El wayralevismo colonial

La reproducción del poder, para beneficio propio es la señal inequívoca de un sistema corrupto y corruptor ese es el actual estado de la justicia en Bolivia. La justicia en Bolivia tiene precio, es decir se ha convertido en una vil mercancía.

Desde tiempos coloniales “la justicia” ha servido para legitimar el enriquecimiento de pocos, las leyes y los argumentos jurídicos, han permitido el despojo de territorios de pueblos originarios, práctica vigente hasta el día de hoy. En los últimos tiempos feminicidas, estafadores, violadores, han sido sentenciados, pero el mismo sistema que los puso entre rejas, lo libera con las más rebuscadas argucias leguleyescas. Todo este sistema corrupto se apartó de los principios fundamentales que le dieron vigencia como práctica social y conocimiento científico-filosófico.

Quién no ha escuchado las palabras del abogado que pide “un adelanto” para “aceitear” la maquinaría de la justicia, la naturalidad de los sobornos para que los expedientes se escondan o se extravíen o también para ser puestos como primeros en las listas de atención.

La justicia boliviana es heredera de las prácticas coloniales, pero no debemos olvidar cómo el neoliberalismo (gestión de Gonzalo Sánchez de Lozada) desmontó todo el sistema judicial para ponerlo a disposición de sus medidas económicas. Estas prácticas no fueron erradicadas durante el proceso de cambio debido a la capacidad de articulación del poder político con los mecanismos jurídicos que conforman el poder judicial. La imprescindible presencia de abogados en todas las instancias de gobierno, son la demostración de este sistema diseñado como poder omnipresente.

La historia boliviana esta plagada de “revoluciones” o mejor de caricaturas de revolución como señala el Che, estas “revoluciones” fueron cambios epidérmicos de un Estado que conserva su matriz de poder colonial, mientras no se llegue a transformar ese núcleo que sostiene el armazón estatal, vanas serán las quejas, los enojos y la pérdida de vidas, porque transcurridos los tiempos se cierran heridas para los abrazos y se cruza los “puentes de sangre” para seguir reproduciendo esa matriz de poder.

Recuperar la indignación como fuerza creadora de nuevas situaciones revolucionarias, es, como lo señalaron varios pensadores del Abya Yala, el único camino para desmontar este sistema que en todos sus componentes, económicos, jurídicos y políticos es un atentado a la vida en toda su cabal expresión.

Cualquier argumento expresado por los jueces para prorrogar su poder, es antidemocrático, es antiético y es la angurria de poder revestida de toga y boato, que bien nos recuerda a los “doctorcitos de Charcas” o expresadas mejor con el adjetivo singular que les dio Carlos Medinaceli: los wayralevas.

#CamiloKatari

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