¿Qué propone Carlos Mesa?

Fiel a su estilo, Carlos Mesa reaparece –video mediante– para dar su palabra ante la crisis que vive la dictadura. E inicia su speach afirmando que, si hubiera que elegir una palabra para este histórico 20 de mayo de 2020 en el que él nos habla, el vocablo elegido seria “decepción, gran decepción”. No es para menos, pues la dictadura presidida por la autoproclamada Jeaninne Añez debería ingresar, con méritos sobradamente propios, al libro de records de Guiness por la cantidad de delitos cometidos en ejercicio de gobierno, en un tiempo histórico extraordinariamente corto. Y don Carlos Mesa, junto a Luis Fernando Camacho, el otro padre putativo de la dama encumbrada, no puede menos que sentir decepción.

Fiel a su estilo periodístico, se conforma con lanzar algunas preguntas sobre lo que está pasando. Y se cuestiona si la presidenta se enteró del escándalo de la compra de los famosos respiradores que ahora no la dejan ni respirar, por la vía de las redes sociales o por qué medio. Vaya preocupación de don Carlos Mesa; similar a la de cualquier padre que teme por los malos pasos que va dando la hija a la que cree haberle dado vida política, como si los verdaderos padres de este engendro fuesen ángeles asexuados y no demonios que hacen cumplir las órdenes que vienen desde Washington.

Carlos Mesa, fiel a su estilo, está convencido de que es el tiempo de mostrarse como un papá bueno. Como tal, entiende que no todo es culpa de la pobre e inocente señora. Tiene ella nada más ni nada menos que enfrente a los verdaderos jinetes del Apocalipsis, encarnados en el MAS. Y arremete a renglón seguido contra la “violencia criminal” de los seguidores de Evo Morales.

Juega con el miedo de las clases medias, como lo hiciera para ejecutar el golpe de Estado de noviembre pasado, afirmando que los muy crueles y desalmados masistas están impidiendo en Yapacaní el paso de alimentos de los que “la ciudad de Santa Cruz es proveedora” (sic). Que la pandemia del corona virus palidecerá de envidia ante la epidemia que pueden provocar los muy malvados masistas de Qhara Qhara en Cochabamba, al negarse a una negociación sobre el manejo y destino de la basura.

Carlos Mesa, fiel a su estilo, se lamenta en nombre de todos los bolivianos y deja la imagen periodística del hombre equilibrado que echa una de cal y una de arena. Un jaloncito de orejas para que se dejen de escándalos la una y que los otros –¡por amor a Dios!– unan oraciones y voluntades para derrotar a la pandemia y que todos podamos vivir en paz y armonía. La señora debería saber que se gana tanto o más que haciendo negociados, cobrando sobresueldos legalmente, con fondos reservados; que a Evo ya le dijo, en las postrimerías de su olvidable gobierno, que era muy fácil bloquear Bolivia pero muy difícil salir a pedir limosna en esas condiciones.

Carlos Mesa, fiel a su estilo, con la voz y la pose estudiadas, desliza el mensaje que no debe expresarse en primera persona porque hacerlo sería de mal gusto: él es el hombre indicado para gobernar Bolivia. Ajeno a esos extremos que todos rechazan, su inmensa ilustración es urgentemente necesaria para levantar a este país. Va tomando distancia de sus compinches golpistas para mostrar el rostro amable del demócrata que, despejando dudas de a poquito, ya ha dicho que la candidatura de Jeaninne Añez pone en entredicho su parto constitucional.

Ante tamaños males, la ciudadanía obnubilada por la claridad de sus palabras, espera que termine señalando la panacea. ¡Díganos, don Carlos, qué hay que hacer! ¿Tumbar a la presidenta? ¿Convocar inmediatamente a elecciones o postergarlas indefinidamente? ¿Que cambie gabinete? ¿Que meta preso hasta al mismísimo Murillo, que seguro andaba enterado de todo? ¿Qué nos llame a cogobernar? Diga alguito, don Carlos, por favor.

Fiel a su estilo, Carlos Mesa no propone nada.

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