Con un marcado tono triunfalista, como si se tratara de un gran logro mundial, Rodrigo Paz Pereira intentó apropiarse del éxito del operativo que resultó en la captura del narcotraficante Sebastián Marset. Paz no dudó en atribuir el mérito al gobierno y, particularmente, al ministro de Gobierno, destacando que el procedimiento se realizó sin bajas en la Policía Boliviana ni víctimas civiles, un resultado que, según dijo, fue posible gracias al “profesionalismo y la planificación de las fuerzas de seguridad”.
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Buenos días su majestad
Cuando Marx en las primeras líneas de El 18 Brumario de Luis Bonaparte, completa la ironía de la historia que Hegel no terminó de formular: todos los grandes hechos y personajes históricos acontecen, por así decirlo, dos veces. La primera vez como tragedia; la segunda, como una miserable farsa, si bien se refería al Golpe de Luis Bonaparte después de la frustrada segunda república, hoy nos ayuda a entender la realidad grotesca que vivimos y que nos deja perplejos. Lo que Bolivia vivió este jueves 12 de marzo no es otra cosa que la puesta en escena cabal de esa farsa. Además de rendir pleitesía al símbolo heredero del saqueo, genocidio y despojo durante siglos, el gobierno de Rodrigo Paz obligó a quienes algún momento fueron símbolos de liberación frente al colonialismo, a interpretar el rol de lacayos.
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Los hijos de Pizarro y Almagro en el palacio
Dos hechos recientes simbolizan el rumbo de una Bolivia que parece girar hacia el retorno del viejo Estado colonial, con sus amos y señores. El primero fue la presencia de Rodrigo Paz en la cumbre de los «escogidos» por Donald Trump en Estados Unidos, recogiendo los mandatos para cumplir al pie de la letra el documento «Escudo de las Américas». El segundo acontecimiento ocurrió cuando Felipe VI fue recibido con honores militares por los Colorados de Bolivia en el Palacio Quemado, con toda la familia de Paz Pereira brindando pleitesía a su majestad de la corona española.
En pleno siglo XXI, no solo tenemos a los herederos de los saqueadores de la colonia, como los Almagro y los Pizarro; hoy tenemos también a los Paz Pereira, los Aramayo y los Lupo con su chip colonial intacto. Su actuar constituye otro insulto de esas autoridades a la historia, a la cultura y a la lucha anticolonial.
Estamos asistiendo al retorno de los señores feudales que manejan el Estado y sus instituciones a su mejor arbitrio, olvidando que la actual Constitución nos impele a continuar con la lucha anticolonial. Esto es más grave aún cuando los nuevos amos y señores se imponen con la misma lógica de los «conquistadores». A estos nuevos escenarios nos lleva el gobierno de Paz Pereira, justo cuando creíamos que vivíamos en otra época. Hoy volvemos a ver rostros que besan la mano (y de ser posible los pies) de un monarca, cuyo padre pretendió hacer callar las voces rebeldes del Abya Yala, como sucedió con Hugo Chávez.
Hoy volvemos a ver, una vez más, cuerpos genuflexos, arrodillados en señal de sumisión al pensamiento colonial-racista, repitiendo la historia de los «abogados doble cara» que nos señala el pasado. Si durante años hemos sufrido la imposición colonial de la lengua, hoy que las lenguas nativas se abren paso, los viejos inquisidores vuelven a decirle al mundo que no quieren hablar la «maldita» lengua del Abya Yala.
Lo diseñado en la cumbre de Miami con los elegidos de Donald Trump es el inicio de otro Plan Cóndor. Aquella fue una operación de coordinación criminal y apoyo mutuo entre las dictaduras del Cono Sur, bajo supervisión de la CIA en los años setenta, para asesinar, espiar, vigilar, secuestrar, torturar e intercambiar ilegalmente a personas. Hoy América Latina sufre un nuevo «Plan Cóndor» para reimplantar el neoliberalismo con otro ropaje.
Aquel Plan Cóndor fue una de las diversas operaciones que sembraron dictaduras militares para aplicar la teoría de la Seguridad Nacional de Estados Unidos, atrapando a los pueblos bajo gobiernos terroristas de Estado, presuntamente para combatir el peligro del comunismo. Participaron en aquella operación, con mayor o menor grado de involucramiento, los regímenes dictatoriales del Cono Sur que Washington había impuesto o aprobado en Chile, Argentina, Brasil, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela, Ecuador, con Estados Unidos como jefe de la banda.
