La crisis de Estado que hoy vivimos en Bolivia comenzó allá por el año 2000, con la Guerra del Agua. Hubo un periodo de relativa calma entre 2009 y 2019, pero después se fueron incubando situaciones que hoy se muestran de manera descarnada. Nos encontramos ante un momento que exige, con urgencia, reformas profundas al aparato estatal.
(más…)Autor: Luis Camilo Romero
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«No, No señor Paz, no cuadra nada»
«¿Cuadra o no cuadra?… No estuve muy lúcido, ¿no?»
A una sola voz y en coro, seguramente muchos ya le han respondido: ¡no cuadra!
Detrás de ese lapsus en el mensaje presidencial, que se filtró casi al final, encontramos una frase que merece ponerse en primer plano. Porque forma parte de las grandes contradicciones de un discurso que, en vísperas del Día del Trabajador, no convenció a más de uno.
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Knockout: gobierno en la lona
Después de recibir un duro revés en la elección de gobernadores del pasado domingo, el gobierno del presidente Rodrigo Paz parece no despertar de ese «knockout» que hasta sus propios aliados le recriminan por su estrepitosa derrota, especialmente en la tierra donde dice haber nacido. El único alivio: ganar apenas una gobernación, la del Beni, con Jesús Egüez.
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El cabildo, una gran oportunidad
El cabildo de organizaciones sociales convocado por la CSUTCB ha puesto sobre la mesa el debate en torno a su legitimidad y legalidad, a partir de las resoluciones emanadas del mismo. En cuanto a su legitimidad, esta es tan grande en la actualidad que está a la altura de la historia que permitió transformar el país.
Dicha legitimidad tiene que ver también con el contenido de las resoluciones, que reflejan la respuesta masiva a la convocatoria, muy similar a aquellos tiempos en que el pueblo rechazaba la aplicación de ciertas medidas de corte neoliberal que se imponían mediante políticas y leyes.
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De estatuas, bustos y otros símbolos
La conmemoración del 9 de abril, aniversario de la Revolución de 1952, no solo trajo consigo actos recordatorios, sino también la restitución del busto del expresidente Víctor Paz Estenssoro, retirado del antiguo Palacio Legislativo en 2010. Un diputado allegado al MNR soltó una frase cuando menos forzada: «La historia no se borra y los legados no se olvidan. Hoy restituimos la placa y el busto de un líder que marcó al país».
Los sacrificios o quijotadas por la patria tienen una larga historia en Bolivia. Están los héroes de verdad y los impostores, esos que en cada golpe proclamaban su “sacrificio” por la patria, tan parecido a lo que repite cónsonamente el actual presidente Rodrigo Paz. También existen héroes y heroínas anónimos del pueblo, aquellos que trabajan silenciosamente para superar el hambre, la pobreza, la explotación, los vejámenes y el sometimiento.
Conviene aclarar que los bustos son referentes simbólicos, pero su significado depende en gran medida del contexto histórico y político. Por un lado, cumplen una función clásica: homenajear a figuras históricas que tuvieron un impacto profundo en el país. Para muchos, es innegable que el líder social más importante de Bolivia en el siglo XX fue Víctor Paz Estenssoro, cuyas ideas marcaron cerca de medio siglo de gobierno.
Sin embargo, en Bolivia estos referentes no son neutrales. Algunas figuras generan orgullo y reconocimiento; otras pueden ser controversiales, según la ideología o la experiencia de la población. En el caso de Evo Morales, por ejemplo, su imagen fue vista como un símbolo de inclusión indígena, de lucha anticolonial y antimperialista.
No obstante, no faltaron aquellos resabios del neoliberalismo colonial que se expresaron en los que pidieron sacar el busto de Evo Morales, sin justificativos claros, más bien como una manifestación de expresiones racistas, coloniales, repitiendo viejos esquemas maniqueos por falta de argumentos sólidos.
