Categoría: Opinión

  • Santa Cruz S.A. el mito que nos costó doscientos años de crédito ajeno

    Santa Cruz S.A. el mito que nos costó doscientos años de crédito ajeno

    Hay una frase que Santa Cruz repite de sí misma con tanta frecuencia que ha dejado de sonar a relato y empezó a sonar a hecho: la región se hizo sola, a pulso, sin ayuda del Estado, mientras el resto del país vivía de subsidios y prebendas. Es una frase útil. Explica por qué su élite merece lo que tiene, por qué no debe rendirle cuentas a nadie y por qué cualquier intento de regularla es, casi por definición, un ataque a la libertad de trabajar. El problema es que la frase es falsa, y no lo es por matiz: lo es por los números.

    La mitad de todos los créditos rurales que otorgaba el Banco Central de Bolivia se concentraba en un grupo reducido de prestatarios cruceños. Tres décadas después, bajo el gobierno de Banzer, hasta el noventa por ciento de los préstamos del Banco Agrícola de Bolivia terminaba en ese único departamento, y en la banca comercial la cifra rondaba el sesenta y ocho por ciento. La región que hoy se presenta como la más autosuficiente del país fue, durante buena parte del siglo XX, la más subsidiada por el Estado que dice haberla abandonado. No es una interpretación: es el registro de los propios bancos estatales y comerciales de la época.

    Ese subsidio no se detuvo con la democracia ni con el fin del ciclo militar. Cambió de forma. Hoy no llega como crédito preferencial, sino como tolerancia fiscal. Las principales empresas soyeras del país facturaron, en 2023, ingresos operativos superiores a los dos mil millones de dólares. Sus impuestos a las utilidades representaron apenas el dos por ciento de esa facturación. No es una cifra aproximada ni una acusación militante: es un dato de Oxfam replicado por investigación independiente sobre los estados financieros del sector. Un departamento que exporta soya, carne y madera a escala industrial, que desmonta más bosque que ningún otro en Bolivia, devuelve al Estado una fracción marginal de lo que extrae. La pregunta que cabe hacerse no es si Santa Cruz «aporta» a Bolivia. Es a quién, exactamente, le aporta ese modelo.

    La respuesta tiene nombre y apellido, literalmente. Los registros de los juzgados agrarios cruceños entre 1953 y 1981 permiten reconstruir con nombre propio a las familias que recibieron las grandes dotaciones de tierra fiscal del período: decenas de miles de hectáreas repartidas entre un puñado de apellidos que hoy siguen apareciendo en las cámaras empresariales, en las gobernaciones y en los gabinetes ministeriales, generación tras generación. El latifundio boliviano no desapareció con ninguna reforma agraria. Se transformó: fue «empresa agrícola» en 1953, clientelismo militar en los setenta, mercado de tierras bajo la Ley INRA en los noventa, y hoy es un portafolio disperso entre sociedades anónimas y fondos de inversión, diseñado precisamente para que resulte imposible rastrear con las herramientas de control del siglo pasado a quién pertenece, en el fondo, la tierra boliviana.

    Ese despojo territorial nunca fue solo económico. Se ejerció también, de manera sistemática, sobre los cuerpos que sostenían la producción. El Foro Permanente de las Naciones Unidas para las Cuestiones Indígenas documentó en 2009 testimonios de comunidades guaraníes sobre niñas entregadas a los patrones bajo la promesa de educarlas en la ciudad, que volvían embarazadas o que directamente no volvían. Investigaciones más recientes sobre la identidad cruceña registran, todavía hoy, el testimonio de una práctica naturalizada entre familias patronales: incentivar a los hijos varones a iniciarse sexualmente con trabajadoras domésticas indígenas menores de edad. Esta no es una anécdota lateral de la historia regional. Es, según muestra la evidencia documental disponible, uno de los mecanismos constitutivos de la relación de poder entre la élite cruceña y los cuerpos indígenas que sostuvieron su enriquecimiento: el trabajo forzado sobre los hombres, la violencia sexual sobre las mujeres y las niñas. El mito del «buen patrón», tan repetido en el imaginario oriental frente a la conflictividad más visible de otras regiones del país, no borra esa violencia. La invisibiliza.

    Vale la pena decir con claridad por qué esto importa hoy, más allá del método, estudio o análisis que utilices para interpretar la historia. El país discute, una vez más, si el problema de Bolivia es el Estado o el mercado, si la salida pasa por más apertura al capital privado o por más regulación pública. Esa discusión, planteada así, es una trampa, porque presupone que en algún momento Santa Cruz operó fuera del Estado, cuando en realidad se construyó dentro de él, a través de él y gracias a él, solo que en beneficio de muy pocos. El mismo modelo que hoy exige menos impuestos y menos regulación es el que, durante ochenta años, exigió y obtuvo créditos preferenciales, tierra fiscal gratuita, subsidios al diésel y tolerancia frente al desmonte ilegal. No hay ninguna contradicción entre pedir «menos Estado» para las obligaciones y haber construido toda una fortuna gracias a «más Estado» en los privilegios. Es, de hecho, el mismo gesto: capturar el aparato público para privatizar sus beneficios y socializar sus costos.

