La pequeña devolución de los ricos

Entre las diferentes medidas anunciadas por el gobierno presidido por Luis Arce Catacora, se ha mencionado la aplicación de un impuesto a las grandes fortunas; considerado, desde ya, uno de los más bajos en el continente. La propuesta gubernamental apunta a fortunas por encima de $US. 4,3 millones (Bs 30 millones), junto a un procedimiento que discrimina positivamente a quienes tienen menos, determinando que aquella persona natural que tenga mayor patrimonio pagará más. Así, por ejemplo, la norma define que, cuando la base imponible sea de Bs 30.000.001 a 40.000.000, la alícuota será de 1,4%; en tanto que si ésta es de Bs 40.000.001 a Bs 50.000.000, la alícuota será de 1,9%, porcentajes que tendrán, además, el beneficio de descuentos significativos.

No obstante, ello ha aportado un pretexto más para incrementar el odio racista de las élites dominantes que aún conservan e incrementan su poderío económico. No ha mucho, vísperas de las elecciones, una persona amiga me envió un mensaje expresándome su angustia por esa medida que ya venía siendo anunciada como parte de la campaña del MAS IPSP. Y tal parece, el presidente Arce, a diferencia de los políticos de la derecha, se ha propuesto cumplir con la palabra empeñada y hacer realidad todas y cada una de las promesas electorales. El temor de esa vecina se basaba en la versión que de esta promesa hicieron los eternos mentirosos: ella tiene una casita en un barrio de Santa Cruz de la Sierra que, con el tiempo, se ha revalorizado, al igual que todos los terrenos de esa ciudad. Avaluada en algo más de 300 mil dólares, es el patrimonio que ha logrado hacer en toda una vida de sacrificio y trabajo. “¿Cómo es posible que los masistas quieran aplicarme un impuesto alto? Dicen que si no pago, se quedarán con mi casa”.

El miedo es el sentimiento más fuerte que azuza la derecha para inmovilizar al pueblo y volcar contra las expresiones políticas de izquierda otro sentimiento de rechazo. Antes, las mentiras eran más burdas y nos asustaban diciéndonos que “los comunistas te quitarán tus hijos para llevarlos a Cuba y a Rusia, donde les harán un lavado cerebral para volverlos también comunistas”. Que se sepa, en ningún gobierno popular, se perdió un solo hijo de los ricos; mucho menos, que volvieran descerebrados de aquellos supuestos infiernos.

Con el tiempo, la mentira fue disfrazada con frases sugestivas; así, por ejemplo, los grandes empresarios privados, cuando veían peligrar sus intereses por alguna medida de gobierno orientada a redistribuir los ingresos de una manera menos injusta, apelaban a los explotados de siempre para confundirlos. “Amigo heladero, amiga tendera de barrio, tú también eres empresa privada y este gobierno de comunistas quiere expropiar el fruto de tu esfuerzo”. Y no pocos mordieron por un tiempo en anzuelo, creyéndose parte de esa plutocracia que gobierna detrás de bambalinas y que incrementa su riqueza con el patrimonio de todos y todas. ¿Acaso se debe olvidar que durante el breve interregno en el que una banda delincuencial comandada por Jeaninne Añez hizo y deshizo el patrimonio nacional, no fueron los grandes empresarios privados los beneficiados con fondos públicos?

La avaricia de los ricos –uno de los siete pecados capitales del que nos pide alejarnos la religión cristiana que hipócritamente dicen practicar– es absolutamente contraria a todo principio de solidaridad entre los seres humanos. El mismo Maestro fue claro al indicar que antes entraría un camello por el ojo de una aguja, que un rico por la puerta de los cielos. No obstante, esas mafias empresariales y sus líderes disfrazados de “cívicos”, se llenan la boca con la biblia, rezos y oraciones y liturgias de dientes para afuera, para seguir esquilmando a los pobres.

Ni el ánimo conciliador que propusiera en su momento el presidente mártir Gualberto Villarroel, al señalar que no era enemigo de los ricos, pero sí más amigo de los pobres, fu óbice para su colgamiento. Al fin de cuentas, era el mandatario que había dado alas a los indios, promoviendo su primer congreso; inaceptable para los que ahora siguen calificando a estos ciudadanos de salvajes.

El impuesto a las grandes fortunas es, apenas, un intento para que esta plutocracia devuelva algo de lo que acumuló a costa de la explotación y la miseria populares.

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