Para nunca olvidar el once de septiembre

Tres hechos dramáticos que conmovieron a la humanidad se recuerdan el once de septiembre; todos ellos tienen el sello del enemigo número uno de la humanidad: el imperialismo yanqui. Ayer, al reflexionarlos, pudo más la pena que la fuerza para escribirlos, tarea que no queríamos dejar pasar por alto. Fue en esa fecha –aunque en años diferentes– que se sucedieron tres terribles atentados terroristas contra los pueblos del mundo: el golpe fascista de Augusto Pinochet contra el presidente democrático y constitucional de Chile, compañero Salvador Allende, en 1973; el ataque a las torres gemelas en Estados Unidos, planificado y urdido por las agencias de inteligencia del imperialismo yanqui en connivencia con el sionismo internacional para provocar un nuevo realineamiento mundial en 2001 y; la masacre de humildes campesinos bolivianos en el departamento de Pando, en 2008.

Aparentemente inconexos entre sí, los tres hechos fueron planificados, urdidos, financiados e impulsados por el poder mundial invisible que pretende la dominación del género humano en pos de sus propios intereses. Salvador Allende, en Chile, había ganado las elecciones encabezando la Unidad Popular, un frente político con presencia de comunistas, socialistas y otros grupos de izquierda, con la promesa de avanzar hacia el socialismo en el país transandino. ¡Inaceptable para el gobierno de Estados Unidos! Con sus propias reglas de juego –la democracia liberal burguesa– el pueblo elegía su opción y derrotaba en las urnas a la derecha funcional a los intereses del imperio. Desde que se conoció el resultado electoral, empezó la conspiración. Años más tarde, por confesión propia documentos desclasificados y secretos mediante, el imperialismo reconoció su rol fundamental en este acto de sedición: millones de dólares pagaron huelgas salvajes, ocultamiento de alimentos y especulación, accionar de grupos paramilitares de derecha, asesinatos y compra de militares y policías, para culminar con el sangriento golpe del 11 de septiembre, encabezado por Augusto Pinochet. Al día siguiente de la muerte de Salvador Allende, los supermercados amanecieron llenos de víveres, desmintiendo que todo era culpa de socialistas, cubanos y comunistas que querían deshacer Chile. El imperio festejó sobre el cuerpo aun tibio del presidente mártir, llenando el estadio nacional de Santiago con miles de presos que, luego, serían asesinados y desparecidos. La negra noche del fascismo cayó sobre el Chile heroico, a pesar de la resistencia popular que tuvo en Miguel Enríquez, máximo dirigente del MIR, a uno de sus íconos que hoy los pueblos de este sur rebelde reverenciamos como a héroe.

El ataque a las torres gemelas en Nueva York fue de perfecto conocimiento de las agencias de inteligencia de Estados Unidos. Aprovecharon el uso de aviones comerciales que fueron estrellados contra esas edificaciones, para provocar desde abajo su demolición, con la finalidad de matar a miles de inocentes y culpar al terrorismo internacional. El plan resultó perfecto; divulgado por todos los medios masivos de comunicación en el mundo, acabó por convencer al mundo que los malos musulmanes eran terroristas y había que atacarlos y acabarlos. De esa forma, los Estados Unidos iniciarían luego sus intervenciones militares en el oriente medio, devastando países y apropiándose de sus riquezas petroleras. Sacrificaron vidas de sus propios ciudadanos, con la finalidad de justificar el uso de la fuerza y la violencia para imponer su voluntad al resto del planeta.

En el norte boliviano, el año 2008, campesinos inermes que marchaban para demostrar su adhesión al proceso de cambio liderado por Evo Morales debían ser escarmentados de manera brutal. Bajo el mando de Leopoldo Fernández –por entonces Prefecto del departamento de Pando y hoy liberto impune por los golpistas de este gobierno– grupos paramilitares emboscaron a la marcha campesina y dispararon a matar, provocando decenas de víctimas fatales. Investigaciones independientes de organismos internacionales concluyeron que se trató de una verdadera masacre, urdida y planificada fríamente, para escarmentar a los campesinos y gente humilde, ilusionada en que, finalmente, dejaban de ser ciudadanos de segunda y mano de obra barata para los dueños del pueblo.

Ninguno de los culpables de esos tres hechos fatídicos ha sido castigado. En el caso último, la justicia, que debió culminar su accionar con la respectiva sentencia, ha absuelto de culpa a los asesinos intelectuales y materiales. Bolivia no olvida; el pueblo, paciente, espera la restauración democrática para hacer justicia. Porque la otra, la del imperio, siempre será contemplativa con los delincuentes y severísima contra el pueblo. Septiembre volverá a ser primavera.

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