    De ahí que desmontar este mito no sea solo un ejercicio de justicia histórica, sino una tarea política urgente. Mientras el relato de la autosuficiencia cruceña siga funcionando como sentido común, cualquier intento de exigirle a esa élite que devuelva al país una fracción razonable de lo que ha extraído seguirá leyéndose como una agresión, y no como lo que efectivamente es: el cobro, con dos generaciones de retraso, de una deuda histórica que nunca fue saldada. Esa disputa por el sentido común no se gana solo con indignación. Se gana con los números que este libro pone, por fin, sobre la mesa, y con la decisión de no dejar que sean otra vez las mismas familias las que, desde los mismos espacios de poder, sigan escribiendo la historia que el resto del país está obligado a creer, si a creer por que ademas esa elite es además dueña de innumerables medios de prensa y televisión que imponen el relato que les conviene.

  • Miseria de la impostura

    Miseria de la impostura

    El derrumbe paulatino del sistema de partidos en Bolivia, ha sido un proceso inducido, en el que las instituciones que deberían preservar el sistema democrático fueron parte de este derrumbe. ¿Por qué y para qué, esta operación?

    El surgimiento del MAS-IPSP, fue un acontecimiento en el campo político mundial, cientos de cientistas sociales se dieron cita en Bolivia para observar este fenómeno, entre ellos miembros del “Think tank” imperialista. La fortaleza y solidez de un “instrumento político” fue detectado como un peligro para el sistema democrático liberal, ya que la hegemonía de los partidos neoliberales se había terminado y claramente el MAS – IPSP, era el “partido” hegemónico y con presencia nacional, que había declarado que estaría en el gobierno por los próximos 50 años. Conocido este propósito había que terminar con el gobierno de Evo Morales y con el “Instrumento”, en este propósito actuaron las mismas autoridades electorales afines al MAS – IPSP, y como de costumbre la cooperación internacional subvencionó estudios y diagnósticos destinados a “modernizar” el sistema político en Bolivia.

    Esta paulatina destrucción del sistema de partidos, consolidó la despolitización y la desideologización de la sociedad, iniciada en los años 80 del pasado siglo. De este proceso se consolidaron los “personajes” como los activos sujetos de la política, así los “tutos” fueron los modelos de la acción política, personajes solitarios, sin formación política peor ideológica, se auto-promocionaron en las redes sociales, buscando su ubicación en algún conglomerado de “colectivos y agrupaciones ciudadanas”, al mismo tiempo se puso en marcha el “mercado de siglas”, en este escenario un anodino candidato se hace del gobierno, gracias a un destacado tiktoker, que no pudo consolidar un grupo político y se conformó con ser el “vice” de cualquiera que se le arrime.

    Los resultados de este deterioro están a la vista, por un lado un masa amorfa compuesta de cristianos/evangélicos/católicos, racistas, empresarios, militares retirados, intelectuales colonizados, migrantes extranjeros con proyecto propio y migrantes internos que desprecian su origen, son lo que en Bolivia se denomina “derecha”. La falta de una base ideológica ha determinado que el gobierno de esta derecha termine en manos de un comerciante de las modernas tecnologías de la información.

    Esta falta de un sistema de partidos, cuyos militantes eran destinados en las instituciones y reparticiones estatales, permitió que los mecanismos de gobierno se corrompan, los partidos garantizaban un mínimo de control de las “apariencias” de ética , en cambio la práctica “uninominal” del poder político anuló toda posibilidad de transparencia y los enclaves, familiares muchas veces se adueñaron de la maquinaria estatal convirtiéndola en su propio instrumento de enriquecimiento, por supuesto que esto no es nuevo, es la vieja herencia colonial, pero actualizada con la política del saqueo impuesta por la presencia de las empresas transnacionales, que en el fondo son las que mayor provecho tienen de este deterioro estatal, dejando migajas a sus operadores locales.

    La actual descomposición del Estado, en todas sus estructuras, ya no puede tener esperanza en otra experiencia “democrática” cimentada en los viejos moldes, que hoy hace bandera de la “reforma constitucional” que es el golpe definitivo para consolidar este Estado corrupto, que cada día nos muestra su podrido rostro. El país requiere de un profundo cambio que termine con el sistema corrupto enquistado en la pesada burocracia estatal, que ni el MAS – IPSP pudo desmontar, resultando paradójico que personajes otrora poderosos “masistas” sean los actores de este drama, que permitió la descomposición del campo político.

