Faltan escasas horas para que se lleven a cabo las elecciones del 18 de octubre; es decir, apenas un pestañazo de la historia, para que el gobierno de la autoproclamada Jeaninne Añez deba hacer entrega de la administración estatal a quienes resultaren elegidos por el voto popular. A esas escasas horas, sin pudor alguno, el gobierno de facto, cual perrillo de faldas del imperialismo norteamericano, hace el show de recibir las cartas credenciales de autoproclamado embajador de Venezuela, designado por el también autoproclamado Juan Guaidó, el presidente “encargado” a quien ni siquiera la oposición antichavista en la patria de Bolívar le lleva el apunte.

Probablemente nunca en la historia del país, la diplomacia haya sido puesta de manera tan flagrante al servicio de los Estados Unidos de Norteamérica. Recuérdese, el 11 de enero de 2019, subido en una tarima de una plaza pública, el entonces diputado Juan Guaidó, un ilustre desconocido político venezolano de las esmirriadas filas de la oposición, se auto designaba como primer mandatario. A las pocas horas, con una diligencia muy comprensible, el gobierno de Trump lo reconocía inmediatamente, instando a sus “aliados” –es decir, los gobiernos títere que siguen a ojo cerrado todos los dictámenes de Washington– a hacer lo propio. Causo gracia –valga la anécdota– que el mismísimo Secretario de Estado que anunciaba el hecho, no sabía pronunciar siquiera el nombre del presidente que habían designado.

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