El 4 de noviembre de 1964, hace exactamente 56 años, se inauguraba en Bolivia la negra época de las dictaduras militares, que se extendería hasta 1982. Aquel aciago día, la aviación ametrallaba sin misericordia alguna a los milicianos movimientistas que, leales a su proyecto histórico, se juntaron en el hoy derruido cerro Laikakota de la ciudad de La Paz, para resistir al golpe militar encabezado por los generales René Barrientos Ortuño y Alfredo Ovando Candia. Por sobre los cadáveres aún tibios de obreros y artesanos, ambos generales terminaron conformando un inédito gobierno bicéfalo para dar contento a sus respectivas ambiciones personales.
(más…)Autor: Xavier Contreras
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Cese inmediato de la persecución política
Bajo los pretextos de fraude electoral y sedición, la dictadura de la autoproclamada Jeaninne Añez se dio a la tarea de perseguir, encarcelar y encausar judicialmente a numerosos ciudadanos, de cuya culpabilidad se presumió al amparo de una fraguada campaña mediática. Todavía está en el recuerdo de la opinión pública, las detenciones arbitrarias, como la del muchacho casi adolescente, al que se lo señaló como un delincuente digital nada más que por decir y hacer circular la verdad en las redes sociales. Los medios masivos de comunicación no dijeron esta boca es mía con relación a esta flagrante violación de libertad.
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La falta de pudor de doña Jeaninne
Faltan escasas horas para que se lleven a cabo las elecciones del 18 de octubre; es decir, apenas un pestañazo de la historia, para que el gobierno de la autoproclamada Jeaninne Añez deba hacer entrega de la administración estatal a quienes resultaren elegidos por el voto popular. A esas escasas horas, sin pudor alguno, el gobierno de facto, cual perrillo de faldas del imperialismo norteamericano, hace el show de recibir las cartas credenciales de autoproclamado embajador de Venezuela, designado por el también autoproclamado Juan Guaidó, el presidente “encargado” a quien ni siquiera la oposición antichavista en la patria de Bolívar le lleva el apunte.
Probablemente nunca en la historia del país, la diplomacia haya sido puesta de manera tan flagrante al servicio de los Estados Unidos de Norteamérica. Recuérdese, el 11 de enero de 2019, subido en una tarima de una plaza pública, el entonces diputado Juan Guaidó, un ilustre desconocido político venezolano de las esmirriadas filas de la oposición, se auto designaba como primer mandatario. A las pocas horas, con una diligencia muy comprensible, el gobierno de Trump lo reconocía inmediatamente, instando a sus “aliados” –es decir, los gobiernos títere que siguen a ojo cerrado todos los dictámenes de Washington– a hacer lo propio. Causo gracia –valga la anécdota– que el mismísimo Secretario de Estado que anunciaba el hecho, no sabía pronunciar siquiera el nombre del presidente que habían designado.
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«El Deber» vuelve a pelar capucha
En el lenguaje coloquial cruceño se ha instalado el término “pelar capucha” para indicar la verdadera faz de un individuo o de una institución. Su uso se remonta, precisamente, al momento que se fue develando la existencia de las logias que gobiernan en Santa Cruz –entre bambalinas y dueñas del poder económico– a las instituciones de la región. Para resguardar su identidad, los miembros de estos grupos (Caballeros del Oriente y Toborochi) realizaban reuniones secretas a las que se citaba clandestinamente a sus afiliados, y a las que se acudía con una capucha que cubría el rostro.
Por analogía, el pueblo aplica el término con propiedad. Así, el periódico El Deber, que aparenta objetividad e imparcialidad por la vía de la negación a publicar determinadas noticias y cerrar sus páginas a todo comentario que se salga de la horma, ha empezado a actuar de manera cada vez más desembozada, con la intención de torcer la voluntad ciudadana que, de acuerdo a estudios y encuestas, se inclina mayoritariamente por la elección del binomio Luis Arce – David Choquehuanca en estas próximas –y todavía nada seguras– elecciones del 18 de octubre.
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