La presencia de presidentes en monumentos (bustos, estatuas, avenidas, etc.) no es casual: responde a factores históricos, políticos y simbólicos. No todos los presidentes reciben ese tipo de homenaje; suele decirse que se erigen bustos a quienes murieron, a quienes ya no están, que demostraron características muy específicas en su trayectoria, ahí los tenemos a Simón Bolívar, líderes que simbolizan las luchas por la independencia de una nación o presidentes asociados a grandes reformas como Benito Juárez en México, el Mariscal Andrés de Santa Cruz y Calahumana.
Sin embargo, también existen quienes apostaron por convicciones verdaderas. Tal es el caso de Fidel Castro, quien antes de fallecer dio la orden expresa, mediante decreto, de que ningún monumento, estatua, busto o incluso piedra llevara su nombre después de su partida.
Llegar a este punto nos invita a una reflexión necesaria sobre el culto a la personalidad, aquello que nos advertía David Choquehuanca, excanciller y exvicepresidente, quien señaló que el culto a la personalidad no es más que la exaltación excesiva de un líder por encima del colectivo.
En su visión -inspirada en los principios del Vivir Bien-, el problema del culto a la personalidad debilita la participación colectiva, genera dependencia hacia un líder y puede derivar en autoritarismo o decisiones poco democráticas.
El culto a la personalidad puede instalar una de las peores tiranías jamás conocidas, si no se vence el divisionismo y se sortean las rutas por donde transitan las fuerzas tiránicas y destructivas, o no se transciende el miedo por incapacidad de autogobernarse o por creer en las personalidades superiores.
En la política boliviana actual, esta reflexión señala un problema muy concreto: la tendencia a que los proyectos políticos dependan de líderes fuertes, en lugar de construirse sobre estructuras colectivas. La propuesta de Choquehuanca es cambiar esa lógica hacia un modelo más comunitario, aunque en la práctica esto choca con una realidad política que todavía gira fuertemente en torno a figuras individuales.
Pero la reflexión lleva también a reiniciar procesos de descolonización, para revisar en individuos su propia vida colonizada y su acontecimiento descolonizador. Es pues un desafió de práctica de vida, no de teorías etéreas a la que nos acostumbró la academia colonial. Descolonizar es romper los viejos moldes que deformaron la conciencia de apoyar a nuestros líderes, nuestras raíces, de nuestros símbolos y códigos.
Luis Camilo Romero, comunicador boliviano para América Latina y el Caribe
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El TSE más que un factor de poder
Finalmente, se impuso la conveniencia. Porque lo que se vio en estos días no fue democracia, sino un concurso nacional de mentiras. Participaron políticos reciclados, partidos de alquiler y un árbitro —el Tribunal Supremo Electoral (TSE)— que dejó de impartir justicia para convertirse en operador de conveniencias.
Con la decisión del TSE de lavarse las manos como Pilatos y retirar el balotaje en La Paz, gran parte de la población se indignó. En ese escenario no ganó el más votado: ganó el más creativo para vulnerar la norma. Ante los ojos del mundo, el TSE nos ha develado su apego al poder y ha dejado claro que no sirve para garantizar un proceso electoral, ni el estado de derecho.
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ERA EN ABRIL
Aunque nada tenga que ver con aquella bellísima canción de Juan Carlos Baglietto a dúo con Ana Belén, dedicada a la ternura entre una madre y su hijo, abril nos depara grandes sorpresas desde el inicio del siglo. Una de ellas fue la denominada “Guerra del Agua” de abril de 2000.
Este mes también concentra fechas clave en la historia boliviana: el 9 de abril, la Revolución de 1952; el 17, la fundación de la Central Obrera Boliviana (COB); y el 22, el Día de la Madre Tierra, una conmemoración que, sin embargo, no termina de asumirse plenamente. Las instituciones no logran garantizar el respeto a las normas que protegen a la naturaleza ni hacen efectiva la defensa de la Pachamama.
