Los sucesivos escándalos mayúsculos que adornan la gestión dictatorial presidida por Jeaninne Añez no se limitan a descarados negociados de sobreprecios y otros actos delincuenciales. Hay también acciones canallescas que lentamente terminan con la vida de pueblos y regiones, para favorecer el bolsillo de unos cuantos.

El monocultivo -es decir, el cultivo de un único producto agrícola con fines estrictamente empresariales- es una de las formas elegantes y silenciosas del capitalismo para condenar a lenta muerte las actividades de miles de pobladores rurales. Un claro y lamentable ejemplo en el continente es el sur de Chile, con sus grandes extensiones de bosques artificiales de pino, materia prima de su industria de papel. Orgullo de la clase empresarial indiferente a las necesidades de los habitantes del campo, este cultivo ha arrasado con todos los demás, en nombre del progreso y la rentabilidad.

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