Gracias, doña Lidia

Con todo el revuelo y la violencia que se armó con la aprehensión de Luis Fernando Camacho, quedó oscurecida la imagen de la mujer que hizo posible ese breve atisbo de justicia: doña Lidia Patty.

Cuando la entrevisté, hace no mucho tiempo, me contó su vida y pude entender por qué siguió insistiendo en su búsqueda de justicia, cuando muchos ya se habían dedicado a otra cosa.

Como la mayoría de las mujeres campesinas, tuvo una vida complicada. Su padre, don Paulino Patty, fue quien la impulsó desde niña: “Ustedes tienen que dar más pasos, no tienen que quedarse”, le decía. Y eso fue lo que hizo Lidia desde entonces.

En Niño Jurindi, donde nació, no existía una escuela. Así que para poder estudiar “teníamos que ir a otra comunidad, cinco horas, siete horas teníamos que caminar. No importa la lluvia, yo llegaba. Con mi pollerita mojada me sentaba encima del adobe y así estudiaba”, contó.

Gracias a esa persistencia, Lidia fue la primera bachiller en la provincia Bautista Saavedra “porque no había ni colegios. Ese año 10 personas hemos egresado, nueve varones y yo, la única que era mujer”.

A sus 18 años, don Paulino inició a Lidia en la vida sindical. La llevó a un ampliado y le dio el encargo que cambiaría su vida: “Tienes que ser dirigente, así es como aquí se lucha”. Eran los años 90, mucho antes de que la vida sindical fuera una forma de ascenso político y social. Al contrario: requería enormes sacrificios. Doña Lidia iba a las reuniones y a las movilizaciones, como tantas otras mujeres, cargada de sus hijos. “Mi esposo no me sabe querer dar plata para que vaya, ¿no? Entonces, igual iba, mascando coquita. Con mi hijito una tacita de desayuno sabemos tomar, con un pancito, compartiendo los dos. Solo tenía para pasajes, para retornarme. Así los dirigentes trabajábamos, con nuestro recurso para nuestro pueblo”.

De ser dirigente de movimientos sociales, doña Lidia pasó a ser concejal. Como tantas otras mujeres que incursionan en ese territorio masculino, sufrió acoso político y la obligaron a renunciar. Pero: “Yo conocía la ley. Por eso es importante, las hermanas tenemos que saber, conocer nuestras normas que tenemos en la Constitución. Con eso yo me he defendido, he demandado, he hecho amparo constitucional. Pero en ese amparo constitucional he perdido, el alcalde ha ido a pagar y el juez me ha negado. De vuelta he empezado otro proceso también, en ese ya he ganado. Así es la vida, hay veces que hay que perseverar, no hay que rendirse”.

Por esa y otras experiencias, doña Lidia no es ajena a las leyes, a los juicios y a las chicanas. No les teme, como no le teme a la pobreza ni al sacrificio ni a las trabas. Como tantas otras mujeres, en todos los campos de la vida pública y cotidiana, sabe que luchar es la única manera. Y sabe también que la justicia tarda, pero llega.

Cuando le pregunto por qué, a pocos días de haber cesado en sus funciones como diputada, decidió iniciar el proceso Golpe de Estado 1, me responde: “Yo también recibía llamadas, hartas me llamaban: Hermana Lidia ¿por qué no has denunciado? ¿Por qué has dejado así? Antes de irte debías dejar esa denuncia, me decían. Por eso pensé: Si no denuncio me van a ver mal en mi pueblo, me van a decir que me he vendido. Toda mi vida, hasta mis hijos me van a pedir cuentas de esta injusticia”.

Doña Lidia, toda su vida, todo su pueblo y hasta sus hijos le vamos a agradecer por la justicia que está haciendo posible, con su perseverancia y valentía.

Verónica Córdova es cineasta.

Fuente: La Razón

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