Las jornadas de abril de 2000 marcaron el surgimiento de una fuerza social que, en su momento, anunciaba la construcción de un gran movimiento nacional y latinoamericano. Fue entonces cuando la Coordinadora Departamental del Agua y la Vida lanzó la convocatoria al bloqueo indefinido en Cochabamba, como respuesta a una enérgica presión social.
Pero lo que marcará la pauta en este nuevo abril son los decretos que el gobierno de Rodrigo Paz Pereira ha venido emitiendo. Uno de ellos es el Decreto Supremo 5595, que implementa el programa “Tranca Cero”. La paranoia gubernamental llega a extremos cuando a Paz Pereira se le ocurre gobernar por decreto. Hasta ahora ha emitido más de 50 decretos, intentando justificar su estilo de gobierno, pero sin mostrar la más mínima voluntad de mirar siquiera de reojo la Constitución Política del Estado, cuyas normas parece ignorar por completo.
Su programa “Tranca Cero” hace alusión a su muletilla cansona, repetida una y otra vez en sus discursos. Según el decreto, se elimina la exigencia de presentar fotocopias del carnet de identidad y certificados de nacimiento, como si con ello se fuera a erradicar la burocracia estatal, un problema enquistado desde hace décadas en el país.
Otro hecho llamativo es el instructivo del Ministerio de Educación, que dispone la realización de “actos breves” y la participación únicamente de “pequeñas delegaciones de estudiantes” en los desfiles cívicos. Plantear “actos breves” y “delegaciones reducidas” implica asumir que el civismo es una actividad secundaria o prescindible, cuando en realidad forma parte de la educación integral y de la preservación de la memoria colectiva.
Reducir ese legado a actos simbólicos con pocos estudiantes es minimizar el sacrificio de generaciones enteras. La memoria histórica debe ser explicada, compartida y vivida por todas las comunidades educativas. Un país que olvida su historia se vuelve vulnerable y pierde el rumbo. De ahí que sea justificable la protesta de bordadores, artesanos, payasos y fotógrafos ante la prohibición de estas actividades, que formaban parte de su quehacer cotidiano y, sobre todo, de su sustento económico.
Finalmente, el Gobierno nos presenta otro “cuentito” con bombos y platillos: mediante videos y fotografías, intenta mostrar la existencia de una red de sabotaje y robo de combustibles que operaría entre Bolivia y Chile, y que en cinco meses habría alterado el combustible de 5.000 cisternas, afectando unos 150 millones de litros comercializados en el país.
Según el Ejecutivo, entre octubre del año pasado y marzo de esta gestión ingresaron al país unos 150 millones de litros de combustible “adulterado con agua sucia y aceite usado”, que habrían causado daños en el parque automotor. Sin embargo, en ningún momento se presentan los autores o responsables de esa red. No hay detenciones. Solo ruido mediático como parte del show oficial.
El gobierno quiere acostumbrarnos a que se gobierne por decreto. Todos lo afirman, y está claro que, si bien el Ejecutivo puede dictar decretos, no puede “gobernar por decreto” en el sentido pleno de legislar o sustituir al Órgano Legislativo. Así, mientras unos andábamos expectantes al desenlace de la selección de fútbol, otros se afanaban rápidamente en aprobar decretos y leyes en contra del pueblo.
*Luis Camilo Romero, es comunicador boliviano para América Latina y el Caribe
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Marset, un criminal de guante blanco
Con un marcado tono triunfalista, como si se tratara de un gran logro mundial, Rodrigo Paz Pereira intentó apropiarse del éxito del operativo que resultó en la captura del narcotraficante Sebastián Marset. Paz no dudó en atribuir el mérito al gobierno y, particularmente, al ministro de Gobierno, destacando que el procedimiento se realizó sin bajas en la Policía Boliviana ni víctimas civiles, un resultado que, según dijo, fue posible gracias al “profesionalismo y la planificación de las fuerzas de seguridad”.
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