De fantasmas y diálogos

Las últimas 24 horas, muchas organizaciones sociales, han tomado la decisión de plegarse al pedido de renuncia del presidente. La paralización (parcial) de actividades en la ciudad de La Paz y en la ciudad de El Alto, se ha radicalizado, se puede decir que los dos centros urbanos, uno sede de gobierno, se encuentran cercados completamente.

La cumbre, realizada por el gobierno no tuvo ningún efecto, en términos de pacificación nacional, el frágil compromiso con Gobernadores y Alcaldes no ha tenido la contundencia que se buscaba, por el contrario, el ofrecimiento de futuras leyes ha sido recibida como la antesala de privatizaciones, empeorando la poca credibilidad que tiene el gobierno, empeorada con el nombramiento de un viceministro de seguridad ciudadana, señalado por organismos internacionales de Derechos Humanos como uno de los responsables de la masacre del año 2019.

En este contexto, debemos recordar la hidalguía que tuvo Hernán Siles Zuaso, al declinar su mandato, debido a muchos factores entre ellos el abandono del vicepresidente (algunos sostienen que fue una traición) Jaime Paz Zamora. Las consignas de pedido de la renuncia del actual presidente R. Paz tiene esa especie de fantasma que reclama un ajuste histórico de cuentas.

El pedido de “diálogo” nos parece muy tardío, la poca credibilidad del gobierno, que se ha desgastado internamente, ya no permite la generación de un clima social proclive al diálogo, los intentos de “acuerdos y convenios” con dirigentes cuestionados y sin representación legítima ha deteriorado ese clima social que evidentemente existía entre diciembre y febrero de este año.

Sabemos que Bolivia no es un país “predecible”, como algunas sociedades donde un buen manejo de la comunicación, el personaje y el discurso, logran mantener un nivel de protesta sin que afecte a su legalidad de gobierno, en Bolivia este tipo de “asesoramiento” puede servir para efectos electorales, pero no para garantizar un gobierno sin sobresaltos, peor aún si se trata de cambiar el rumbo de una economía en manos del Estado y traspasarla a la empresa privada.

El gobierno ha perdido legitimidad, un error táctico (anular al Vicepresidente) ha desembocado en un quiebre de su estrategia de poder, y tal parece que nos encontramos en un punto de no retorno; por eso consideramos que esa “apertura al diálogo” aunque se diga “sin condiciones” ya no podrá detener la paralización del país.

El equipo ministerial ha demostrado una incapacidad de gestión de los conflictos, el perfil “tecnocrático” tiene esa desventaja que no ha podido ser superada con la efusiva elocuencia verbal del presidente.

Bolivia se encuentra nuevamente en una encrucijada histórica y no es como señala el presidente que la disyuntiva es “patria o pasado”, el mismo gobierno se ha encargado de mantener vivo el recuerdo de Evo Morales, que ha servido como un boomerang para el mismo gobierno, porque los efectos empíricos de comprobación son los hechos tangibles, nadie puede negar que en los 14 años del gobierno de Evo Morales el dólar no tenía la demanda ni el precio fluctuante que tiene hoy, para señalar solo un dato de esta memoria del “pasado” y al que muchos añoran y quieren volver, por eso no tiene asidero el relato presidencial, ahí le falló su asesor.

Salvar la gestión presidencial con futuras compensaciones ha sido la salida que encontraron los representantes de la agroindustria, que defendieron hasta el último minuto la ley “Marinkovic”, es un pequeño sacrificio frente a los ajustes que se piensa realizar en un futuro próximo. Todos estos aspectos nos demuestran la fragilidad de nuestro sistema estatal, las instituciones son remolinos que giran según la fuerza del viento y la política ha sido reemplazada con personajes pintorescos que, a falta de teorías e ideología, dan rienda suelta sus primarios sentimientos emocionales.

Como ya es costumbre en Bolivia la crisis (como decía Zavaleta) es un método que la política y sus actores encuentran como posibilidad de resolución. Nos encontramos en ese punto exacto.

Antonio Abal O.

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