¡Muera la bota militar!

Un tal Orellana, con rango de general, ha irrumpido en las instalaciones de la Asamblea Plurinacional de Bolivia, en traje de campaña, para exigir a este poder del Estado su conformidad con la orden de ascensos; más aún, ha dado públicamente un plazo de una semana para que esa decisión se tome de acuerdo a los gustos y preferencias de los milicos envalentonados en dictadura.

Tal afrenta a la formalidad democrática –que no otra cosa se vive actualmente en Bolivia– es, hasta ahora, corolario de un irracional y atávico complejo de los generales golpistas de su supuesto rol de “institución tutelar de la patria”, que dio pie a los innumerables golpes militares que asolaron la vida republicana y que, desde la caída de Gonzalo Sánchez de Losada, se pensaban erradicados de nuestra práctica política.

Carlos Sánchez Berzaín fue uno de los últimos políticos de la era neoliberal en sacar las tropas a las calles para reprimir al pueblo. Suya es la frase de que, con quinientos muertos más, la crisis política y económica que vivía el país podría ser manejable desde el punto de vista de quienes entregaron las riquezas nacionales a la voracidad extranjera. El pueblo puso el pecho y los afanes prorroguistas que contemplaban incluso trasladar la sede de gobierno a Santa Cruz, con la aquiescencia de militares cavernarios, fueron derrotados en las calles y en las carreteras.

Con el advenimiento del Estado Plurinacional de Bolivia y su nueva, democrática y muy consultada Constitución Política del Estado, el rol de las Fuerzas Armadas pareció consolidarse en el sentido de sus labores y funciones específicas, respetuosas del orden democrático. El artículo 244 de la CPE establecía con claridad que “Las Fuerzas Armadas tienen por misión fundamental defender y conservar la independencia, seguridad y estabilidad del Estado, su honor y la soberanía del país; asegurar el imperio de la Constitución, garantizar la estabilidad del Gobierno legalmente constituido, y participar en el desarrollo integral del país.”

¿Asegurar el imperio de la Constitución? ¡Que sandez! El Gral. Orellana ha sido muy taxativo –para emplear un término al que era muy afecto el tristemente célebre Cnel. Luis Arce Gómez– al amenazar que “Como institución vamos a esperar la siguiente semana que la Asamblea se pronuncie y ratifique los ascensos de las Fuerzas Armadas”. Más aún, en caso de que la ALP se niegue a hacerlo o lo haga en términos que los interesados consideren no satisfactorios, harán aprobar su capricho por el Comando en Jefe de las Fuerzas Armadas. Más claro, agua.

¿Garantizar la estabilidad del Gobierno legalmente constituido? ¡Pamplinas! Cuando más, suavizar el lenguaje, no exigir como ahora, sino “sugerir” al presidente democráticamente elegido que renunciara, porque ellos ya estaban embarcados en el sangriento golpe de Estado que permitió a la señora Jeaninne Añez autoproclamarse sin rubor alguno, como presidenta. Flanqueada estaba ella, en aquellos aciagos momentos, por los jerarcas militares golpistas que vestían el mismo traje de campaña con el que ahora Orellana intenta intimidar a los legisladores.

Catorce años de velar por la institucionalidad y hacer olvidar de las mentes y los corazones de sus compatriotas la imagen del gorila prepotente con sus connacionales y sumiso a sus mandantes de Washington, han resultado insuficientes para cambiar la mentalidad gorila, permitiendo que se reavive el rencor ciudadano contra la bota militar.

A todo ello, su Capitana General –con la prerrogativa constitucional que podría invocar­– debe destituir inmediatamente al insolente soldado, por usurpar funciones y por abuso de poder, para al menos disimular ante la comunidad internacional, la vergüenza del hecho. Nada dice y es entendible; ¿quién apoya a Jeaninne Añez, cuya dictadura va cayendo a pedazos en la inmundicia de los negociados, arbitrariedades y nepotismo? Sólo los milicos golpistas, aupados por la embajada norteamericana.

Pero el pueblo no olvida, y desde adentro de su pecho al que las balas no terminan de matar, clama con sorda rabia: ¡Muera la bota militar!

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