Para carnavales, una memoria insurgente
En estas fechas de carnaval, cuando el folklore boliviano alcanza su máxima expresión, conviene detenerse un momento y recordar ciertas palabras para no caer en fetichismos culturales. Benjo Cruz, ese enorme referente de nuestra música y conciencia popular, sostenía: «Yo entiendo el folklore de una determinada manera, como la expresión integral del hombre, como la manifestación total de él. Es decir, el hombre mediante el folklore le canta al amor, al paisaje, a la patria, a la mujer amada, pero también le canta a su problemática social. Y nosotros, los que queremos ser folkloristas, no podemos eludir ese tema porque eludirlo sería cobardía».
Esta reflexión me lleva inevitablemente a hablar de lo que fue la guerrilla de Teoponte, porque sin ella no puede comprenderse cabalmente la influencia histórica del comandante Ernesto Guevara en los procesos de liberación de Nuestra América.
De un total de 500 militantes —campesinos, mineros y universitarios que concebían la guerrilla como la versión más consecuente del cristianismo—, solo 67 decidieron emprender rumbo a Teoponte. De esas filas emerge la figura de Néstor Paz Zamora, quien optó por esa vía considerada la más consecuente. Recordar y reivindicar a este personaje hoy, más que nunca, es necesario. No solo por lo que representó, sino para que su familia —hoy representada en Rodrigo Paz, sumiso al imperialismo y a las recetas del FMI— sepan que existen legados que calan más hondo en el pueblo, que no se compran con campañas de marketing ni con curules en el Parlamento.
La guerrilla de Teoponte inició sus acciones secuestrando a directivos de la empresa minera South American Placer Inc. (SAPI), con el objetivo de exigir la liberación de presos políticos del ELN. Esta empresa, encargada de la explotación de oro fluvial, posteriormente vendió sus operaciones a Comsur, propiedad de Gonzalo Sánchez de Lozada. El mismo que décadas después huiría del país empapado en sangre por la masacre de Octubre Negro.
Quizás sea necesario repetir, de cierta forma, aquellos actos para transmitir un mensaje claro al pueblo: no se puede seguir tolerando más de setenta años de explotación. Hoy, siguiendo este análisis, quienes perpetúan esa explotación son las cooperativas mineras. Aunque deberían ser asociaciones sin fines de lucro que trabajen por un fin social y no suscribir contratos con empresas privadas foráneas, la realidad demuestra todo lo contrario: operan en áreas que arriendan de manera encubierta a privados, generando una relación de dependencia hacia el capital y la inversión privada y extranjera. Esto ha permitido que los privados se apropien de los excedentes auríferos sin control estatal alguno.
El disfraz cooperativo ha servido para profundizar el modelo extractivista, esta vez con rostro «social» pero con las mismas lógicas de siempre: las ganancias se privatizan, los pasivos ambientales se socializan. Es un tema que merece profundizarse en otro momento; hoy nos concentramos en Teoponte y sus héroes.
La guerrilla de Teoponte —muchas veces mal llamada «guerrilla de estudiantes» por la historia oficial y el periodismo cómplice— poseía una estructura de mando político-militar eminentemente indígena campesina. Prueba de ello es que el segundo al mando era Estanislao Villca (Tani), también conocido como subcomandante Alejandro. Asimismo, formaban parte del mando Kolla, Benito Mamani y Luis Barriga, todos campesinos de la zona. Esta afirmación se refuerza con la presencia de los «pallapos», guerreros aymaras de la época incaica. Evidentemente, había dirigentes estudiantiles en sus filas, pero no al mando.
La oligarquía y sus intelectuales orgánicos siempre han querido presentar la lucha armada como un fenómeno foráneo, como una idea traída por «extranjeros» o «jóvenes descarriados». La verdad es tozuda: el mando era indígena, la base era indígena, el territorio era indígena. Y la memoria también.
Escribo este artículo movido por la curiosidad. A propósito de Teoponte, supe que existen dos estatuas en aquel pueblo en homenaje a Néstor Paz Zamora y Benjo Cruz. Busqué fotografías en internet, pero mi sorpresa fue no encontrar ninguna. En la era de la información, donde todo parece estar documentado, los héroes populares siguen siendo invisibilizados. Entonces decidí viajar a la localidad para cerciorarme y publicar las imágenes de aquellos admirables guerrilleros. Porque lo que no se nombra no existe, y lo que no se difunde se olvida.
En la plaza principal de Teoponte también se erige un pequeño busto dedicado a quienes combatieron a la guerrilla: las Fuerzas Armadas como aparato represivo contra las luchas por la justicia social. Este pequeño monumento, comparado con las grandes esculturas de Paz Zamora y Benjo Cruz, queda empequeñecido. La diferencia es nítida, casi un mensaje de la historia: los guerrilleros siempre fueron más grandes que los gorilas de las Fuerzas Armadas, y estos, para causar baja en las filas de los héroes, siempre necesitaron ayuda extranjera. De otro modo, jamás habrían podido lograr su cometido.
Este carnaval, mientras suenan las bandas y se derrama la cerveza, quizás valga la pena preguntarnos qué celebramos realmente. Si el folklore es, como quería Benjo Cruz, la expresión integral del hombre y su problemática social, entonces recordar Teoponte también es hacer folklore. Es cantarle a la dignidad, a la coherencia, a los que dieron su vida por un mundo mejor. Es también denunciar a los que se apropiaron de esos símbolos para vaciarlos de contenido, a los que comercian con la memoria mientras se alían con los mismos de siempre.
Por Néstor, por Benjo, por Tani, por los 67. Por los que vendrán.
La memoria es una trinchera. Y en carnavales también se combate.