    La mentira cotidiana del gobierno se ha naturalizado, la prepotencia y corrupción policial acecha al ciudadano, mientras el “asesor” sigue teniendo poder desde su celda de reclusión. La tragedia de Viacha es la tragedia de Bolivia donde la vida ya no cuenta, “ya no hay que buscar culpables” es el lema para terminar con las angustias y mostrar los bolsillos vacíos es un insulto cuando se amasan fortunas en los pasillos del poder. Devolver a la política el sentido que tiene en los pueblos originarios es una de las claves de este tiempo, y esto no es otra cosa que la defensa y reproducción de la vida.

  • La marcha por la vida

    La marcha por la vida

    El 28 de agosto de 1986 la Marcha por la Vida fue cercada por el mayor dispositivo militar-policial desde la guerra del Chaco. Tres divisiones del ejército, fuerzas policiales, apoyadas por la aviación y la naval, fueron la fuerza desplegada para cercar y desmovilizar a una multitud de más de 10.000 ciudadanos, que desde siete días atrás acumulaba su fuerza; su cansino andar difundía su pregón a toda Bolivia: Es por la vida. Los mineros no pueden morir, se clamaba en todos los confines, de la nacionalidad misma se trataba.

    Un año atrás se había dictado el DS 21060 que delineaba la nueva política económica y rescataba para sí el monopolio de la actividad política. Se suprimieron conquistas que eran a la vida del minero, la razón de su permanencia en el campamento: la pulpería como centro de abastecimiento, la educación permanente, la salud como un derecho, la estabilidad laboral como garantía de una vejez segura, también se cortaron los contratos de sobreproducción.

    Los problemas no eran nuevos: ya el mismo año, en marzo, los mineros presentaron un plan de rehabilitación de sus empresas y lograron que el gobierno de Siles Zuazo desembolsara 10 millones de dólares; las maquinarias y equipos estaban en los puertos y el cambio de política los dejarían encajonados por mucho tiempo. En agosto de 1985 se logró, en pleno estado de sitio y con la dirigencia encarcelada, el compromiso del gobierno de considerar un plan que demostrara la sostenibilidad de COMIBOL. El plan que contaba con el aval de universidades y la Pastoral Social se presentó, pero la respuesta fue un rotundo No.

    En Calamarca se volvieron a ver dos sujetos: militares y obreros, que desde 1964 se enfrentaban para conducir el Estado; desde visiones diferentes, lo señorial y lo popular, en un mismo esquema de acumulación: el capitalismo de estado. La fuerza militar había sido arrinconada después de sangrientas y delincuenciales gestiones gubernamentales y cedió el poder a los civiles agrupados en partidos políticos. La fuerza minera, defendiendo la empresa estatal, buscaba mantener su existencia social, para incidir con una visión de desarrollo, democracia y justicia social.

    El desgobierno de la dictadura había endeudado al país en un 80% del Producto Interno Bruto, sin posibilidades materiales de honrar los compromisos; se desatendieron los problemas productivos, un kilo de carne costaba más que una libra de estaño, las necesidades alimentarias no podían ser satisfechas: en medio de la especulación y la distribución de cupos, nacían los nuevos ricos. El estado de bienestar social había colapsado, era la hora de volver a viejos caminos. El liberalismo retornaba brioso en manos de quienes lo habían condenado en 1952. El llamado era trágico: “Bolivia se nos muere”, jamás se preocuparon de decir quienes lo habían llevado a ese estado de inanición. La explicación era la ineficiencia, la corrupción -el mal congénito del Estado- males que ellos practicaban en los gobiernos de los cuales fueron parte.

    La solución fue la privatización de más de 200 empresas del Estado, no sólo del gobierno central sino también de las prefecturas. Se trataba también de la capitalización de empresas estratégicas que tenían el monopolio del mercado interno, se dio la flexibilización laboral para conseguir empresas eficientes, la informalidad como forma de sobrevivencia, la uniformidad tributaria sin distinción de la explotación extractivista de un recurso natural o de servicio, la supresión de la regalía minera para bajar los costos. La economía en números macros estaba bien, había mucha exportación, exportar para vivir se decía, pero pocos ingresos para el Estado, incluso había que mendigar préstamos para pagar el sueldo de los maestros. Al no dar de comer al ciudadano común el modelo neoliberal fracasó.

    Así volvió el Estado planificador: los recursos naturales son de los bolivianos, es el capital para la industrialización, la empresa estatal es la única, contra los extractivistas, capaz de añadir valor con la fundición y la industrialización. El discurso del MAS fue más amplio que la realidad, 20 años de neoliberalismo, venerando la iniciativa privada o la oportunidad para la acumulación personal, el menoscabo a la ideología y por lo tanto de los valores fue la herencia que dio como resultado la estabilidad, solucionando los requerimientos de los sectores sociales, sin su articulación con el proyecto grande del vivir bien. La crisis que padecemos no es por el achicamiento de la economía sino por el crecimiento asimétrico del sector estatal frente al privado; hoy la economía está hegemonizada por el sector privado, mientras las obligaciones del Estado (salud, educación, seguridad) son sostenidas por las empresas estatales y el ciudadano común. Incordio que debe ser superado por la lógica económica.

    El legado de la Marcha por la Vida está en el coraje de defender lo que se cree con el ejemplo y el sacrificio; del convencimiento que esta patria la haremos nosotros, sin tutela alguna; que este propósito llama al concurso de todos sin privilegio alguno; que la democracia no es un torneo electoral, sino el ejercicio permanente del derecho a observar, sugerir y denunciar cuando se atente contra el bien común. No hay otra forma de construir comunidad; la marcha continua.

  • La Generación de Proteo

    La Generación de Proteo

    En 1977 se estrenó la película “La Generación de Proteo” aunque su título original fue “The Demon Seed”. Luis Espinal (el más grande crítico de cine que hubo en Bolivia. Información para la generación desinformada) nos dirá en sus reflexiones críticas de cine: “Es un film en que la computadora se vuelve un dictador totalitario (…) en este caso sería el peligro de que el hombre se deje dominar por sus propias creaciones”. Esta rica cita de Espinal puede ser aplicada a la actual tecnología de las “granjas de bots”, que a nivel mundial están transformando el ejercicio del poder político.

    No debemos envidiar al mundo “desarrollado” ya que nosotros también estamos siendo víctimas de este gran adelanto tecnológico (nota mental, es ironía) y por supuesto ya somos territorio del tecnofeudalismo. Cuando el presidente nos prometió que pondría a Bolivia “en el mundo” no imaginamos que se refería a este proceso, así pues, estamos en la “generación de Cerimedo” y como en la película, esta semilla promete un futuro dominado completamente por la máquina (léase indistintamente celular y/o computadora).

    La lectura de Luis Espinal se enmarcaba en lo que se denomino “ciencia Ficción” y claro Espinal no pudo ver los cambios a partir del invento llamado celular. Hoy ya no podemos hablar de ciencia ficción porque “todo es posible”, los autómatas de siglos anteriores hoy tienen nuevas generaciones que ya trabajan en la vida diaria de la humanidad, que saludan y pueden mantener conversaciones fluidas con sus “dueños” (¿?) en contrapunto a este gran despliegue tecnológico tenemos millones de seres humanos que no pueden tener los alimentos necesarios para seguir viviendo.

    El descontrol del uso tecnológico ha hecho que la realidad sea una construcción imaginada, que el proceso de enajenación haya logrado penetrar en lo más profundo de la subjetividad humana y anular la gran tarea cerebral del pensamiento. Y las consecuencias de este proceso es la paulatina destrucción de todo lo humano conocido como civilización.

    El campo de batalla mundial por el dominio de la mente humana, ha convertido al mundo en un gran laboratorio, el “sistema mundo” viene librando una guerra geopolítica de largo aliento, en la que Bolivia se encuentra como parte del botín, debido a que la generosa Pachamama nos ha brindado sus favores y que nuestras culturas ancestrales, en su reconocimiento mantienen una relación espiritual profunda (despectivamente denominada “pachamamismo” por un personaje argentino que caminaba en los pasillos del Palacio Quemado en los primeros tiempos del gobierno de Evo Morales) pero volvamos al tronco y dejemos las ramas, este desarrollo tecnológico demanda materias primas, que bien pueden ser utilizadas para mejorar la situación de la población boliviana, pero no, desde muy antiguo existe la perversa costumbre de tomar provecho personal de estos dones comunes (los recursos naturales pues) y por ese trauma colonial entregar todo lo que se pueda a la voracidad de las hoy llamadas empresas transnacionales, que no son otra cosa que los antiguos piratas que asaltaban y se apropiaban de lo ajeno, protegidos por sus reyes y reinas (que aún existen y obran en consecuencia) esa vieja mentalidad de ser “pueblos elegidos” y “obrar en nombre de Dios” es la base ideológica de este tecnofeudalismo y sus adoradores.

    No está lejano el día que los templos serán los Data-Center y los peregrinos, arrodillados le pedirán clemencia, el poder del tecnofeudalismo esta ya escribiendo otra historia, otra base de datos de lo que será la civilización del futuro, por eso existe un odio a todo libro escrito, a toda lectura crítica de lo que se señala como “verdad”.

    Estamos dejando atrás una era de la humanidad y estamos entrando en otra donde la tecnología, las máquinas están reemplazando al ser humano y mientras esto ocurre una densa niebla nos cubre desde las pantallas de los celulares, de la televisión y las deslumbrantes luces de la atracción sensorial que ocupan nuestras neuronas, desplazando su tarea de producir pensamiento crítico.

