La crisis crónica del estado colonial
El estado, ese ente todopoderoso, preocupación de filósofos, economistas, sociólogos, politólogos, etc, a través de la historia, tiene sus formas camaleónicas de presentación, lo que no cambia es su estructura que le ha permitido reproducirse y constituir el “modelo” de organización de una sociedad, cuyo centro motor son las elites.
El rol de las élites es constitutivo del mismo Estado, definiendo forma, economía y jerarquías, en el caso latinoamericano, la gran mayoría de Estados son producto de la colonización europea, las formas anteriores de organización, es decir precoloniales hasta donde se conoce tenían otras formas y contenidos.
El Estado colonial tuvo un cimiento fundamental que fue el feudalismo europeo, esta matriz afincada en las élites europeas se caracterizó por la jerarquización social, esa particularidad se mantiene hasta hoy en el Estado boliviano. La minería y el sistema terrateniente son los ejes de construcción del Estado boliviano moderno, entonces las élites bolivianas pertenecen a esos ejes económicos fundamentales, con un añadido de la presencia de enclaves reclamadas de “nobleza criolla”.
Por ejemplo: la élite minera (Patiño) acudía a sus dispositivos políticos para poner a su servicio a las FFAA, cuando el proletariado minero exigía una remuneración justa en su salario. Todas las masacres mineras han sido producto de la acción del Estado, mediante la política y las fuerzas represivas, puestas al servicio de intereses individuales. Hoy la agroindustria, mediante sus dispositivos realiza la misma presión porque ve afectado sus intereses de crecimiento económico. La debilidad de los gobiernos es la debilidad del Estado.
Otro ejemplo: los intereses de la élite de los mineros de la plata, nos obligó a dejar solos a los hermanos peruanos en la guerra del pacífico. Las élites en Bolivia nunca han pensado en el país, en el desarrollo interno, los ojos siempre han estado hacia afuera en esa añoranza de la “modernidad” nunca alcanzada, es como decía Almaraz: “Se sentían dueños del país pero al mismo tiempo lo despreciaban.” y cuando decimos “Bolivia” nos referimos a los pueblos originarios.
El Estado colonial trató de “incorporar” a los pueblos indígenas y les reconoció, incluso un estatus de “nobleza” sin alterar en nada la relación de los roles económicos y el modo de producción, ni afectar la demarcación del territorio urbano que estaba definida como territorio y parroquia de indios y otra de españoles y criollos. (el Consejo económico social, se inscribe en esa estrategia). No es raro entonces, que estas autoridades “reconocidas” sean las que inicien las rebeliones que culminaron con la formación del Estado-nación, sin ser incluidos en este proyecto de las élites claro está.
En 1952, se reemplazó una élite por otra y en el caso de los hacendados afectados, sus nietos y bisnietos mantienen la mentalidad feudal de sus ancestros, por eso los enclaves racistas en Sucre, Cochabamba, Tarija, Potosí y La Paz, el odio al “indio” va parejo a la reproducción del Estado colonial, actualizado con los sistemas de reproducción como son el sistema educativo privado (y también público) otro componente de esta reproducción se realiza mediante un condicionamiento de los medios de comunicación para sus fines y el uso de tecnologías muy modernas para introducirse en la subjetividad individual y colectiva, activando el eterno imaginario de la promesa civilizatoria de occidente. Inalcanzable por el rol que han definido para nuestros países en su reparto de las zonas de influencia hegemónica.
La crisis política actual, tiene esas dos dimensiones, la primera que está fuera de nuestras fronteras y obedece a la pugna entre potencias mundiales por el control de materias primas (litio, tierras raras) y la reproducción y consolidación de un Estado moderno-colonial, esa es la batalla de las elites que aparentan ciertas diferencias en lo político, pero cuando ven peligrar sus privilegios sociales y económicos se juntan muy rápidamente, por ejemplo para aprobar leyes favorables a estas elites y ahí como en tiempos de Patiño sus operadores políticos superan cualquier diferencia y se ponen manos a la obra en tiempo record, la política, como vemos, es la expresión de las élites; ya no se puede hablar de una “élite política” por la carencia de una producción intelectual de pensamiento político.
Independientemente del resultado final de la crisis actual, por la estructura que sostiene al Estado, la conflictividad se mantendrá latente. Esta situación ha sido muy bien estudiada por las élites de la agroindustria, que buscan la salida a través de su independencia y a la que el actual gobierno apoya firmemente como lo señaló en su reciente discurso del 25 de mayo en Sucre. La pregunta que queda flotando es: ¿Las elites de la región occidental del país, serán aliados en este objetivo?
Antonio Abal O.





