Reconfortantes brisas desde la universidad paceña

Un grupo de estudiantes de la Universidad Mayor de San Andrés ha resuelto reconstituir una organización estudiantil con una propuesta revolucionaria. Al calor de un trabajo de investigación académica propiciado por un catedrático progresista, estudiantes de Derecho han incursionado en el pensamiento económico de Ernesto Che Guevara, cuyos escritos sobre el tema han sido escasamente difundidos y poco estudiados en Bolivia. Todos ellos conservan una increíble pero cierta vigencia, respecto a la reiterada pregunta académica del qué hacer en la materia.

Lo más relevante de la propuesta radica en la reacción rápida que ha generado tal iniciativa. Algunos docentes han recomendado al catedrático de la materia “no hacer política y dedicarse al estudio académico”. Una sugerencia que equivale a mantenerse al margen de la vida nacional, de pretender que la ciencia es sólo una especulación teórica ajena a los graves problemas que afligen a la sociedad, economía incluida.  ¿Qué opinaban esos mismos docentes cuando el inefable Waldo Albarracín, rector por entonces de esa casa de estudios superiores, promovía un golpe de Estado en el país? El libreto made in USA, ¿formaba parte del pensum de alguna carrera en particular?

La historia, por cierto, es muy reciente para olvidarla. Todavía están frescas las noticias que recorrían las redes sociales, dando cuenta de las ventajas “académicas” que se dieron a los y las estudiantes que se movilizaban contra el gobierno democrático de Evo Morales en 2019. Entonces, el plantel docente –con muy pocas pero honrosas excepciones– alentaba la revuelta premiando a los manifestantes con notas académicas que nada tenían que ver con el arte de atar pititas en las calles o salir a bravuconear con los policías motines como aliados. ¡Cuán alejados esos jóvenes de las duras luchas por la recuperación de la democracia, que jalonaron la existencia de varias generaciones pletóricas de valores altruistas!

Hace no menos de dos años, el paraninfo universitario de la UMSA era lugar de cita de los insurrectos que actuaban sin ningún tapujo a favor de los golpistas de derecha. Perdidos en sus propias elucubraciones, cristianos fundamentalistas y trotskistas –dos religiones que tienen sus propios dioses, su liturgia y sus sacerdotes– fraguaban todo tipo de acciones, incluidas las violentas, para promover la artera puñalada a la democracia. El mismísimo rector citado se ufanaba de brindar las aulas universitarias que, por cierto, no son ni eran suyas, como refugio a grupos paramilitares de la Unión Juvenil Cruceñista y Defensa Juvenil Cochala. Con esa infraestructura a su favor, los violentos –entrenados por verdaderos científicos de la violencia fratricida y el racismo– desarrollaron no pocas acciones con víctimas fatales y de las otras. ¡Ningún catedrático elevó su voz de protesta ante tamaño insulto a la autonomía universitaria!

Con el sambenito de que “ahora eso ya no está de moda”, profesores y profesoras de nuestras universidades han sesgado la investigación científica, sobre todo en el área de ciencias sociales, vaciándola de todo contenido crítico y edulcorando la enseñanza superior con un racismo disfrazado que se sintetiza en la deformación de profesionales cuya única motivación es la de ascender en la pirámide social, sin importar a quien se pisa en el camino. El individualismo –esa lacra que sirve de colchón al capitalismo– es la tónica dominante entre el estudiantado. La identificación con el futuro del país, con la suerte de los más necesitados, con los ideales de soberanía e independencia, es considerada ridícula y, por tanto, debe ser combatida por todos los medios.

Eso explica la reacción de mediocres docentes ante la sola idea de confrontar; el debate debe ser sustituido por la genuflexión a las leyes del capitalismo y a la supuesta mano invisible del mercado. Profesionales nóveles salen con la ilusión de convertirse en sus propios “patrones”, engatusados por una enseñanza que les hace suponer que son independientes y que la lucha de clases es cosa del pasado, que esa “moda” de los sesenta  y setenta no tiene ya razón de ser. Se convierten, de manera ingenua, en verdaderos reproductores de sin razones que contribuyen a la dependencia y a la enajenación.

Frente a esta triste realidad, que un grupo de ellos y ellas, por lo  pronto minoritario, hable de refundar un Frente Estudiantil Revolucionario, que tenga por efigie al Che y que se imponga la difusión de ése y otros pensamientos revolucionarios, es no sólo una extravagancia supuestamente ajena a la impronta académica, sino un verdadero peligro para ese feudo infranqueable que, bajo pretexto de la autonomía universitaria, impone una dictadura ajena a la libre investigación y a la búsqueda de la verdad.

Pero son esos quijotes y no los sumisos, los que dan luces a la historia.

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