El Juanca, como le decíamos, fue siempre un camarada, en la acepción de Pablo Neruda: un camarada, es más que un amigo, es más que un hermano, es un revolucionario. Con convicciones cristianas y dialécticas, siguió la ruta marcada por Luis Espinal, “gastar la vida” en favor de su pueblo, fue así en toda su militancia revolucionaria, por ello, en noviembre de 2019, se quedó en la trinchera de lucha junto a su pueblo a enfrentar a los racistas y fascistas que pretendían reponer la República colonial y oligárquica, no le tuvo miedo a Murillo y a sus bandas paramilitares; con la frente alta y una moral elevada asistía a cuanto evento de formación o reunión era invitado para hacer llegar una reflexión convertida en arma para desnudar a los aprendices de dictador y en palabra para formar nuevos líderes.

Su reflexión fue crítica y autocrítica, como él decía, provocativa porque se atrevió a señalar las limitaciones y errores del proceso de cambio, sin dejar de valorar sus conquistas, con el objetivo de profundizar el proceso de cambio, superar las ilusiones de la democracia liberal, que se mostraban en datos estadísticos como reflejo del crecimiento económico, pero sin participación de los sujetos históricos. Convocaba a la deliberación y al debate para profundizar el proceso de cambio, superar los marcos de la democracia liberal, que algunos consideran que es la etapa final, para avanzar hacia el socialismo comunitario en la perspectiva del Vivir Bien.

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