    Así pues, estamos ubicados en el primer mundo de la manipulación tecnológica y ya no existe posibilidad de negar que estamos “en el mundo y para el mundo” promesa hecha realidad de nuestro gobierno que desde un Tiktok confirma nuestra condición de “siervos tecnológicos” sin derecho a réplica de las verdades de la nobleza que nos gobierna.

  • La Servidumbre y el Placer

    La Servidumbre y el Placer

    Ignacio Ramonet, en su texto: “Las masas manipuladas” (Propagandas silenciosas, Editora Política, La Habana, 2002) realiza una cita de Aldous Huxley que señala: «un estado totalitario, verdaderamente eficiente sería aquel donde el todopoderoso comité ejecutivo de los jefes políticos y sus ejércitos de directores gozarían de plena autoridad sobre una población de esclavos a la que no habría que forzar, pues disfrutarían su servidumbre.

    Inculcarles ese sentimiento sería la tarea asignada en los estados totalitarios de hoy, a los ministerios de propaganda, a los jefes de redacción y a los maestros de escuelas». De esta cita que, según Ramonet es de los años 40; nos interesa destacar la frase “disfrutarían su servidumbre”, porque justamente es lo que se ha logrado en Bolivia en los más de 400 años de colonización. Existe un sector de la población boliviana que “disfruta su servidumbre”, en este caso servidumbre al modelo de explotación capitalista, que supone una servidumbre a la moda, al consumismo y a su concepción de mundo.

    El sistema colonial se edificó sobre una sociedad jerarquizada, los indios y negros en la base, los criollos en el medio y en la cúspide los europeos, la necesidad de una sumisión completa obligó a incorporar las funciones de mayordomo, capataz, o reconocer autoridades originarias para mediar en el sistema de sumisión, poco a poco estos intermediarios asumieron el rol de “autoridad” como espejo del patrón europeo, primero, y después del criollo republicano.

    La descendencia del estamento criollo, poseedor de la mentalidad colonial expresada en el sistema de haciendas, los obrajes y las minas, se mantuvo como una constante en la sociedad boliviana definiendo la sociedad estamentaria, que pese a las reformas de 1952 no han desaparecido en Bolivia. El proyecto de una “burguesía nacional” consolidó una sociedad con claras diferencias entre los enclaves urbanos de habla castellana y el resto de la población generalizada con el adjetivo de campesino, pretendiendo superar el adjetivo “indio” de contenido peyorativo.

    Los esfuerzos por superar la discriminación, por parte de los migrantes rurales hacia las ciudades, tuvo como resultado un proceso de asimilación de las pautas de comportamiento de las “personas de bien” por parte de los migrantes rurales y los “nuevos” ciudadanos a partir de las reformas de 1952. Este proceso de asimilación, al ser una copia de los sectores dominantes también significó una modificación de las conductas y comportamiento respecto a la aceptación del proceso modernizador implementada por el MNR en sus largos años de gobierno de su primera época.

    La economía capitalista con atisbos de modernidad, se aceleró con la “marcha hacia el oriente” lugar donde la migración europea encontró un nicho de realización hasta constituir la elite dirigente económica/política y claramente diferenciada del resto del país, esta elite dirigente logro influir ya en el siglo XXI a otros centros urbanos que en conjunto se denominó “la media luna” con una clara propuesta separatista. Y es desde aquí donde podemos aplicar la afirmación de Huxley respecto al disfrute de la servidumbre por parte de la sociedad de estas regiones y el conjunto del país, en el que el caso más emblemático de esta situación es la ciudad de Santa Cruz donde la gran mayoría de sus habitantes, que no pueden ser considerados parte de la elite agroindustrial, salen en la defensa de estas elites cuando peligran sus privilegios o se asumen medidas para frenar las ambiciones de una expansión de un “modelo” depredador del medio ambiente y cuyo crecimiento siempre estuvo ligado a los favores del Estado.

    El disfrute de la servidumbre se manifiesta en los grupos de choque defensores de las elites, en las agresiones racistas y en la repetición de usos de la elite como son los concursos de las “mises” y sus “frater”, en los dirigentes que se prestan para apoyar a los representantes del poder, en las “selfis” junto a “personalidades”, etc.

    El denominado “progreso” cuya imagen es la sociedad norteamericana, ha calado como discurso en gran parte de la población boliviana anulando cualquier posibilidad de análisis de la condición y posición de la población que no puede asumir una postura crítica y que se encuentra subsumido al “todopoderoso comité ejecutivo de los jefes políticos y sus ejércitos de directores” que tienen plena autoridad sobre una población a la que durante más de medio siglo se ha condicionado para lograr que pueda disfrutar de esta relación de servidumbre.

