Fascistización

Varios Estados republicanos liberales están siendo gobernados por organizaciones políticas ideológicamente fascistas; en aquellos países que son liderados por gobiernos de izquierda y progresistas se impulsa las rupturas institucionales a nombre de la democracia, la libertad y la religión para tener el control del gobierno, el germen previo a ello es la fascistización de sectores de las sociedades, como la forma que “legitima” las acciones de violencia como necesarias e imprescindibles.

En nuestro país están empleando e impulsando técnicas de conflicto social, validados discursivamente en y por los medios de comunicación utilizando fuentes académicas, políticas, religiosas, sindicales, indígenas que le dan el ropaje de “sentido común” para presentarse como la verdad del todo: “somos el pueblo cruceño; somos el pueblo boliviano; somos las mujeres de fe, etc.”, y reducir a lo plebeyo como el enemigo identificado por ellos como: “masistas, sindicalistas, cocaleros, indigenistas, bestias humanas”, como categoría negativa para la sociedad.

La exacerbación de la idea, el fundamentalismo de su (sin)razón parte de la autovictimización para presentarse como víctimas del Estado verdugo personificado en un gobierno de “indios y comunistas totalitarios”, por ello la utilización recurrente de “democracia y libertad” es la simbología imprescindible para presentarse públicamente.

Las plataformas que utilizan para posesionar consignas en representación de la totalidad de la población son círculos que no emergen de la institucionalidad democrática republicana, sino de cierta “institucionalidad” selectiva, corporativa, censitaria que son las “asambleas de la cruceñidad, de la paceñidad, de la cochabambinidad, de la potosinidad, etc.”, lo selecto de la representación es similar a los tiempos de la dictadura, donde un grupo de personas se arroga la facultad de decidir e imponer.

El escenario disponible son los centros urbanos de capitales, lo que les permite apelar al chauvinismo regionalista; su forma de manifestación pública son las tomas violentas de las rotondas, avenidas, instituciones públicas, quemas y saqueos de infraestructuras públicas y privadas; el eje discursivo/justificativo gira en torno a que el Estado está dirigido por un gobierno —democráticamente elegido— que no los representa, la decisión de millones de bolivianos y bolivianas que se expresaron democráticamente en las urnas no tiene ningún valor, lo que cuenta como valor son los escenarios selectivos y elitarios donde deciden a nombre de todos.

Asumen la diferenciación como sentido de superioridad, separan cultural y no geográficamente la ciudad del campo, a las zonas populares y de migrantes del campo las ven como los avasalladores de su modo de vida civilizada, nos demuestran el sentido colonial racial del ser material, su blanqueamiento es física e ideológica frente al “otro” considerado inferior y ahora enemigo.

La religión es el dispositivo ético, pero no se entiende como la espiritualidad de hombres y mujeres en la creencia de lo divino, sino lo que se impone como religiosidad es a partir de quienes disponen monopólica y verticalmente del púlpito, ahí, la palabra del obispo, del pastor a nombre de Dios es el paraguas celestial para imponer, validar y bendecir lo que las élites deciden.

La fascistización ideológica no está concentrada en lo denso de su concepción, sino reducida a la simbología, a la frase, a la consigna, lo que busca es la exacerbación del individuo, convertirlo en reactivo e impulsivo no para enarbolar su ideal sino para enfrentar y destruir al enemigo que atenta contra lo que ellos consideran su “razón”.

La violencia racial y política se constituye en lo común, en lo cotidiano, en la normalidad del conflicto, su forma de resolución es la eliminación del “otro”, ese es el sentido dramático que nos está impulsando la fascistización de sectores de la sociedad.

Estamos asistiendo al tiempo donde la institucionalidad republicana de la democracia representativa será desechada, porque no es el medio que permite a las derechas llegar al gobierno por decisión soberana del pueblo, necesitan imponerse, no como opción de gobierno sino como fuerza de la sin-razón.

Dos ejemplos inmediatos: mujeres católicas y evangélicas, luego de conocerse el triunfo del MAS en 2020, fueron a orar de rodillas a los cuarteles y pedir que los militares tomen el gobierno a nombre de la democracia; en Brasil, grupos de la ultraderecha bolsonarista ingresaron violentamente a los símbolos de la República impulsando un golpe de Estado. En ambos momentos el eje es el mismo, a nombre de Dios, la Patria, violentan la democracia para defender la democracia y la libertad.

El fascismo fue y es enemigo del Estado de derecho, de la democracia, de la libertad, del pluralismo, del pensamiento revolucionario y liberador.

César Navarro Miranda es exministro, escritor con el corazón y la cabeza en la izquierda

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