¿Sobrevive hoy la teología de la liberación?

Cuando Simón Bolívar escribe desde Jamaica, se admira de la relación entre religión y luchas independentistas en México (“…con esto, el entusiasmo político ha formado una mezcla con la religión, que ha producido un fervor vehemente por la sagrada causa de la libertad…”). Sin embargo, el fenómeno no era exclusivo; un número importante de clérigos, laicos y laicas asumieron en diversas regiones la causa de la primera independencia. Realidad sorprendente, sobre todo si se toma en cuenta que Roma emitió dos encíclicas papales, en 1816 y 1824, condenando explícitamente aquellos procesos y también a las personas que se involucraran en ellos.

Un siglo y medio más tarde haría su aparición en Nuestramérica otra corriente al interior del cristianismo, que se proponía como objetivo la emancipación social, política y económica de nuestros pueblos. Se la conoce como Teología de la Liberación (TL), aunque algunos pensadores marxistas como Michel Löwy prefieran denominarla “cristianismo liberacionista”, ya que no estaba circunscrita únicamente al universo eclesial. En realidad sobrepasó esos límites, y fue apropiada como fuerza mística incluso por miembros de movimientos revolucionarios armados.

La TL fue en buena parte consecuencia del Concilio Vaticano II, desarrollado en la década de 1960, que intentó redefinir la identidad de la propia iglesia católica desde una perspectiva horizontal y de diálogo con la sociedad. Los debates y resoluciones de ese cónclave se esforzaron por dejar atrás la definición de iglesia católica como “sociedad perfecta” y superior a otras instituciones, pero además resaltaron la importancia y necesidad de trabajar por la justicia social. Durante las décadas de los años ´60 al ´80 esas propuestas se materializaron en incontables proyectos y experiencias liberacionistas, tanto institucionales como personales.

Transcurrido el tiempo, algunos se preguntan hoy qué sucedió con todo aquello. Qué tienen que ver, por ejemplo, figuras como las de Luis Espinal o Julio Tumiri con una Conferencia Episcopal dispuesta no sólo a respaldar un golpe de estado y consagrar a un gobierno espurio, sino incluso ignorar a las víctimas de la represión. ¿Qué es lo que ocurrió? ¿Qué modificaciones se produjeron para llegar a lo que vemos en la actualidad?

En el plano geopolítico hay que tomar en cuenta la ofensiva de los EEUU contra la TL y el cristianismo liberacionista. En 1969 Nelson Rockefeller recorre varios países de la región, y en el informe que eleva al gobierno norteamericano destaca el peligro de la iglesia católica como una de las fuerzas “a favor del cambio social y político” y “vulnerable a la penetración subversiva”; dispuesta incluso a llevar a cabo una revolución.

Hacia 1980, la Heritage Foundation prepara para Ronald Reagan un documento que se conocerá como Documento de Santa Fe, en el que se afirma ya de forma explícita la necesidad de contrarrestar a la TL, ya que “…las fuerzas marxistas-leninistas han utilizado a la iglesia como un arma política en contra de la propiedad privada y del capitalismo productivo, infiltrando la comunidad religiosa con ideas que son menos cristianas que comunistas…”.

El resultado de estas políticas se articularon con la Doctrina de la Seguridad Nacional y derivaron en vastas estrategias represivas y de aniquilación.

En el plano eclesial hay que tomar en consideración el sistemático proceso restauracionista alentado desde el pontificado de Juan Pablo II, en sintonía con el sector tradicionalista. Aparte de ser una de las gestiones papales más prolongadas (nada menos que veintisiete años, de 1978 a 2005) se constituyó en una fuerza orientada a combatir en política todo lo relacionado con el socialismo, y a intentar devolver a la institución iglesia el lugar supuestamente perdido en las décadas precedentes. La represión a sectores progresistas al interior de la iglesia asumió diversas formas: persecución y control sobre la producción teórica de teólogos y teólogas, clausura de centros de estudios especializados, fiscalización y censura a editoriales católicas, escandalosa intervención a congregaciones y confederaciones de religiosos/as, nombramiento de obispos orgánicos al proyecto conservador y dispuestos a neutralizar, desarticular o eliminar prácticas pastorales liberadoras promovidas por sus antecesores en diversas diócesis, etc. A lo mencionado hay que agregar el respaldo a organizaciones ultraconservadoras al estilo Opus Dei, Legionarios de Cristo, Sodalicio, Neocatecumenales y otras, además de dos documentos vaticanos (denominados instrucciones) sumamente críticos con la TL, elaborados por J.Ratzinger, quien asumiría como próximo Papa.

La resultante de los procesos mencionados es un panorama eclesial notablemente distinto al de los años ´60 al ´80 en el catolicismo latinoamericano. En forma paralela, es necesario observar el potente movimiento conservador en el universo evangélico o protestante, con la aparición y evolución de organizaciones fundamentalistas de gran impacto social e implantación en medios populares, que recurren a doctrinas, estilos, estrategias y metodologías importadas de los EEUU (telepredicadores, megaiglesias, neopentecostalismo, performances religiosas, etc.).

Durante buena parte del siglo XX era frecuente el planteo que sostenía la desaparición de la religión, al menos en el hemisferio occidental. Aquello no sólo no sucedió, sino que luego de un breve intervalo que propició el surgimiento de un tipo de cristianismo emancipatorio, se produjo el apreciable retroceso que describimos. En suma, un horizonte nada alentador para las fuerzas progresistas, que en todo caso suma retos a la crisis multidimensional.

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