La niebla como método: cuando el caos es la estrategia
Vivimos en una era donde la mentira tradicional —la que busca que le crean— ha sido reemplazada por una forma más sofisticada y perturbadora de ejercicio del poder: la fabricación deliberada del caos. El objetivo ya no es convencer de una versión falsa de los hechos, sino destruir la posibilidad misma de distinguir qué es verdad. Ese este el núcleo del análisis: la niebla no es un accidente, es un método.
El caso de Trump y su política exterior hacia Irán es el ejemplo paradigmático. En un solo mes, proclamó victorias, pidió ayuda a aliados europeos y luego los amenazó, negoció con el enemigo y al día siguiente exigió su derrocamiento. No se trata de incoherencia ni de irracionalidad, sino de una arquitectura diseñada para desorientar. Cada mensaje apunta a una audiencia distinta: los belicistas reciben titulares triunfalistas; los aislacionistas escuchan que Estados Unidos no necesita a nadie; los aliados, cooperación envuelta en amenazas; y la población doméstica, promesas de que el conflicto no afectará sus bolsillos. El resultado es un buffet informativo donde cada comensal encuentra lo que busca, pero nadie puede reconstruir el menú completo.
Algo muy parecido ocurre en el ámbito local. El gobierno de Rodrigo Paz llegó al poder prometiendo exactamente lo contrario a la “niebla” trumpiana: transparencia, fortalecimiento institucional y el fin de la corrupción. Apenas cuatro meses después, la realidad apunta en otra dirección. Además de incumplir sus promesas de campaña, gobernar por decreto se convirtió en la norma. El Decreto Supremo 5503, con más de 120 artículos, habilitaba contratos exprés sobre recursos estratégicos —litio, hidrocarburos y minería— con plazos tan ajustados que prácticamente eludían el control legislativo, los estudios de impacto ambiental y la consulta previa a las comunidades indígenas y campesinas afectadas. Ante la presión social insostenible, especialmente de la Central Obrera Boliviana (COB) y otros sectores, el decreto fue abrogado. No por reconocer un error de fondo, sino porque la resistencia en las calles lo hizo inviable. Hay una diferencia sustancial entre rectificar y/o simplemente ceder ante la protesta y otra beneficiar claramente a privados y extranjeros. A esto se suma la denuncia —aún sin un desmentido oficial contundente y documentado— de un presunto sobreprecio de alrededor de cuatro millones de dólares mensuales en la importación de petróleo crudo a través de YPFB. Además de otros escándalos que erosionan la credibilidad: la distribución de la llamada “gasolina basura” que dañó miles de motores, el caso de las “narcomaletas” (las 32 maletas de dólares sin aclarar) y la gestión opaca en torno a la entrega o extradición de Sebastián Marset. En ninguno de estos episodios ha prevalecido la claridad ni la transparencia informativa que se prometió; más bien, parece prevalecer la estrategia de “marear la perdiz” y desviar la atención. La niebla, al parecer, no es solo una estrategia de Trump. Es un método que viaja bien… y que se normaliza con el apoyo de los grandes medios.
Pero son las redes sociales el terreno donde esta estrategia prospera: pasamos de seguir a amigos a seguir desconocidos optimizados algorítmicamente para captar nuestra atención. El algoritmo no busca que entendamos ni que nos conectemos con lo real; solo que no paremos de mirar. Así, la verdad no desaparece, se fragmenta en miles de versiones personalizadas, cada una coherente con nuestros sesgos previos, cada una reforzada hasta convertirse en certeza. Lo que se pierde no es solo la información correcta, sino el suelo común desde el cual discutir. Sin ese suelo, no hay debate político posible, solo trincheras.
Este fenómeno explica algo que la racionalidad convencional no termina de comprender: ¿por qué personas que sufren directamente el aumento del costo de vida, la precariedad o la erosión de servicios públicos terminan defendiendo a quienes producen esas condiciones? La respuesta fácil —manipulación o ignorancia— es condescendiente y falsa. La gente no es estúpida. Lo que ocurre es que, cuando el proceso de construcción de verdad ha sido capturado por el algoritmo y por el caudillo que marea con contradicciones, lo que queda no es ausencia de pensamiento, sino pensamiento sin suelo firme. En ese vértigo cognitivo, la gente no vota contra sus intereses: vota por lo único que le ofrece certeza emocional, aunque sea fabricada. La ultraderecha no gana debates, gana estados de ánimo. Y los algoritmos son su infraestructura perfecta. El ejemplo mas claro, la elección de un vicepresidente tiktokero.
La próxima fase de esta deriva es aún más inquietante: los desconocidos humanos serán reemplazados por entidades de inteligencia artificial indistinguibles de las personas. Una IA no tiene semanas malas, no se agota, puede calibrar cada palabra para maximizar lo que el algoritmo recompensa. El problema no es que eso sea falso, sino que será imperceptible, no nos daremos cuenta. Y entonces el proceso de construcción de verdad habrá perdido no solo el suelo común, sino también el referente humano.
¿Hay antídoto? Si y no es tecnológico. No hay app que devuelva la claridad perdida. Lo que se requiere es reconocer la estrategia —saber que ciertas declaraciones no buscan informar sino desorientar—, recuperar la conversación fuera del feed y las redes como acto político deliberado, y entender que la politización —conectar la experiencia concreta con las estructuras que la producen— es exactamente lo que la niebla busca prevenir. Porque una población que no puede distinguir hechos de bulos, que vive en el vértigo permanente de las contradicciones, es una población que no puede organizarse. Y esa es la condición ideal para el poder. La niebla no es un efecto secundario. Es el producto. Reconocerlo es el primer acto de claridad disponible.