El famoso acuerdo firmado en Florida se centra, fundamentalmente, en una articulación de esos países con el pretexto de luchar contra los cárteles y erradicarlos en Latinoamérica. Lo que se pretende es armar una coordinación continental férrea para desarticular al crimen organizado. Sin embargo, lo que llama poderosamente la atención es que quienes ya realizan ese trabajo contra el narcotráfico —principalmente países como México, Colombia y Perú— no fueron invitados a la mentada cumbre de Donald Trump. Tampoco estuvo Brasil, que más allá de esa agenda, también tiene compromisos con la seguridad y la garantía ciudadana.
En consecuencia, se trata de un acuerdo orientado a articular redes, no solo para la lucha contra el narcotráfico, sino para retomar lo que se venía haciendo a fines del siglo anterior: ir a la caza de organizaciones, sus dirigencias y líderes. En este escenario, Estados Unidos transita hacia una doctrina distinta. No se trata de una formulación cerrada, sino de un conjunto de decisiones que apuntan en la misma dirección. Los acontecimientos recientes en Medio Oriente lo confirman. La acción militar coordinada entre Estados Unidos e Israel contra Irán responde a la nueva lógica de intervenir cuando se perciben amenazas directas al equilibrio estratégico y para preservar la credibilidad de la disuasión.
Este cambio tiene implicaciones directas para Bolivia. El país deja de ser periférico. El narcotráfico, la debilidad institucional y la disputa por recursos estratégicos lo sitúan en una posición distinta. En la nueva lógica estadounidense, los países serán evaluados por tres variables: control territorial, estabilidad institucional y alineamiento estratégico.
Sorprende escuchar a politólogos, sociólogos y periodistas obviar estas coordenadas, que están presentes en todas las manifestaciones del retorno al viejo Estado colonial y al neoliberalismo. Se inmutan ante la pobreza de su propio intelecto, otra demostración de colonialismo muy acorde con el pensamiento único de ese tiempo. Los vaivenes de la corrupción, el no saber nada de las maletas, el misterio de la gasolina «basura», el verticalismo en las imposiciones de los «operadores de palacio», son expresiones de la pervivencia de los genes de Pizarro y Almagro.
El Estado colonial al que nos lleva este gobierno todavía se mueve en esas coordenadas, precedidas por esos habitus que no han logrado superar. La Asamblea Constituyente fue el espacio que innegablemente representó una ruptura en nuestra historia contemporánea, y en ella vimos retratadas las posturas de quienes defendían esas conductas coloniales y de quienes luchaban por su identidad y dignidad frente a imposiciones racistas.
Luis Camilo Romero, es comunicador boliviano
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La cumbre del llunk’erio al imperio
Cuando se cumplen los 13 años de la partida de Hugo Chávez, una vez más apelo a aquella declaración histórica que hiciera el líder de la revolución bolivariana, en oportunidad de su presencia en la ONU, en septiembre de 2006, minutos antes de su intervención había hecho mención a la presencia en el mismo lugar de George W. Busch, donde una frase se hizo viral, Chávez anunció: “Ayer el diablo estuvo aquí, huele a azufre todavía en esta mesa donde me ha tocado hablar…”
Será ahora en Miami en el que Donald Trump, reúna a los que considera sus más leales amigos del patio trasero en la Cumbre presidencial en los que figura el presidente improvisado de Bolivia, Rodrigo Paz Pereira, que estará bien acompañado de la casta nazifascista de esta parte del Sur como es: Javier Milei, de Argentina; Santiago Peña, de Paraguay; Nayib Bukele, de El Salvador; Daniel Noboa, de Ecuador y Tito Asfura, de Honduras.
Cuando el mundo minuto a minuto ve el desencadenamiento de la política bélica que asume EEUU juntamente a su aliado Israel sobre Irán, Trump tiene a sus pies a todo el llunk’erio como aliados clave en la región y que mantienen afinidad política e ideológica con la administración estadounidense.
