Una hilera de ataúdes blancos desciende por el sendero. Acompañan el duelo hombres y mujeres de poncho y aguayo, sombreros empolvados y miradas rojas de bronca y llanto. Son todos indios, dicen en Lima. Son irracionales y terroristas. Están lejos. No importan.
Dicen que cuando le llegó la información de los 18 muertos de Juliaca, la señora Dina Boluarte se llevó las manos a la cabeza y exclamó: “¡No entiendo por qué protestan!”. Y no es la única. El Congreso completo de Perú parece no entender qué pasa más allá de la Lima de Pizarro.
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