  • BOLIVIA no está en Venta: Crisis Económica, la sombra de la Injerencia y Soberanía.

    BOLIVIA no está en Venta: Crisis Económica, la sombra de la Injerencia y Soberanía.

    Cerimedo fue asesor de comunicación de Paz, aunque el Gobierno sostiene que no era funcionario público. Actualmente enfrenta investigaciones en Bolivia por violencia doméstica, manejo discrecional de fondos del Estado y una tercera investigación por presuntos vínculos con el narcotráfico. Al mismo tiempo, la administración atraviesa graves dificultades económicas; el Congreso censuró al ministro de Economía, José Gabriel Espinoza, quien fue posteriormente removido.

    Bolivia vive una de las etapas más delicadas de su historia reciente. La crisis económica golpea el bolsillo de las familias, aumenta la incertidumbre, escasean combustibles y divisas, crece la pobreza y, peor aún, se extiende la preocupación por el futuro. Sin embargo, desde el Gobierno se desvaloriza a quienes osan cuestionar las declaraciones oficiales.

    En este contexto, el Gobierno de Rodrigo Paz tiene la obligación de ofrecer respuestas claras, transparentes y soberanas. Pero, en lugar de certezas, aparecen cada vez más preguntas: ¿Quiénes toman realmente las decisiones del Estado? ¿Quiénes tienen acceso al poder? ¿Qué intereses económicos están detrás de determinadas políticas? ¿Qué papel desempeñan operadores extranjeros vinculados a la política regional? Y, sobre todo, ¿estamos ante decisiones soberanas del Gobierno boliviano o ante una creciente influencia de intereses externos?

    Existen dudas sobre Cerimedo. Actuó con una política de injerencia externa. Sería necesario exigir una investigación para determinar de dónde proviene esa injerencia y si forma parte de un nuevo Plan Cóndor mediático para dominar y decidir en nuestro país.

    La presencia de Fernando Cerimedo en el entorno presidencial merece una investigación seria y transparente. Este caso no puede reducirse a un problema personal. El propio Gobierno confirmó que asesoró a Rodrigo Paz en comunicación, aunque negó que tuviera un cargo formal en la administración pública. No obstante, diversos reportes periodísticos han señalado una influencia considerable de Cerimedo en el entorno presidencial.

    Actualmente, Cerimedo está detenido preventivamente y enfrenta investigaciones en Bolivia por violencia doméstica y otros delitos más graves, como el enriquecimiento ilícito. La Fiscalía anunció una tercera investigación por presuntos vínculos con el narcotráfico.

    Pero existe una cuestión política que no puede ignorarse: ¿cómo pudo una persona extranjera, vinculada anteriormente a la política argentina y a sectores de la derecha regional, adquirir tanta cercanía con el entorno del poder boliviano?

    Esta pregunta no es xenófoba ni partidista. Es una pregunta democrática. Cualquier gobierno tiene derecho a recibir asesoramiento extranjero, pero cuando esos asesores tienen acceso privilegiado al poder, participan en estrategias políticas y mantienen vínculos con actores de otros países, la sociedad tiene derecho a saber quién los financia, qué intereses representan, cuál es su verdadera influencia y cuáles son sus ganancias. En cualquier caso, la injerencia extranjera debe investigarse.

    Por ello, el debate debe plantearse en términos de soberanía, transparencia e independencia nacional: ¿Existen gobiernos extranjeros interviniendo en decisiones bolivianas? ¿Existen empresas extranjeras que financian operadores políticos? ¿Existen consultores foráneos con influencia sobre decisiones económicas? ¿Existen contratos o negocios vinculados a esos operadores? ¿Qué relación existe entre las decisiones gubernamentales y determinados intereses empresariales? ¿Quiénes se benefician de las políticas sobre combustibles, minería, oro, litio, hidrocarburos y empresas públicas? ¿Qué compromisos está adquiriendo Bolivia con organismos financieros internacionales?

    Estas preguntas deben responderse públicamente.

    La soberanía nacional no significa únicamente defender las fronteras territoriales. También significa tener capacidad para decidir qué hacemos con nuestros recursos naturales, qué modelo económico queremos construir, cómo administramos nuestras empresas públicas, cómo protegemos el patrimonio nacional, qué condiciones ponemos a los capitales extranjeros y, fundamentalmente, cómo protegemos a nuestra gente.

    La salida de la crisis no puede consistir simplemente en reducir el Estado, disminuir la inversión pública, eliminar políticas sociales, entregar empresas estratégicas o recurrir al endeudamiento externo sin una estrategia productiva nacional.

    Bolivia necesita estabilizar su economía, pero también necesita producir, industrializar, generar empleo y proteger a las familias. Bolivia no puede salir de una crisis económica entregando su capacidad de decisión.

