El gendarme mundial, Estados Unidos de Norteamérica, impone sus caprichos a los vasallos que están dispuestos a aceptarlos por unas cuantas migajas. Una “noticia” que aparece como una más de las anécdotas de nuestro sufrido país, da cuenta de la toma en la ciudad de La Paz de la sede de la embajada de la República Bolivariana de Venezuela, por un grupo de personas al servicio del imperio.

En un estado de derecho –claro está que en Bolivia lo perdimos con el golpe de noviembre pasado, que encumbró a una dictadura sin rubor alguno– la protección de las instalaciones de cualquier sede diplomática constituye un deber y una obligación que se enmarca en los tratados internacionales. La inviolabilidad de un recinto perteneciente a otro país, cualquiera sea el color político de su gobierno, debe ser garantizado por el Estado en el que éste está ubicado.

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