La Comunidad: El bastión antiimperialista

Son como 5 reuniones a las que asistí, para “evaluar” los 50 días de conflicto. En todas estas reuniones el punto central de análisis fue “la falta de una agenda”, y la “falta de liderazgo”. Traducido a buen romance, la “falta de una agenda” significa una “bajada de línea” que en política la realiza el “líder” o la “dirección política” (el partido pues). Esta manera de entender la política encierra un pensamiento dogmático, acerca de la necesaria presencia de una vanguardia que “guie” a los rebeldes.

¿Quiénes son los que se rebelaron? Las comunidades aymaras y quéchuas, que firmaron un “pacto de unidad” con la representación obrera: la Central Obrera Boliviana (COB) pacto que fue unilateralmente quebrado por la representación obrera.

Lo acontecido nos obliga a repensar el rol asignado a los actores sociales en la constante lucha por derrotar al capitalismo en todas sus formas. Según el marxismo el sepulturero del capitalismo debió ser el proletariado, que en caso boliviano se concreta en el trabajador minero; obreros y campesinos era la fórmula, pero en Bolivia esta unidad siempre tuvo sus dificultades, una de las anécdotas más simbólicas de estos desencuentros, es el narrado por Genaro Flores (primer Ejecutivo de la CSUTCB) cuando en una reunión de la COB Jun Lechin le pidió que le compre cigarrillos, a lo que G. Flores le respondió: “a ver lústreme los calzados”, esa era la imagen que los obreros tenían de los campesinos.

Fue en 1973 que circuló un documento que declaraba la condición colonial del Estado boliviano y el horizonte histórico de los pueblos originarios, el documento es el Manifiesto de Tiwanaku. En este documento podemos leer: “Una organización política para que sea instrumento de liberación de los campesinos tendrá que ser creada, dirigida y sustentada por nosotros mismos. Nuestras organizaciones políticas deberían responder a nuestros valores y a nuestros propios intereses.” No tengo la seguridad que los militantes de izquierda conozcan este documento, que es un claro posicionamiento de autodeterminación, por eso mismo, el movimiento de pueblos originarios no es proclive a tener “jefes”; ya que el ordenamiento interno de las comunidades (células de la organización de pueblos originario) está determinado por la máxima instancia de decisión que es la asamblea de la comunidad.

Diez años después de la circulación del Manifiesto, en un congreso de la Confederación Sindical Única de trabajadores Campesinos (CSUTCB) se plantea la construcción del Instrumento político, que luego de otros 10 años se vuelve una realidad y en el año 2005 llega al poder en Bolivia; pero el resultado no es lo que el movimiento indígena originario esperaba, la clase media con aparente militancia de izquierda se convierte en el actor principal del gobierno.

El conflicto reciente, de los 50 días de rebelión de quechuas y aymaras, ha demostrado nuevamente ese desencuentro, incubado en la incomprensión de la comunidad andina, que ha impedido un proceso revolucionario en Bolivia. La comunidad andina es la enemiga natural y principal del imperialismo y su ideología liberal. La imagen del individuo como un fin en si mismo creado históricamente por el capitalismo occidental modernizador, no admite lazos de solidaridad, redistribución, participación directa en los asuntos públicos y sobre todo en la diferencia cultural como principio. Por esto, es que el representante local del capitalismo occidental y modernizador, el senador Marincovic ha presentado un proyecto de ley para destruir la comunidad e imponer un orden individual de la gestión de la tierra, despojando la potencia orgánica de la comunidad.

Entonces no se trata de “bajar línea” ni “elaborar una agenda” para un sujeto social que sabe lo que busca, que tiene su propia visión del mundo, de las cosas y su rol histórico. Ningún tipo de adversidad, extorsión, cooptación y traición ha logrado doblegar su carácter rebelde.

La correcta evaluación de los 50 días de conflicto, debe tener como conclusión la total aceptación del otro colectivo, de ese cimiento civilizatorio que no ve en la naturaleza un simple objeto de transacción económica, sino como una madre que merece respeto y a la que brinda y le debe su profunda espiritualidad; si comprendemos esta otredad como el sujeto principal de la revolución; el futuro del Estado Plurinacional será una realidad y no, como dijo el marxista Peruano Mariategui, un calco ni copia.

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