Una duda Cartesiana

En las primeras horas de la mañana del 27 de noviembre de 1934 en la localidad de Villamontes, Tarija-Bolivia, un contingente de cerca de 400 soldados tomaba la residencia donde se encontraba el presidente Daniel Salamanca, este episodio es conocido en la historia boliviana como el “corralito de Villamontes”. Un golpe de Estado, que fue encabezado por el Gral. Enrique Peñaranda; el telón de fondo: la Guerra del Chaco.

El golpe de Estado tuvo como antesala, dos meses antes, un altercado entre el presidente Salamanca y el Gral. Peñaranda. Allí el hijo de Daniel Salamanca amenazó a Peñaranda exigiendo respeto al presidente. El “corralito de Villamontes” fue ejecutado sin respetar las elecciones generales que se habían realizado en el mes de julio del mismo año, siendo Franz Tamayo el presidente electo.

Este apunte de la historia boliviana es una llamada de atención sobre el proceso que estamos viviendo: La democracia ha sido alterada en el mes de noviembre de 2019; el gobierno de facto ha desplegado una campaña para desprestigiar al Movimiento Al Socialismo (MAS) tratando de impedir su participación en las futuras elecciones.

Hasta la fecha se han ensayado muchas alternativas para impedir la participación del MAS que van desde anular la personería jurídica, anular al candidato presidencial Luis Arce y la modificación de las circunscripciones electorales.

En este escenario se presenta una acción militar de amedrentamiento a la Asamblea Legislativa Plurinacional (ALP) con una demanda de ascensos, que a todas luces sería el sostén del resquebrajado gobierno de facto.

En 1978 otro general, Juan Pereda Asbún, candidato oficialista de Hugo Banzer, se hace del gobierno con un golpe de Estado anulando las elecciones.

Hacemos esta reseña para plantear una duda razonable acerca del futuro de las elecciones del mes de septiembre.

Es verdad que Marx sostenía que los hechos se presentan como tragedia en su primera manifestación y como comedia en la segunda. En Bolivia, en ambos casos se cobra vidas humanas; la democracia boliviana está cimentada en los cuerpos masacrados de aymaras, quechuas, que también son mineros, fabriles, amas de casa, estudiantes, profesionales y religiosos como Mauricio Lefevre y Luis Espinal.

¿Cómo garantizar la reconquista de la democracia? Los partidos que serán confrontados en el mes de septiembre son todos, excepto el MAS, los promotores del golpe de noviembre; por ello su “razón democrática” estaría cuestionada, peor aún con los últimos actos de censura a la libertad de expresión y persecución política.

El ambiente de crisis política no es favorable a la candidatura oficialista y como ocurrió con el Gral. Pereda, es posible un autogolpe. No existe ningún antecedente que pueda demostrar lo contrario. Las organizaciones regionales como la OEA, han perdido toda credibilidad y confianza en relación al respeto a los derechos humanos y a la democracia en Bolivia.

“Sólo el pueblo salva al pueblo” se ha convertido en una idea generalizada debido al abandono del gobierno respecto a la pandemia del COVID-19. El mismo principio, trasladado a la política, es la única garantía de retornar al cause democrático en un contexto de persecución política, existencia de fuerzas paramilitares y una agresiva agenda mediática que utiliza el miedo como arma privilegiada.

La brusca coyuntura por la que atravesamos, es un desafió a un pueblo que históricamente ha demostrado que prefiere la democracia a cualquier dictadura.

*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino

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