Periodista de otro tiempo

Hoy a título de libertad de expresión, algunos periodistas y sus medios han cambiado el chip para la lectura correcta de los acontecimientos. Hay talento y del bueno en las corporaciones periodísticas afines a la manipulación de sus propios empresarios, en esa vorágine de la desinformación hay expresiones de profesionalismo, de inteligencia. Pero en todo ello, hay mucho dinero de por medio y también poder.

Estamos todavía viendo a un periodismo que corresponde a intereses de las grandes corporaciones. Que favorece a la élite empresarial. Un periodismo que tiene como único fin manipular la información, que la desarticula, la mancilla, la falsifica. Todavía vemos, no en la generalidad, a un periodismo degradante que calumnia y que hace de la mentira su mejor arma.

Ese periodismo mezquino, vendido y descarado funciona desde otros dispositivos más agresivos: las redes sociales que solapa, encubre y protege a los poderosos en Bolivia. Es el periodismo que firma jugosos contratos, abulta sus cuentas bancarias y goza de los beneficios del tráfico de influencia.

Hoy no solo asistimos a una extrema ideologización y parcialidad en la cobertura de los sucesos en Bolivia y en el mundo, sino que las mentiras y la manipulación del imaginario colectivo se ven potenciados en las redes sociales y llevan a la hipertrofia de una masa informativa fuera de todo control y verificación.

Hoy el problema de la información es grande. La prensa poderosa que viene desde el pasado respaldada por los empresarios y corporaciones financieras pretende aun monopolizar el pensamiento. Y sobrevive no por sus virtudes, sino más bien por sus defectos: los que produce depender del capital que la alimenta.

Una de las formas por las que pretenden controlar es el manejo “informativo” desde sus periodistas o conductores de revistas, lo tenemos ahí cerca, muy querido y arropado por los sectores urbanos del ‘mundo pitita’, sobre todo, por su “encanto” en manifestar por las mañanas, sus mejores “parabienes” a sus oyentes muy queridos.

Es el periodista que en su ritmo cotidiano de lo que él llama “información”, intenta seducirnos para que nos prendamos de la radio de su “agenda de temas”, convocando además, hasta sus variados “caseritos”, para que en su cínicas posturas, éstos, intenten convencernos de toda su variada temática como si toda ella, fuera “palabra de Dios”.

Es ese periodista que en su mágica manera de sobrar a la audiencia, utiliza la frase ya como muletilla “nos ha llamado la atención” o “nos han dicho…”, frase repetida casi todos los días, con insistencia para entrar en los temas de “su” agenda que, para éste, es la única y la más importante del día, además, es tan diestro que a sus entrevistados les pone las palabras para que contesten las preguntas intencionadas con solo afirmar o remarcarlas.

Es ese periodista que no encuentra otra fuente de información sino la suya cuando entra al conflicto Rusia y Ucrania, y se da todo el tiempo del mundo para convencernos que él tiene toda la razón, con toda su maligna parafernalia desarrollada en su programa como si los receptores del mensaje fuéramos unos imbéciles o niñitos de ocho años.

El problema de este tipo de periodistas no es singular, se ha extendido a otros que tratan de copiar lo que hacen los grandes medios corporativos, que en vez de ser plurales en los enfoques, se ven absorbidos por un pensamiento único que archiva la ética periodística, que no conoce de equilibrio informativo, porque siempre está favoreciendo a los que ya conocemos.

Hace un par de días recordaba la muerte de uno de los grandes periodistas, poetas y escritores que tuvo Bolivia, se trata de mi entrañable amigo Coco Manto (Jorge Mansilla Torres). En alguna oportunidad donde se hablaba del recorrido de ex políticos y “comedidos” a los medios de comunicación, Coco había escrito sobre éste particular y entre esos artículos encontré estos párrafos que me dará el marco necesario para más adelante y se los comento:

Coco Manto así definía a los que hoy aparecen como periodistas o ‘analistas’: “…son columnistas enemigos, no críticos, huelen a Joseph Goebbels en lo que dicen o escriben. Y también añadía: “… son los que estercolean en el periodismo con la nauseabunda amarillez. Zapatrañas, metidos en diarios, radios y Tv arman culebrones compasivos e hipócritas.

Antes de acabar este comentario, Coco Manto en su libro que nos remonta a los años 70 cuando el periodismo era otro cantar, El libro se llamaba así: “El Delito de ser periodista”, que entró clandestinamente a Bolivia con viajeros de confianza y chasquis ad hoc. Se tituló así por un careo, el 30 de enero de 1974, en Tolata, tras la Masacre del Valle. Coco Manto hacía esta pregunta como si fuera Periodista: —¿Por qué no podemos ir a la zona del conflicto, es delito? Y el Mayor Cordero responde: —Sí, ahora es delito ser periodista.

*Luis Camilo Romero, es comunicador boliviano para América Latina y El Caribe

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