La anticultura desde el cambódromo

Construido para centralizar las masivas manifestaciones culturales de Santa Cruz, el cambódromo alberga anualmente el corso de carnaval y otras expresiones artísticas. Mala conjugación temporal del verbo; léase, albergaba. Porque hoy, a título de congraciarse con el cada vez más olvidado gobernador cruceño hoy tras las rejas, grupos racistas que pertenecen a la estructura de la Unión Juvenil Cruceñista pero disfrazados de “vecinos” de la zona, han prohibido la alegría en nombre del pueblo cruceño y de sus valores y tradiciones. La acción contempla, por supuesto, la declaratoria de “traidor a Santa Cruz” para el camba iluso que intentó llevar a cabo el corso de siempre. Tamaño sinsentido pone de manifiesto, una vez más, el carácter cavernícola de una élite cruceña que quiere seguir disponiendo del poblao como si fuera su propia hacienda.

Tal actitud no es nueva. Hace apenas unos cuantos lustros, ese mismo grupo social, con su misma estructura de choque, se anoticiaba que, en unos carnavales, una fraternidad muy cruceña, para variar, preparó durante meses de ensayo, una entrada al son de la saya. Música “colla” para los que definen qué debe gustar o no gustar a la ciudadanía, se dieron a la tarea de agredir con toda violencia al grupo de danzantes que participaba inocentemente de la entrada, con el pretexto de no permitir que la “cultura cruceña” se viera “ensuciada” por expresiones artísticas ajenas. Fueron azuzados por un tal Nino Gandarillas, que se las daba de intelectual porque los dueños de la cultura cruceña le publicaron unos cuantos libros indigeribles. La saya, que se afirma que nació como un mestizaje del ritmo musical andino, la música criolla traída desde Europa y del ritmo propio de las etnias africanas, fue considerada como invasión cultural. Claro está, no se trataba de algo fino y delicado como el “haloween” que ahora reemplaza el culto a los muertos, ni de la batuqueada brasileña ni la letra en inglés; la saya era cosa de salvajes, como diría una ex presidenta que se autoproclamó hace no mucho.

Nuevamente, esa derecha cavernícola se da un tiro en el pie. Porque no es el pueblo de los de abajo quien protagoniza aquel derroche carnavalero en el corso que debía tener al cambódromo como escenario. Son esas élites que eligen reinas y las obligan luego a renunciar, organizadas en fraternidades cerradas, quienes castigan a sus propios conciudadanos, como cuando porfiaron por un paro de 36 días bravuconeando que el censo se realiza el 2023 o nunca. Los que, entre otras, le quitaron a la gente llana la alegría del fútbol, obligando a la suspensión de un campeonato que nada tenía que ver con su politiquería. Son los mismos que hoy, en fin, organizan un revocatorio al gobierno elegido por la mayoría absoluta de bolivianas y bolivianos, en nombre de la democracia.

A pesar del odio particular del fascismo, las expresiones artísticas propias del pueblo cruceño subsistirán, como lo prueba ese magnífico mural de Lorgio Vaca en Montero, al que manos fascistas intentaron a combazo limpio restarle una whipala y una efigie del Che Guevara, íconos que perviven en las mentes y los corazones de la gente, a pesar de la violencia de los que se creen mejores…

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