    La experiencia histórica de América Latina demuestra que las crisis económicas pueden convertirse en oportunidades para imponer agendas que, bajo el discurso de la modernización, terminan debilitando al Estado, privatizando bienes públicos, reduciendo derechos sociales y entregando sectores estratégicos a intereses privados.

    Por eso debemos mirar con especial atención las políticas económicas que impulsa el gobierno de Rodrigo Paz.

    No se trata de culpar de la gravedad de la crisis a los gobiernos anteriores. Se trata de preguntarnos ahora quién paga el costo de la crisis y quién obtiene beneficios de las soluciones, si es que las hay. La pregunta fundamental no es únicamente cuánto dinero puede conseguir Bolivia, sino: ¿para qué se va a endeudar, quién administrará esos recursos y quién pagará la deuda?

    No queremos dependencia de ningún imperio: ni del norte, ni del capital transnacional, ni de organismos financieros, ni de gobiernos extranjeros.

    Queremos una Bolivia soberana. La defensa del Estado Plurinacional también es económica.

    La Constitución Política del Estado no concibe a Bolivia únicamente como un mercado. Reconoce un Estado Plurinacional, con recursos naturales estratégicos y con responsabilidades sociales y económicas. Por eso, defender el Estado Plurinacional significa defender: el litio, el gas, los minerales, el agua, los bosques, la biodiversidad, las empresas estratégicas, la seguridad alimentaria y el patrimonio público.

    Pero también significa defender la democracia, la transparencia y el derecho de la ciudadanía a saber quién toma las decisiones.

    Cochabamba, agosto de 2026

    Por María Isabel Caero

  • El Fetichismo del Poder

    El Fetichismo del Poder

    ¿Cómo caracterizar al gobierno, en este momento de crisis? Aplicando el instrumental teórico de Enrique Dussel, podemos calificar al gobierno como un gobierno corrupto, esta calificación tiene que ver con las características que señala Dussel, partiendo de la definición del fetichismo del poder que es denominada como la corrupción originaria y que consiste en la creencia que la fuente del poder político es el actor que se autorreferencia, por ejemplo cuando escuchamos a un ministro decir que toma una decisión, “ porque es el ministro”; esta autorreferencia es la señal que su poder esta corrompido. Siguiendo con Dussel, nos dirá que el representante del poder corrompido “puede usar un poder fetichizado, por el placer de ejercer su voluntad, como vanagloria ostentosa, como prepotencia despótica, como sadismo ante sus enemigos, como apropiación indebida de bienes y riquezas”. Estas características no son exclusivas del actual gobierno, sino del conjunto de la llamada “clase política” en toda la historia boliviana, el paradigma de este ejercicio del poder fetichizado ha sido, sin lugar a dudas Mariano Melgarejo.

    Los últimos días, en Bolivia han sido testigos de un “sismo político” definido así por el vocero presidencial; el origen de este sismo ha sido la declaración de un intento de asesinato de una operadora política de larga trayectoria, por parte de su compañero sentimental, conocido en el mundo de los “asesores” electorales y denunciado en la Argentina por actos fraudulentos.

    El gobierno y todos sus dispositivos han realizado grandes esfuerzos por minimizar la influencia de este asesor personal del presidente, esfuerzo que le ha tocado al vocero presidencial, que en este empeño ha perdido la poca credibilidad que tenía, ya que sus declaraciones afirmativas de negar el rol del asesor, fueron desmentidas, a través de las redes sociales, con innumerables registros audiovisuales y fotografías, y testigos presenciales que han dado su testimonio del poder que ostentaba el asesor; tal parece que el vocero no ha tomado en cuenta los registros que permite la actual tecnología de la comunicación como criterio de verdad.

    Los gobiernos de la derecha boliviana, han tenido siempre la “colaboración” de personal de inteligencia de los gobiernos norteamericanos, especialmente para el nombramiento de Ministros y otras autoridades; en este caso queda la duda del tipo de opiniones que tenía la “Embajada” acerca del asesor, abriendo la especulación de afirmar que el asesor es personal de una de las instituciones de inteligencia norteamericana.

    La figura y actos de este asesor importante e imprescindible para el gobierno es el reflejo de lo señalado por Dussel en lo referido al uso del poder fetichizado como apropiación indebida de bienes y riquezas, debilitando aun más la maltrecha práctica política boliviana, retornando a las épocas donde el ejercicio de la política era sinónimo de enriquecimiento personal.

    Ahora bien en este escenario dramático de la historia boliviana, es pertinente volver a Dussel cuando señala que “la corrupción es doble cuando el gobernante se cree sede soberana del poder, y la comunidad política se lo permite”, aquí debemos entender a la “comunidad política” como pueblo, como sociedad y en esa medida debemos asumir nuestra cuota parte en esta doble corrupción del poder político, por permitir ese uso arbitrario, fetichizado del poder, que repetimos no es exclusivo del actual mandatario sino una constante en nuestra historia.

