Si hay un factor que impele a las mentes autoritarias y retrógradas a cometer todo tipo de abusos y violaciones a los derechos humanos, ése es la impunidad. Sabedores de que el tiempo todo lo borra, que las urgencias del día a día almacenan en el fondo de la memoria el recuerdo de las atrocidades cometidas, actúan con el convencimiento de que nadie ni nunca, pedirá rendición de cuentas.

Lo sabía muy bien la dictadura de la autoproclamada Jeaninne Añez, que no deja de ser ya un triste recuerdo de la historia patria. Entre sus primeros actos, destaca el retorno de personajes que se encontraban con procesos judiciales de los que habían huido, poniendo fronteras de por medio. A los pocos que quedaban, entre ellos el entonces prefecto de Pando que tiene sobre su conciencia el asesinato de decenas de campesinos, hecho comprobado incluso por misiones internacionales que vinieron exclusivamente a hacer una investigación imparcial, se les dio el beneficio del sobreseimiento. Es decir, aquí no pasó nada; todo fue un invento de los masistas para encarcelar a sus opositores. ¿Muertos? No, señor, ninguno. Y los sobrevivientes de El Porvenir quedan con el sabor amargo de que su lucha por justicia queda en nada; que los culpables vuelven a gozar de su dinero mal habido y de su poder, para continuar con la explotación de sus semejantes.

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