La buena salud del negocio de la salud

El viernes acompañé de casualidad a un amigo a comprar oxígeno. De casualidad, digo, porque lo había hecho hace unos meses atrás. Al mismo lugar. Recuero que entonces pagó algo así como cien pesos por el producto; por lo que me sorprendió que, esta vez, pagara muy agradecido por el inmenso favor recibido, cuatrocientos bolivianos. Le hice notar mi extrañeza; entonces me contó que “de favor” le estaban dando un tanque por ese precio, que el producto escaseaba en plaza y que era una verdadera bendición poder contar con amigos leales que al menos se lo proveían.

Recordé también las dificultades de mi madre por hacerse de una tira de… aspirinetas, que las toma por prescripción médica desde hace varios años. La semana pasada, sencillamente no se las podía encontrar en ninguna de las farmacias que sucesivamente visitamos para adquirirlas. Entre los que hacíamos las respectivas colas, la charla era la misma; la escasez de medicamentos y los precios por los cielos.

Es la comprobación palpable de la teoría liberal de la oferta y la demanda. Cuando ésta sube, aquella se restringe y los precios invariablemente suben. Hablamos de estas pequeñeces, por no hablar de los casos en que desesperados pero platudos pacientes se han internado en clínicas privadas, pagando miles de dólares por un tratamiento de unos cuantos días, dizque para salvar la vida. Quien vende el servicio, juega de manera magistral con nuestra lógica: de qué sirve la plata si la salud no está completa. Y se vuelven más principistas que los mismísimos candidatos Luis Arce y David Choquehuanca, enrostrándonos que primero está la vida… claro, billetera de por medio, si es que la tienes, pues de lo contrario, mejor anda tomando previsiones, que hasta el negocio de la muerte es próspero. Las funerarias no te atienden así por así, también allí tienes que tener padrino o madrina que te reserve el cajón, no vaya a ser que el cadáver vaya a dar vaya a saber uno a que fosa común, sin la gracia de Dios.

A todo esto, ¿qué hace el Estado para proteger al ciudadano común? ¡Ciudadano común! Habría que desmenuzar el concepto e imaginarlo en la mujer de pollera, en el vendedor de comida que vive del día a día, de la señora comerciante que vende en la esquina la fruta… en suma, de esa inmensa mayoría de ciudadanos y ciudadanas que tienen una actividad económica precaria, carentes de seguro médico y de otras posibilidades. Se trata de potenciales contrayentes de la enfermedad del corona virus, por ejemplo, puesto que todos los medios masivos de comunicación nos dan a entender que las otras enfermedades se han declarado en huelga o están pasando unas merecidas vacaciones. Ellos están condenados a curarse como pueden, si es que pueden, y de manera clandestina. Porque corren el riesgo de la persecución y satanización si se les ocurre apelar a un remedio que la ciencia oficial no haya aprobado. Me pregunto, el dichoso yerno de la presidenta autoproclamada, que preside el Comité Científico y es nuestro embajador “de ciencia y tecnología”, ¿es el que aprueba que es bueno y qué es malo? No lo sé.

En realidad, nadie lo sabe. Lo que sí se sabe es que las farmacias y los centros médicos privados fijan a voluntad los precios que cobran a los necesitados clientes… perdón, digo mal, los necesitados pacientes. Literalmente, en la puerta les dicen con sonrisa de marketing, la bolsa o la vida. Y que se den por premiados por la divina providencia los que aún pueden entregar la bolsa, que los otros son o “bestias” o “salvajes”.

Entre tanto, nuestro sistema de salud colapsa de manera paradójica. Por un lado, nos informan que no tenemos el suficiente personal especializado para atender tanto caso en los hospitales y centros públicos; pero no damos brazo a torcer y como gobierno de facto, no permitiremos el retorno de un solo médico cubano, que tan buena y sacrificada labor hacían allá donde los nuestros de “pedigree” no querían atender. Pero, por otro, los médicos y médicas pululan alrededor de los supermercados y comercios elegantes, a donde acuden a hacer sus compras, portando en el parabrisas de sus generalmente lujosos autos, la respectiva autorización de circulación. Siempre con el gesto adusto, se abren paso en las colas, señalando que luego tienen que ir a atender “una emergencia”.

Todavía está fresca en nuestra memoria la huelga de semanas y meses que protagonizaron “por mejores condiciones de trabajo”, así que mejor les damos paso, no vaya a ser que se molesten y vuelvan a dejar sin servicio a los que pagar pueden. De los otros, no se preocupen, son los que aumentan las cifras estadísticas para desanimar a la ciudadanía de persistir en sus marchas o en su exigencia de elecciones.

Al menos, el negocio de la salud goza de excelente salud. ¡Aleluya!

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