Lo que nunca mencionó Paz Pereira es que ese encuentro busca consolidar una coordinación política, económica y geopolítica frente a la expansión de los intereses chinos. La selección de mandatarios apunta a conformar un núcleo de países dispuestos a fortalecer la cooperación con Estados Unidos. En otras palabras se seguirán bajando los pantalones al imperio y cumplirán su mandato.
Pero volvemos a insistir en el rol que viene asumiendo nuestro país en materia de política exterior, actualmente encabezada por el canciller Fernando Aramayo. Como vimos hace unas semanas, nos demostró que, al igual que Paz Pereira, está completamente fuera de sus cabales y carece del más mínimo criterio para tomar decisiones.
Es indignante conocer que el Estado boliviano que siempre se mantuvo con una postura en defensa de la soberanía de los pueblos haya decidido retirarse del «Grupo de la Haya», una organización de países que defienden a Palestina. Esta decisión ha sido elogiada por parte del canciller israelí, quien agradeció a Bolivia “por estar del lado correcto de la historia”.
Habrá que recordar que Bolivia, en el Gobierno de Luis Arce, fue uno de los países fundadores del “Grupo de la Haya”, cuya finalidad es terminar con lo que consideraron “ocupación israelí del Estado de Palestina y eliminar los obstáculos a la realización del derecho del pueblo palestino a la autodeterminación, incluido el derecho a un Estado independiente de Palestina”, según su carta inaugural.
En su comunicación de salida del Grupo, Bolivia señaló que “cualquier iniciativa relacionada con la determinación de responsabilidades internacionales debe canalizarse a través de los órganos competentes”.
Lo que hoy vive la Cancillería boliviana es una muestra de doble moral institucional. Por un lado, se busca proyectar al mundo una imagen de modernidad y respeto a los convenios internacionales; por el otro, es proclive a mantener relaciones con países que no respetan tratados, y siguen sumisos a sus políticas de control hegemónico en la región.
Aquí cabe mencionar, el rol totalmente distinto que conocíamos de otro canciller que construyó una nueva diplomacia boliviana que, no se hizo en el vacío, sino que necesitó de un sistema diplomático flexible a las circunstancias reales emancipatorias.
Una diplomacia de los pueblos, que reemplazó a las diplomacias tradicionales, de base oligárquica, y que se fundamenta en los conocimientos de las culturas originarias con la participación de los pueblos en el diseño y gestión de las relaciones exteriores.
Bolivia, con esa política exterior de sumisión al imperio, nos recuerda a los gobiernos dictatoriales, que esperaban que ellos definan su accionar con organismos como el BM, el FMI y otros que condicionaban la política económica a sus intereses.
*Luis Camilo Romero, es comunicador boliviano para América Latina y el Caribe
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Desmantelamiento
Erradicar el comunismo, ha sido el pretexto principal, desde 1945, para que todas las administraciones de gobierno en EEUU, intervengan de encubiertas o frontalmente en todos los lugares del mundo donde existía el “peligro para la democracia”; con el tiempo el discurso fue actualizado y “comunista” fue reemplazado por “terrorista” argumento basado en una tragedia autoejecutada con el propósito de renovación argumental del discurso intervencionista.
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A cien días de gobierno: alerta popular ante el avance del modelo extractivista y la concentración del poder (*)
A cien días de gestión gubernamental, el panorama político y social en Bolivia se presenta como un escenario de profundas tensiones. El análisis del contexto actual, marcado por la postergación del decreto 5503 y la posterior aprobación del 5516, revela una estrategia oficial que, aunque cautelosa, avanza progresivamente hacia la consolidación de un modelo económico de corte neoliberal, al servicio de intereses transnacionales y en detrimento de los derechos y riquezas del pueblo boliviano.
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“Los Nefastos 20 Años”
Siguiendo los consejos de los asesores políticos, desde el año 2016, la derecha boliviana ha seguido a pie juntillas las instrucciones de la “guerra de la subjetividad” donde los hechos, la realidad misma no cuenta sino la “interpretación”.
Como señala Alex Inzunza Mi. “Los medios de comunicación, de la mano de los procesos globalizadores y desde una cosmovisión occidental, se han convertido en uno de los principales agentes de construcción social de la realidad”, esto se conoce y estudia desde hace mucho tiempo en los estudios de los mass media, lo novedoso es el contubernio entre medios-política-políticos.
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