A la deriva

A la deriva está el establishment de la cruceñidad, su institucionalidad fragmentada, sin liderazgo, sin agenda regional, dando pataleos de ahogado para salir a la superficie y subsistir.

El comienzo de siglo los sorprendió con el derrumbe de sus paraguas políticos: Banzer de ADN, Goni del MNR, en menor medida Paz Zamora del MIR, que les posibilitaron ser el “modelo exitoso” dentro el centralismo neoliberal; sin sus instrumentos políticos de poder, reconstruyeron su estrategia cuyo titular central empezó a ser el Comité Cívico pro Santa Cruz (CCpSC).

Para oponerse al avance de lo nacional popular y su propuesta de Asamblea Constituyente (AC), impusieron al gobierno de Mesa, con huelga y cabildo de por medio, la convocatoria a la elección de prefectos como paso previo a la autonomía, para así condicionar la futura AC a la estructura regionalizada de poder.

El establishment comprendía el tiempo político, por ello que su estrategia partía por reconfigurar la estructura de poder a partir de lo departamental. En las elecciones de 2005, sabiendo de su derrota, todas las derechas concentraron sus figuras políticas en las prefecturas y senaturías, principalmente para condicionar al nuevo gobierno que estaría liderado por un indígena antioligárquico y antineoliberal que abanderaba la AC y la nacionalización.

Lograron organizar y liderar la extinta “media luna”, subordinar bajo su tutela a toda la derecha política, a la empresa privada y mediática, universidades públicas y privadas, a la Iglesia con su cardenal con la tesis autonómica, enfrentar a un departamento (La Paz) contra una ciudad (Sucre), poner en vilo la unidad territorial, desestabilizar al gobierno indígena popular de izquierda incluso con posibilidades de derrocarlo; fue el tiempo de su gloria y éxtasis, se sentían propietarios del oriente, del valle y abanderados de la nueva República federalista.

Creyeron que su naturaleza regionalista, racial y capitalista era una predestinación divina al que debíamos subordinarnos, porque eran la encarnación de la buena nueva al estilo de Bolsonaro en Brasil o Milei en Argentina.

La violencia como método y fin que emplearon para imponerse a sus sociedades complejas y abigarradas tuvo el límite de la rebelión regional interna y la fortaleza del indígena que lideraba al gobierno nacional, fueron derrotados por la movilización popular y por la democracia, su tesis autonómica se redujo a una consigna reiterativa como enunciación en los actos cívicos para justificar su gloria, y que no supieron hasta ahora explicar su derrota.

Su otro momento de gloria, más como revancha que ideal regional similar a la autonomía, fue anunciar a los cuatro vientos el fraude, liderar la violencia con la incorporación de policías y militares, presionar por la renuncia del presidente indígena, la instalación del gobierno de facto y la frustrada restauración oligárquica del poder.

Sin más fuerza que su voto local y corporativo, se reorganizaron distribuyendo roles. Camacho se apropió de la gobernación cruceña, Calvo se proclamó líder del CCyPS, el proyecto se redujo al atrincheramiento personal.

Para evitar la enunciación de su deriva, impusieron con más capricho que convicción la lucha por el Censo, sin más argumentos que el que crecieron en habitantes desde el último censo de 2012, algo que es lógico y real; en su debilidad pidieron auxilio al rector de la universidad e inventaron un Comité Interinstitucional, parafraseando la metafísica popular de El Papirri terminaron donde empezaron, sin cambiar la fecha del Censo pero con un saldo trágico de muertes, violencia, pérdidas económicas. Para matizar su derrota, aprobaron el epitafio de su deriva, decidieron redefinir su relación con el Estado e impulsar el revocatorio del presidente Arce.

La puerta que abrieron no fue hacia la avenida federal, sino hacia el patio trasero melancólico para cobijarse en la seminaritis improductiva del debate sobre su nueva relación con el Estado, y el presidente del CCpSC, Larach, convertido en el tramitador de respuestas del tribunal electoral para conocer los requisitos del revocatorio.

La deriva del establishment se agudiza, perdieron a quienes desde el púlpito religioso azuzaban a los feligreses cívicos para pelear contra el mal que vive en la Casa Grande; perdieron a su guía moral, la nobleza eclesial, porque ahora están más preocupados en explicarnos que los pastores que vinieron allende de los mares bendecidos por la corona de Su Majestad cayeron en el pecado terrenal y no cometieron delitos penales.

Sin más fuerza que su soberbia, los que leyeron la proclama en el cabildo anunciando la nueva era para Santa Cruz y la destitución del Gobierno mediante referéndum, comunicarán las excusas de su derrota; sin duda que inventarán al responsable de su fracaso, será el Gobierno totalitario y el Estado centralista que les impidió cumplir con el mandato del cabildo.

(*) César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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