de instituciones cívicas, religiosas es parte de la cotidianidad, es decir, deja de ser censurable para constituirse —por imposición— en la forma de protesta como un “derecho” a la libertad de expresión y acción.
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