Cuando un pueblo pacífico decide los rumbos propios que desea tomar, y éstos abren horizontes nuevos poblados de solidaridad, amor y trabajo mancomunado, el imperialismo yanqui monta en cólera, se enfurece y reclama que nadie puede salirse de su órbita. Brama que todo ejemplo de esa naturaleza es perjudicial para su “modo occidental de vida”; insta a la oveja rebelde a volver al rebaño, por las buenas y por las malas.

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