Edgar Ramírez, el mítico dirigente minero apodado “Huracán”, fue de aquellos que se elevó por encima de sus pares con una estatura moral difícil de encontrar: firme de convicciones, hombre que no tenía embargada su voz con nada ni con nadie, transitó la vida con humildad, huyendo de la fama, de los halagos y los elogios como de la peste. Leal a la certeza de que el poder de transformación de la sociedad es un hecho colectivo y no de individualidades, huía de la notoriedad para refugiarse en el crisol de la lucha anónima, pero efectiva. Lo pinta de cuerpo entero aquella anécdota de la inauguración de su obra, las modernísimas instalaciones del Archivo Histórico de la COMIBOL; entonces, el ministro de turno envió una placa en la que, para no salirse del libreto de los figurones, hizo colocar su nombre. Vísperas de la inauguración, manos de un ex perforista de interior mina la hicieron retirar y fundir de nuevo, para escribir en ella que esa obra se debía sólo al sacrificio y a la entrega de todos los anónimos trabajadores mineros de su patria.

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