El viernes acompañé de casualidad a un amigo a comprar oxígeno. De casualidad, digo, porque lo había hecho hace unos meses atrás. Al mismo lugar. Recuero que entonces pagó algo así como cien pesos por el producto; por lo que me sorprendió que, esta vez, pagara muy agradecido por el inmenso favor recibido, cuatrocientos bolivianos. Le hice notar mi extrañeza; entonces me contó que “de

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