Etiqueta: Luis García Meza

Edgar Ramírez, el mítico dirigente minero apodado “Huracán”, fue de aquellos que se elevó por encima de sus pares con una estatura moral difícil de encontrar: firme de convicciones, hombre que no tenía embargada su voz con nada ni con nadie, transitó la vida con humildad, huyendo de la fama, de los halagos y los elogios como de la peste. Leal a la certeza de que el poder de transformación de la sociedad es un hecho colectivo y no de individualidades, huía de la notoriedad para refugiarse en el crisol de la lucha anónima, pero efectiva. Lo pinta de cuerpo entero aquella anécdota de la inauguración de su obra, las modernísimas instalaciones del Archivo Histórico de la COMIBOL; entonces, el ministro de turno envió una placa en la que, para no salirse del libreto de los figurones, hizo colocar su nombre. Vísperas de la inauguración, manos de un ex perforista de interior mina la hicieron retirar y fundir de nuevo, para escribir en ella que esa obra se debía sólo al sacrificio y a la entrega de todos los anónimos trabajadores mineros de su patria.

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En estos días se cruza en la memoria recordar a los muertos, por las fiestas de Todos los Santos y la otra por la de Difuntos, pero aún queda en la retina seguramente de unos pocos aquel episodio trágico del 1 de noviembre de 1979 la Masacre de Todos Santos del Coronel Alberto Natusch Busch.

Ya nadie quiere revivir días tormentosos cuando se habla de golpes de estado, que en su mayoría, tuvieron la participación de militares en servicio activo, así vendrán a la memoria los golpes de Hugo Banzer en 1971 y de Luis García Meza Tejada en 1980.

Pero no quiero entrar en episodios trágicos que nos remueven sentimientos de angustia y dolor. Lo que hoy comparto con ustedes, con el permiso de mi gran amigo, Coco Manto, compañero de profesión y gran poeta, periodista que con su habilidad propia de saber acomodar sus textos a determinados momentos de la historia, escribió un texto lindo para este tiempo, y que tituló “Alabados y Calaveras”.

Ahí se los dejo:

“Más que día de duelo, Todos Santos era una fiesta. Cantábamos los alabados en los altares que las familias mineras erigían a sus muertos. Íbamos los niños eufóricos por las calles buscando tumbas a domicilio para cantar “alabado sea el Señor/sacramento del altar/ y la Virgen concebida/ sin pecado original”, luego de que el corero en jefe entonara la estrofa para las almas o angelitos, sean adultos o niños. Eran coplas de honra al difunto o de burla a la diabla muerte. Los altareros nos regalaban t’antawawas, panecillos horneados como palomas, serpientes, cruces, escaleras o estrellas que cargábamos en saquillos al hombro.

A veces, nuestro corero se mandaba una estrofa aparte para que el deudo le dé algo mejor, un bizcochuelo, por ejemplo. “Don Serapio buena gente/ siempre fue trabajador/ y dos ángeles lo llevan/ al servicio del Señor”. Lo único seguro en Siglo XX y Llallagua era la gran cantidad de muertos cada año y los juglares poníamos en boca del corero coplas como ésta para los líderes sindicales Pimentel y Escobar: “Irineo y Federico/ con San Pedro ya estarán/ siendo que eran comunistas/ a pesar del capellán”. O para los masacradores: “Leuke leuke, puca chaqui/ nuestro Dios te ha de botar/ por tu uniforme de caqui/ y tu rifle de matar”.

Aunque en México la fiesta todosantera está venturamente viva gracias a la resurrección de la Catrina del pintor Posadas, ya no se componen calaveras (“calacas”), epitafios públicos para la gente que se quería ver muerta. Antes se publicaban suplementos festivos con lápidas para políticos, artistas, diputados, patrones y demás celebridades.

Año con año, hasta el 2005, la empresa Excélsior encargaba a sus epigramistas, el vate Campos Díaz y Sánchez y yo, calaquear a unos 80 personajes en sus revistas y diarios. La lápida iba con una caricatura del muertito. En 25 años fui autor de unas 700 lapiditas. Recuerdo algunas. Del presidente López Portillo: “Muy seria llegó la Parca/ al fúnebre conventillo/ y dijo al poner su marca:/ Me traje a López Porpillo”. De la actriz María Félix: “Al verla perfecta y bella/ se le aflojó la guadaña/ y ya enamorada de ella/ ¡la Flaca se hizo lesbiana!”. De Fidel Castro: “Con odio y muy yanquimente/ me mataste tantas veces…/ Ahora te digo de frente:/ ¡Gusana, no me mereces!”. De Marcelo Quiroga: “En la memoria de todos/ gozo de cabal salud,/ y vos, pus de Chonchocoro,/ ¡te pudres en tu ataúd!”. De la iglesia metida con el narco por millonarias limosnas: “Sin que parezca pecado/ escuché en el cementerio/ a un cura pichicatero/ cantando: Dios sea lavado (…)”.

Ya no hay, pues, alabados ni calaveras. Sin el genio y la malicia para tratos de postmortem, la creatividad popular arde en el fuego fatuo de las conchudas redes sociales con sus aparatejos celulares, aypuds y demás guaraguas tecnológicas que todo lo traen hecho y compuesto. Peor aún, los niños de hoy ya no imaginan la Noche de Muertos sin el jalowin, babosada gringa que les hace ir de puerta en puerta disfrazados de fantasmas pidiendo golosinas o dinero. ¡Bah!”

Es una gran parte del texto que me atreví a recoger a un inspirado y talentoso escritor y poeta como es Coco Manto. Oportunidad que me brinda para darle un fuerte abrazo y en ese entrañable recuerdo de sus obras, decir que reviviremos el tiempo de la Fiesta de Todos los Santos y Fieles difuntos a la manera que nos propone Coco, una verdadera fiesta en nombre de los muertos… ¡¡Todos Santos: vivan los muertos!!

*Camilo Katari, es escritor e historiador potosino

El retrato de los golpes de Estado en la historia boliviana tuvo como componentes principales de su autoría no siempre a sus presidentes, sino a los ministros del interior o de gobierno como el caso del actual, con el apoyo de especialistas sádicos que es importante recordarlos.

A mediados de los años 60, después de la caída del MNR, salieron a la luz distintas denuncias de violación a los Derechos Humanos. Los testimonios escritos revelan lo que fue esa época, por ejemplo: Mario Peñaranda Rivera publicó ‘Entre los hombres lobos de Bolivia’, Hernán Barriga Antelo escribió ‘Laureles de un tirano’, Hernán Landívar Flores relató su vivencia personal en ‘Infierno en Bolivia’ (1965) y Fernando Loayza Beltrán esclareció episodios nefastos en su libro ‘Campos de concentración en Bolivia’ (1966).

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Arturo Murillo hace grandes esfuerzos por hacernos recordar a su antecesor, Luis Arce Gómez, aquel ministro militar que, en la narcodictadura de Luis García Meza, aconsejaba a los opositores andar con el testamento bajo el brazo. Casi lo logra -aclaramos, el ministro Murillo y no el otro-, por sus constantes amenazas y escarmientos a todo lo que huela a oposición. Hay que reconocerle también el mérito de ser bastante consecuente entre lo que amenaza y lo que hace, compitiendo de igual a igual con el otro personaje ya fallecido.

«El bolas», como se lo conoce al ministro Murillo, ha estallado en cólera e indignación ante una investigación periodística realizada por el canal Gigavisión, que pone en evidencia sus grandes dotes y olfato para hacer dinero fácil. El trabajo informativo del periodista Junior Arias se basa en documentos que resultan pruebas irrefutables para el iracundo ministro, que no desentona con el resto del gabinete de Doña Jeaninne Añez a la hora de inventar sobreprecios y coimas.

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