En memoria de Luis Espinal

La religión católica luego de la muerte de Jesús, fue una religión clandestina, una religión del pueblo; es a partir del el Edicto de Tesalónica (27 de febrero del año 380) que el cristianismo convirtió en la religión oficial del Imperio romano. A partir de ese momento religión y poder fueron dos inseparables.

La religión católica invadió nuestros territorios, físicos y simbólicos, para imponer una manera de ver el mundo, donde el europeo se ubicaba en la cúspide del poder, no importaba sus cualidades, podía ser ladrón, analfabeto, mercenario o criminal, todo le era permitido y tenía la protección de esa iglesia que quemaba mujeres sabias y atormentaba los cuerpos en un delirio sádico de culto a la muerte, dejó de ser la religión de la vida.

Hoy esos mismos autonombrados “representantes de Dios” retoman el poder e imponen gobiernos, bendicen la muerte, esto ocurrió en Bolivia en los fatídicos días de noviembre del 2019. En su afán de autoprotegerse la élite de esta iglesia de la muerte pretende influir en la conciencia humana, para negar los hechos: Bastaría una lectura rápida de los evangelios para juzgar a estos fariseos que se han adueñado de una propuesta de vida (la religión) nacida de la subversión contra los poderosos.

Como toda obra humana la religión, como deformación del poder terrenal, tiene sus propios detractores, desde adentro, Camilo Torres en Colombia, Oscar Arnulfo Romero en El Salvador, Leónidas Proaño en Ecuador, Enrique Angelelli y los curas villeros en la Argentina, y cientos de religiosos y religiosas que dieron su vida, siguiendo el ejemplo de Jesús.

Pero están los otros, los que han hecho de la religión una empresa, un comercio, esos que desde sus púlpitos dominicales, protegen la muerte y destilan odio, defiende la muerte y protegen a los asesinos, esos “sepulcros blanqueados”, racistas como su maestro Vicente Valverde, que condenó a muerte al Inca Atahuallpa.

Somos pueblos con un alto sentido espiritual, San Francisco de Asís hubiera sentido gozo de conocer una civilización que conversaba con la madre naturaleza, con la Pachamama, pero los que hoy defienden a los ricos a los poderosos, ni se acuerdan de este nombre.

Cinco siglos de opresión, con la espada y la cruz, no han doblegado al pueblo de todos los dioses y diosas, no han podido romper la cultura de la vida, esa que ahora les condena por sus falsedades encubiertas en la fe.

Frente a esta iglesia de la muerte, debemos tener fresca la memoria del Oblato Gregorio Iriarte, y por supuesto de Luis Espinal, representantes de otra iglesia, de la iglesia de los pobres y de los pueblos originarios.

El opio de los pueblos ciertamente es la religión, esa religión de la muerte, esa religión del poder que bendice armas y dedica homilías para justificar los crímenes; de esa iglesia que no tuvo vergüenza de estar sentado a lado a Hitler, Mussolini, Francisco Franco, Videla, Banzer y Pinochet.

Renovar nuestra fe es, releer las Oraciones a Quemarropa, testimonio de vida de un verdadero cristiano, y dejar vacías los templos de la muerte, volver a las calles, construir comunidad, una verdadera iglesia de la vida.

*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino