Chile empieza a hablar en mapudungún

Que una académica mapuche presida la Convención Constituyente de Chile ha sido, sin duda alguna, un espaldarazo simbólico a las luchas de nuestros pueblos indígena campesino originarios del continente. Lo de simbólico cuenta en un país como Chile, donde los mapuche y otros grupos étnicos originarios fueron brutalmente exterminados por un Estado que nació al servicio de la oligarquía y de intereses europeos.

Cabe recordar que, en los anales de la historia, se registra que la inmensa mayoría de españoles invasores que murieron en enfrentamientos con pueblos originarios del continente, desde la Patagonia hasta Canadá, lo hicieron en Chile. Allí, lejos del temor que infundían las armas de los ibéricos y sus corceles, los nativos estudiaron detenidamente sus tácticas de conquista y, finalmente, se apoderaron de arcabuces, espadas y caballos, para devolverles con la misma moneda las gentilezas venidas de ultramar.

Entonces, en aquel reino de España, que se jactaba que era tan grande que en sus dominios nunca se ponía el sol, hubo que poner las barbas en remojo y pactar, por primera vez, un acuerdo de paz en uno de los territorios “descubiertos”. Y así fue. Los mapuche conservaron su territorio, claro está, mucho más pequeño del que originalmente tenían, pero obligaron a los conquistadores a respetarlo, so riesgo de nuevos enfrentamientos en los que las bajas se daban de ambos lados. Algo inédito, pero cierto.

Y cuenta también la historia que, durante la Guerra del Pacífico, las tropas chilenas se alzaron con la victoria y terminaron por arrasar Lima y otras ciudades de Perú. Sediento de sangre, ese mismo ejército retornó a Chile, donde inició una campaña de exterminio de los mapuche, reduciendo su población hasta el límite de la desaparición total, conquistando sus territorios para entregárselos a la oligarquía cuyos hijos, hoy, miran con rabia e impotencia que el país empieza a pensar por sí mismo y en idioma mapudungún, tercamente conservado, hablado y enriquecido durante siglos de dominación.

Ni siquiera el intento contemporáneo más serio de acabar con esa cultura pudo con ellos. Augusto Pinochet, en su paranoia euro centrista, llegó a afirmar, ante una pregunta de un periodista sobre los mapuche, que en Chile no los habían, que lo que había en Chile era solo chilenos. Debe estar ahora revolviéndose en su tumba, ante la inusitada votación en contra de su Constitución arbitraria y fascista, que ha puesto el tablero político al revés.

Elisa Loncón, la presidente de la Convención Constituyente, es de manera paradójica, un personaje que no se caracteriza por su radicalismo; un radicalismo que sí es propio de la mayoría de elegidos para la Convención. Desde diferentes organizaciones vecinales y ciudadanas, una inmensa masa de electores optó por sus propios candidatos, dándole la espalda particularmente al Partido Socialista, hoy devenido en una expresión sumisa al sistema y voz autorizada de una nueva élite conservadora. Chilenos y chilenas, en las urnas, han dicho basta al funcionalismo de todos los partidos, incluidos los que se dicen de izquierda, porque nada hicieron durante décadas por cambiar la suerte del país, sellada a sangre y fuego con el golpe de Pinochet allá por la década de los ´70. 

Loncón recibe pues, en nombre de los pueblos del continente y del suyo propio, un mandato que va más allá de sus compromisos y convicciones políticas: debe hacer honor a su promesa de encaminar esa Convención –que no es lo mismo que una Asamblea Constituyente, pues tiene varias limitaciones obviamente impuestas para que lo que cambie no cambie mucho– a la transformación de la nación transandina.  Apellidos nada chilenos, como Jürgensen (que salió segundo en la votación para esa responsabilidad), rumian su rabia e impotencia, incrédulos; forma de decir que explotan su ira en las redes sociales, con una retahíla de discursos racistas que, al igual que en Bolivia con la elección de Evo Morales, intentan descalificar de antemano la gestión. ¿Qué puede saber pues, esa india, lo que significa un país como Chile?

Esa oligarquía que ha manejado por siglos la vida y los bolsillos de sus conciudadanos, tiembla hoy al imaginar que el mal ejemplo boliviano, que ha brotado de pronto en Perú y ahora se traslada a Chile, toque sus sacrosantos intereses. Todavía hay mucho trecho que recorrer, es cierto, pero la sorpresa electoral inicial, seguida de esta elección convencional, abren la esperanza de que esta vez, si, se abrirán las amplias alamedas que auguraba el Presidente mártir Salvador Allende. Son las vísperas el pueblo.

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