La historia política de Bolivia esta llena de odios, de asesinatos, la política en Bolivia es un campo de batalla permanente. Belzu y Villarroel, son los más emblemáticos símbolos de la furia política. En la última década el hombre, centro de la furia política es Evo Morales.
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Agresión fascista a Bolivia desde el gobierno
Una disposición del gobierno del Pollo Paz Pereira se propone enterrar en la caja del olvido todo aquello que recuerde al Estado Plurinacional de Bolivia. La instructiva en cuestión, señala a todas las unidades de Comunicación de las entidades estatales la tarea de retirar todo símbolo que haga referencia directa o indirecta al Proceso de Cambio que transformó para bien a Bolivia en menos de veinte años. Con la firma de una tal Ximena Galarza, este instructivo pone en marcha una nueva arremetida que no ha salido de la galera de la referida quien, prostituyendo la tarea del periodista, hizo méritos durante el golpe de Estado que encumbró a Añez en el 2019. En aquellos momentos fatídicos, se dio a la tarea de fabricar noticias (“fake news”) para confundir a la población movilizada contra el golpe. De esa manera, este personaje mediocre terminó abonando el terreno para las sucesivas masacres con las que, finalmente, los golpistas que ahora son gobierno, pudieran hacerse del poder.
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Crisis del sistema político
La democracia, ese sistema creado como el mejor ejercicio de la política y que asentada en el pueblo, pretende una participación ciudadana basada en los programas y propuestas de los partidos políticos, en teoría el “corazón de la democracia” se encuentra en una profunda crisis.
En Bolivia, este sistema, de partidos, ha sido destruido y la política se ha convertido en una farándula de “vedettes”. Esta transformación es la concreción del diseño imperial del individualismo extremo y de la política como inversión; además es la continuación, como una segunda etapa del proceso despolitizador/desideologizador que comenzó en la primera etapa neoliberal de 1985 y continuó durante los 20 años de su duración.
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Colonizados y amenazados
Nelsón Condori se llama y lució el “Poncho Rojo” cuando asumió el cargo de Secretario General de la CSUTCB, en el año 2019. Fue el principal apoyo de Camacho en su aventura golpista, en el occidente del país, hoy es un activo militante de uno de los grupos de aymaras que apoyan a Tuto Quiroga.
Los Ponchos Rojos fueron, hace mucho tiempo, los más aguerridos defensores de la identidad aymara, de la wiphala, tenían un sentido de la dignidad que conmovía, hoy divididos, como todo en el país, han buscado su vigencia personal junto a los distintos caudillos políticos, posición legítima en la política tradicional boliviana. Pero ¿Dónde quedó el orgullo aymara de la autodeterminación y la superación del pongueaje político?
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A 15 años del 24 de mayo y la lucha contra el racismo continua
Han pasado 15 años desde aquel horrendo y criminal acto de racismo cometido contra campesinos en Sucre, el 24 de mayo de 2008. Sin embargo, los niveles de odio racial y discriminación siguen siendo alarmantemente altos en la sociedad boliviana.
Teníamos la esperanza de que la población de todo el país fuera capaz de superar esas viejas taras, herencia de un “Estado aparente” que durante casi dos siglos se construyó sobre tensiones regionales y confrontaciones militares.
Los esfuerzos por consagrar en la Constitución Política del Estado principios que permitan construir un país libre de racismo no han tenido el eco esperado. A pesar de la promulgación de la Ley Contra el Racismo y Toda Forma de Discriminación, amplios sectores de la sociedad boliviana insisten en sostener un complejo de superioridad basado en un racismo anacrónico.
Este enfrentamiento se ha convertido en una afrenta para ciertos sectores de la clase media, que no toleran la presencia indígena en los espacios de poder que creían suyos por derecho. De ahí su ensañamiento, traducido en un odio cotidiano que se expresa sin pudor en redes sociales y en los medios de comunicación que controlan.
En Sucre, una vez más, el rostro racista y xenófobo recorre las calles. Se agrede a los quechuas que hoy detentan poder político. Las élites racistas manipulan a hordas llenas de odio que arremeten contra la institucionalidad del Estado. Otra vez buscan sangre.
Por eso, no sorprende que esta casta colonial —que aún se asume de “sangre azul”— sea objeto de crítica por sus actitudes xenófobas y su forma de relacionarse con autoridades del interior del país. La memoria colectiva aún guarda las imágenes de aquellas humillaciones racistas en la plaza 25 de Mayo.
Estas actitudes nos remiten a los tiempos de la Asamblea Constituyente y a las dirigencias de esa llamada “clase media” que, como bien apuntó un humorista, no es más que una “media clase”.
Los entretelones del poder revelan la existencia, en Sucre, Santa Cruz y otras regiones, de un entramado entre diversos factores de poder: iglesias, agroindustria, logias, sistemas educativos, autoridades de las FFAA, Policía y colegios profesionales. Esta red de poder se asemeja al sistema organizativo de la Edad Media (siglos V al XV).
Todo esto sucede hoy, y es difundido por los modernos “juglares”: los medios de comunicación, que en Sucre, Santa Cruz y otras regiones, parecen querer imponer un modo de vida medieval al resto del país.
Superar el racismo implica asumir el principio del reconocimiento de la diferencia. Una diferencia que no supone jerarquía, sino valoración positiva.
La convivencia entre pueblos originarios en distintos territorios ha avanzado sin mayores conflictos. Pero cuando entran en juego intereses particulares de ciertas élites regionales, el argumento racista vuelve a ser utilizado como herramienta para proteger privilegios.
La Bolivia del odio y la discriminación no debería seguir siendo la preocupación principal, quince años después. Pero eso no significa que debamos cruzarnos de brazos.
¡Que esta vez la justicia sea implacable y se ponga fin a la violencia fascista!
*Luis Camilo Romero, es comunicador para América Latina el Caribe
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Los bolitas y un gobierno desalmado
“¡Sos boleta, si seguís protestando! Me dijeron, entonces tuve que migrar, salí de Salta y me vine a Buenos Aires” De esta manera Domingo Mamani me relató su primer contacto con la realidad xenófoga de su vida como migrante a la Argentina, que comenzó en los años posteriores a la revolución de 1952, “Nos llevaron hasta Villazón, éramos muchos, el gobierno había hecho un convenio con el gobierno de Perón para que vayamos a trabajar en Argentina, pero nos dejaron parados en Villazón, yo me enfermé y me llevaron a la Quiaca, ahí un policía me dijo, ‘eres colega”, porque vio mis documentos que yo era carabinero, así que me dijo ‘porque no te quedas’ y así comenzó mi vida en Argentina.
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Antievismo
En el anterior artículo expuse el evismo como factor articulador de la política y lo político, es por donde circula el conflicto, la disputa de la coyuntura electoral, los liderazgos de las organizaciones sindicales, populares y campesinas, del sentido colonial y anticolonial del tiempo político en el Estado Plurinacional, y de la composición política del poder.
El evismo surge como el factor contrahegemónico al republicanismo colonial racial, el antievismo emerge del sustrato que está en la subjetividad colonial capitalista del establishment nacional político, económico, de la nobleza eclesial, de la élite cruceña, sectores de clases medias urbanas: el racismo. Al racismo no se puede pretender exponer como discriminación, sino como superioridad manifiesta expresada en las relaciones sociales, económicas, culturales, religiosas y en las estructuras de poder, es decir, el racismo era y aún sigue siendo la normalidad impuesta para mantener una lógica civilizatoria impuesta con la invasión y el republicanismo colonial.
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