En los últimos meses se escuchan voces de renovación de liderazgos, de actores políticos e incluso de quienes dirigen instituciones públicas centralizadas y descentralizadas; todo está bien hasta que este pedido se confunde con lo “generacional”, planteando que es el momento de los jóvenes y desplazando a quienes son mayores o “viejos” como denominan los llamados jóvenes que ostentan cargos o quieren ser líderes. Su juventud les hace desconocer que renovación no implica solo cambiar lo viejo por lo nuevo cayendo en la vulneración de los derechos de mucha gente que ya supera los 45 años, a lo largo de los cuales, ha adquirido experiencia en diferentes área o son líderes a los cuales las cúpulas no les dieron oportunidad de ocupar candidaturas o ejercer cargos jerárquico o de dirección.

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