Cuenta la historia que, en el año 64 de la era cristiana, acaeció un gigantesco incendio en la ciudad de Roma, por entonces, la capital del imperio y una de las ciudades más importantes de aquella época. Eran tiempos en los que los cristianos –aquellos verdaderos y no los que ahora, tras ese nombre, llevan la biblia al Palacio Quemado para disimular sus crímenes– eran perseguidos sañudamente, como campesinos y pobladores de las barriadas de nuestras ciudades. Estoicos, resistían la represión, organizándose tras la palabra de Jesús, el Nazareno, que había proclamado subversivamente su simpatía por los pobres y explotados de esa y de todas las épocas.

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