El año pasado, justamente por estas fechas cuando el invierno arrecia y la sequedad en las zonas tropicales se nota en el ambiente, los medios masivos de comunicación se dieron a la tarea de denunciar las quemas que provocaron no pocos incendios. Decían los comedidos “expertos” –nombre que se daban los eternos odiadores cuya piel un poco más clara los hace sentir superiores– que todo era culpa de los collas que se habían venido por estas tierras bajas, alentados por un gobierno de salvajes.

Entonces, también, se habló de un ecocidio y se identificó al culpable, que no era otro que el muy indio de Evo Morales, cuyas huestes de bárbaros masistas se daban a la tarea de quemar sus chacos sin cuidado alguno. Verdes políticos y ecologistas de escritorio clamaron entonces que debía, de una buena vez por todas, declararse desastre nacional y permitir que la cooperación internacional se hiciera cargo del asunto, habida cuenta de la incapacidad del gobierno de aquel entonces. El rasgado de vestiduras trascendió las fronteras hasta conmover a no pocas ONG y a la burocracia internacional, que decía tener lista la ayuda para combatir el entuerto.

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