La sombra de la traición

La historia chilena después de lo que fue el golpe del 11 de septiembre de 1973, nos llevan hoy a interpretar y comprender los niveles de traición, de los que en tiempo de Salvador Allende, condujeron ese golpe sangriento, y cuyo actor principal fue Augusto Pinochet.

Pinochet había sido nombrado Comandante en Jefe del Ejército por el presidente Allende tan solo 18 días antes del Golpe de Estado. Pinochet era un oficial de poco carisma y bastante ignorante, pero nunca dejó oportunidad de declarar su “lealtad” al Jefe de Estado.

Allende había escogido el día 10 septiembre para anunciar públicamente un plebiscito que resolvería la crisis política que vivía el país. Si Allende perdía este referéndum, dimitiría. Allende confió en Pinochet hasta tal punto que le contó su iniciativa, pero éste lo convenció que aplazara el anuncio hasta el día 11 de septiembre.

Llegado el día, era obvio el plan que Pinochet traía entre manos, por lo que nunca se pudo convocar el plebiscito. Allende en el instante en que su jefe de prensa, Carlos Jorquera le pregunta por Pinochet, se dan cuenta de la traición.

El retrato de esa historia, que en estos días recordamos, nos debe llevar a hacer un balance de los últimos años del gobierno de Evo, que con matices similares o parecidos configuraron una suerte de traición porque la mano negra de episodios de conspiración a su gobierno no solo vino desde los operativos del imperio sino también desde dentro.

La estrategia de desgaste impulsada durante los últimos años tuvo éxito al someter en el imaginario social que Evo tenía un gabinete que gozaba de su confianza y que mostraba su lealtad a todo lo que el mismo disponía para ejecutar sus políticas pero eso no siempre fue así.

En otras oportunidades afirmamos que un sólo factor en Bolivia permitió recuperar nuestros recursos naturales, garantizar la estabilidad económica en los últimos años y ese componente clave “E” se llamaría «factor Evo”.

Evo se enfrentó a las expresiones más racistas y coloniales en todos los campos de la vida política, medios privados y redes sociales descargaban con fuerza su odio y resistió hasta el final incluso con el riesgo que, desde fuera de su propio territorio, sea visto como el ser más indeseable.

Las lecciones que deja la historia sobre traiciones nos tienen que servir para avanzar, para subir un nuevo escalón en la construcción de una sociedad que conviva con la complejidad de su formación, asumiendo plenamente los errores que se cometieron y estar prestos a los nuevos desafíos que son necesarios para encarar el futuro responsablemente.

En un proceso cada vez más provocador que llama a demostrar nuestra militancia y compromiso a los cambios de las viejas estructuras sociales, económicas y políticas, sobran los rostros de la traición, de los que nunca debieron estar, porque tienen un destino manifiesto basado en la individualidad, en la certeza de “su” verdad, nunca podrán pensar con el jiwasa, jamás estos entrarán en la historia de los que apuestan día a día por una causa digna, justa y verdadera.

*Luis Camilo Romero, es comunicador boliviano para América Latina y el Caribe

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