Ante la emergencia social, urge una nueva agenda
La historia es quien define a sus actores y también quien decide quiénes quedarán en la memoria del pueblo. Por eso debemos observar con atención hacia dónde nos lleva el juego sucio de la política, con la práctica de la traición a plena luz del día, frente a quienes con plena convicción revolucionaria impulsan procesos de transformaciones y lucha por la justicia social.
Pensamos que ese tipo de inconsecuencias se debe a las ambiciones naturales de las personas las que no pueden convivir con sus fantasmas del pasado y se muestran tal como son. Mientras nos encontramos en un proceso de valorar nuestra identidad como potencia generadora de futuro, existen otros personajes que prefieren seguir subsumidos en un clima de búsqueda del poder. Esta conducta es conocida como la de los «Felipillos» de este tiempo.
Con lo comprobado en este escenario de confrontación, es que las «aguas están divididas». Después de un conflicto que duró más de 50 días, los líderes de la movilización se acusan entre sí. Las sindicaciones van desde impulsar la protesta y abandonarla, hasta traicionar la movilización y provocar el debilitamiento de las medidas de presión. Todo ello ocurrió pese a que los dirigentes suscribieron un «pacto de no traición» el 6 de mayo.
Se acusaron entre todos. Los dardos llegaron primero al dirigente de la COB, Mario Argollo; luego a Vicente Salazar, de la Federación Túpac Katari; después a Nilton Condori; y finalmente a Evo Morales, acusado de traicionar la movilización. A espaldas del pueblo que los encumbró, negociaron sus propios beneficios y, por unas monedas, se vendieron a Rodrigo Paz.
Ya no hay misterio, las mascaras cayeron. Los tres sectores han develado sus verdaderas intenciones, y ya no pueden disimular. Sobre todo aquellos que, desde el pasado, manejaban los hilos del poder y hoy, sin militancia activa, siguen tirando de ellos.
Actualmente tenemos contradicciones que son naturales en todo proceso de búsqueda del poder. Algunos seguimos pensando que este proceso es de largo aliento y que se debe superar todas las dificultades en el camino que dejaron esos desesperados del poder.
Lo que no podemos eludir del análisis —así lo demuestra la historia del país, aunque a muchos les duela— es que el MAS fue el partido más poderoso de la historia boliviana, producto de una rebelión popular que canalizó el descontento social hacia vías democrático-burguesas. Ese potencial fue un diferencial en la región. Pero su líder nunca tuvo un «cheque en blanco». Ya en 2016 sufrió la derrota en el plebiscito sobre la reelección, cuando ganó el NO y le dio una nueva oportunidad de postularse en 2019.
El líder es el significante que articula las demandas de sus seguidores, no solo políticas, sino también materiales. De ahí se derivan comportamientos típicos: la dificultad del líder para renunciar, la tendencia a eliminar rivales en disputas de «todo o nada», la resistencia a aceptar la alternancia o sucesión. Tal vez ahí resida la principal causa del fin de ciclo: no solo el desgaste económico y político, sino la implosión de la propia estructura que, durante años, canalizó e institucionalizó la fuerza de las organizaciones sociales, obreras, campesinas e indígenas.
El pueblo debe saber de qué están hechos los que hoy nos quieren devolver al neoliberalismo. Ese mismo modelo que el gobierno de Morales, con Arce a su lado, conoció y combatió. Pero ahora lo olvidan. Olvidan que resistieron en las calles junto a las organizaciones sociales. Olvidan que el pueblo los respaldó.
Las proyecciones de estos últimos fallaron porque siempre fueron unos huayralevas. Sostienen que hay que «modernizar», copiar modelos, crear élites privilegiadas. Los felipillos que siempre han estado dispuestos a servir a los nuevos amos. Es conocida como la historia de la traición, que nos llevará a una profunda evaluación si la derecha pretende quedarse en el poder.
«Si pides que llueva, tienes que lidiar con el barro», decía alguien por ahí. El reto será lidiar con este enemigo invisible que circula por los pasillos del poder, que se escurría en la Asamblea Legislativa como nos demostró en algún momento de la historia, por ejemplo, Andrónico Rodríguez con su pacto con la derecha cuando asumía por segunda vez la presidencia del Senado.
Mientras la derecha utiliza cortinas de humo —poniendo a la OEA como sus nuevos compinches que lo respalden, o el caso de Rodríguez Zapatero— para desviar los nuevos escándalos de las narcomaderas y no resolver el problema de la distribución de los combustibles, debemos aprovechar esos escenarios para denunciar a un gobierno que continúa improvisando su gestión y que no resuelve nada, de ahí su fracaso.
Como otra lección de aprendizaje, las dirigencias de los movilizados no deben perder el tiempo en buscar culpables ni enfrascarse en acusaciones sin fundamento. Serían prácticas infantiles que los alejan del objetivo primordial para este tiempo. Urge, como tarea inicial, una evaluación de lo que fueron las movilizaciones. Tendrán que utilizar este tiempo en diseñar una agenda para los 90 días que dura el estado de excepción.
Porque la emergencia social no espera, y el pueblo que ya demostró su fuerza en las calles, espera respuestas, no divisiones.
Luis Camilo Romero, comunicador boliviano para América Latina y el Caribe