    El fetichismo del poder, en nuestro país es una herencia del hecho colonial, la figura del conquistador, poseedor de todo el poder se ha establecido como el modelo de los gobernantes bolivianos, pese a los esfuerzos de Russeau, J. Locke, y el propio Marx para relativizar el poder concentrado. El fetichismo del poder es contrario a todo concepto de democracia en el sentido del gobierno del pueblo, para el pueblo y con el pueblo, la evidencia empírica nos demuestra que no existe democracia allá donde el poder se ha fetichizado y este es uno de esos momentos de su materialización a los ojos de quienes incluso se niegan a ver.

    Año de la crisis de gobierno – Antonio Abal O.

  • Estado de situación

    Estado de situación

    En estos días aciagos de una lucha a muerte entre la ambición el poder y su inseparable sombra que es la muerte, los bolivianos y bolivianas nos encontramos envueltos en una trama que desnuda los recovecos del poder político y la acumulación de riqueza.

    Bolivia tiene una historia plagada de tragedias, grandes fortunas amasadas con el sufrimiento de hombres y mujeres que desde tiempos coloniales son el sujeto del desprecio. Los arrebatos racistas que caracterizan los discursos “civilizados” de una modernidad inconclusa, son la antesala de las tragedias que afectan duramente a ese pueblo que sostiene sobre sus espaldas a las elites que les enajenaron no solamente sus territorios sino parte de su dignidad.

    El culebrón Beller-Cerimedo ha desnudado esa querella por el poder, aquí no importa el montaje del escenario, tampoco importan los actores, sino los efectos de la obra sobre los indefensos observadores que angustiados estamos naturalizando estos acontecimientos cuidadosamente acumulados, para que por repetición sean aceptados como característica del poder. Indefensos como estamos, somos prisioneros de la angustia y el temor, materia prima para aceptar cualquier posibilidad que nos devuelva la tranquilidad en su versión de “salvadores de la patria”, nuevamente la perversa separación entre “clase política” y pueblo nos ha convertido en una especie de comarca feudal donde los nobles disfrutan de sus privilegios y al resto sólo nos queda festejar sus ocurrencias y sus confrontaciones.

    Las elites, en esta su confrontación por el poder saben que el pueblo en su veredicto electoral no volverá a repetir el “mal menor”, saben que su ciclo tiene su fatal fecha de expiración, por eso asumen medidas desesperadas para definir su hegemonía, para definir su derecho de propiedad sobre el Estado, sobre las vidas y haciendas.

    Por el otro lado existe un pueblo que no encuentra el cauce que redima sus angustias, sus temores, la llamada izquierda fue el peor ejemplo durante el gobierno de Luis Arce, y sirvió para que se pierda la legitimidad ganada en las bocaminas, en las fábricas, en las aulas universitarias y las jornadas de lucha callejera ¿cómo rearticular ese cuerpo fracturado?

    Hace pocos días atrás en Cochabamba se realizó un conversatorio justamente para encontrar respuestas a esta pregunta. Los matices de las respuestas tenían un punto en común: defender lo avanzado, que nos es otra cosa que la defensa de la Constitución, que tiene una sentencia de muerte dictada por el poder concentrado de las oligarquías agro-mineras-empresariales.

    Los escenarios violentos de ajusticiamientos, secuestros, robos asaltos, están acompañados de medidas económicas sorpresivas en forma de decretos, amparados en un Estado de excepción que no logra domesticar la furia popular. Las primeras rupturas de esta medida ya se han manifestado y es que tarde o temprano una gota hace que el agua se desborde, y esa gota se encuentra en el entramado de un triángulo amoroso (o tal vez un cuarteto) que arrastró a todo el país; las diferentes interpretaciones de este acontecimiento confunden mucho más al atribulado pueblo que deambula buscando alimento y carburantes, el gobierno ya no puede dar certeza de nada, su vocero en pocos segundos es desmentido en sus aseveraciones y sus palabras hilvanadas para explicar lo sucedido tratan de opacar la inteligencia que todavía nos permite discernir entre tanta caótica información que destila un color amarillento.

    La descomunal batalla entre un aparato mediático y los ciudadanos indefensos está logrando éxitos, ya que los temores se transforman en conductas decididas para aceptar “lo que venga” con la esperanza de ver, por fin, acabada esta desequilibrada realidad, que por otra parte fue culpa también de la decisión popular. No dejarse intimidar por el miedo y seguir caminando pese a las adversidades y tener claro que toda conquista se defiende o se la pierde, según la intensidad de la batalla, es pues la tarea cotidiana de nuestra existencia.

    Antonio Abal O.