Ultraderechas

Las derechas se están desplazando hacia la extrema derecha, no están circulando por la clásica lógica partidaria, tampoco por representar un proyecto estatal alternativo, por el contrario, están desarrollando una estrategia de largo plazo concentrada en constituir subjetividades conservadoras como sentido común.

Son actores políticos del sistema democrático contrariamente promoviendo acciones antidemocráticas validadas y legitimadas por estructuras no partidarias, sino comunicacionales, eclesiales y cívicas.

La derecha multipartidaria neoliberal de los años 90, que tenía un trípode partidario sólido articulado a bloques regionales empresariales y representaba la temporalidad democrática posdictadura con el auspicio del Consenso de Washington, fue derrotada en nuestro país por lo nacional popular, con su núcleo sindical, territorial y cultural campesino expresado políticamente en el Instrumento Político.

La referencia de estas derechas son solo nombres de exautoridades gubernamentales sin posibilidad de liderazgo, que aparecen o son utilizados temporalmente para aparentar la idea democrática del pasado; su límite es la escena mediática.

Esa derecha del último cuarto de siglo ya no es el paradigma de las nuevas derechas, que están transitando hacia la extrema derecha que ahora tiene renovados ejes discursivos conservadores.

La extrema derecha es una tendencia que está presente en varios países, con triunfos electorales muy fuertes en EEUU y Brasil, que están impulsando movimientos antidemocráticos con características fascistas para impedir sus derrotas: Trump impulsó la toma paramilitar de la Casa Blanca acusando fraude electoral; Bolsonaro en la misma línea, ante su derrota, ya está anunciando fraude con grupos de civiles armados circulando y amedrentando. Colombia, gobernado hace varios años por la tendencia paramilitar de extrema derecha del expresidente Uribe, es la constatación más dramática de la violación de los derechos humanos como política de Estado, porque el asesinato extrajudicial a dirigentes sociales, indígenas y exguerrilleros es una constante diaria.

La democracia liberal republicana es el escenario institucional de presencia política de la extrema derecha, pero sus estrategias de acción están al margen de esta institucionalidad formal. Los ejes discursivos se articulan entre libre mercado, propiedad privada; el antifeminismo está presente en actitudes y comportamientos machistas, en la defensa de un modelo de familia patriarcal y en la condena de lo que denominan ideología de género; en estrecha relación con los valores está la religión, uno de los clivajes tradicionales de los movimientos antisistémicos. Especialmente en esos liderazgos mencionados, los movimientos evangélicos en general y neopentecostales en particular, desempeñan un papel creciente de cara a la configuración de las orientaciones políticas conservadoras de los ciudadanos.

Con diferente intensidad, las identidades locales-territoriales, sus aparentes superioridades raciales contra los derechos de las mujeres, de los afrodescendientes, migrantes y del LGTBI, están ordenando ejes discursivos, motivos de movilización que tienen su manifestación en estallidos de violencia temporal, pero como una constante.

Forzar movimientos antiderechos y raciales es construir escenarios que están fuera de la arquitectura democrática, es el drama mayúsculo que enfrentará a las sociedades por identidades y contra valores que fueron superados por siglos de lucha por los pueblos y sectores históricamente excluidos, marginados y explotados.

Estos ejes conservadores son retrocesos históricos en materia de derechos, pero se presentan como el hilo de unidad de movimientos que tienen y tendrán expresiones políticas y electorales reposicionando sentimientos en el sentido común de las sociedades.

Por el nivel de influencia y ascendencia que tienen estas estructuras no partidarias, cruzan transversalmente diferentes sectores de las sociedades, confluirán realidades contrapuestas y asistiríamos a escenarios diferentes en un mismo tiempo; democracias republicanas versus grupos y élites antidemocráticos, fascistoides, disputando un sistema de valores y antivalores que evidencien la pobreza moral y espiritual de la modernidad del capitalismo colonialista como sistema civilizatorio.

El tiempo para esta modernidad civilizatoria es un avance en retroceso por la existencia de estructuras, subjetividades, liderazgos ultraderechizados, que caminan negando derechos, reafirmando realidades propias de la Santa Inquisición y el fascismo europeo del siglo pasado.

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