La restauración del dominio colonial mediante el golpe de la oligarquía servil

La estrategia de dominación continental de la era Trump se caracteriza por estar signada de una visión proteccionista de corte nacionalista extremo orientada a potenciar el desarrollo del capitalismo industrial, a diferencia de mas de 30 años de gobiernos norteamericanos con dominio del capital financiero y comercial, los llamados neoliberales.

Este dato es fundamental para comprender la pugna entre capitalistas producto de la cual, sectores igual de reaccionarios del capitalismo financiero y comercial, buscan defenestrar a Trump del poder. También sirven para comprender las variantes geopolíticas de dominación continental.

En ese contexto, el concepto de territorialidad producto de la división del mundo posterior a la segunda guerra mundial, enfoca a América Latina como área de dominación y control para la seguridad interior norteamericana. Así también la concibe como su área de producción de comodities y materias primas baratas para su desarrollo industrial (petróleo, gas, minerales estratégicos, tierras raras, etc.)

En este contexto, la fórmula de la democracia liberal deja de ser importante para dar paso a formulas de “apariencia democrática”, que implican democracias controladas o tuteladas, en las que los poderes legislativos son utilizados por los Estados Unidos, como instrumento para derrocar gobiernos constitucionales; donde los jueces y fiscales actúan cual ejércitos de ocupación “cazando enemigos” vía procesos judiciales fabricados y la traición se vuelve moneda común en los poderes ejecutivos.

En esta concepción proteccionista de su política exterior, se re direccionan los golpes de estado, donde las fuerzas armadas y de seguridad de los países periféricos del poder hegemónico, se convierten nuevamente en los brazos operativos de la política exterior norteamericana, constituyendo el soporte de las oligarquías criollas, dependientes y cipayas, sirvientes del poder imperialista.

Vivimos con Trump en los marcos de un neocolonialismo rígido, en el que seguramente no les quedará otra que imponer dictaduras militares clásicas o variantes de ellas.

En ese contexto es en que se produjo el golpe de estado que derrocó a Evo Morales en Bolivia. Se consolidó una dictadura, con legislativo en funciones y posesionando por los militares y sin quorum, a una presidenta civil, lo que desdibuja el golpe militar clásico, aunque su gobierno funciona como una típica dictadura: masacres de civiles, supresión de derechos individuales y colectivos, libertad de expresión amordazada, control y persecución de los opositores, violaciones de derechos humanos, terrorismo de estado, etc. Todos estos parámetros ya de conocimiento y preocupación de organismos internacionales de derechos humanos y la comunidad internacional.

Este contexto es encubierto por un discurso religioso reaccionario, que revela valores ligados a defender la posesión de bienes y la denominada propiedad privada, la familia típica, la tradición religiosa reaccionaria, usando como principal argumento y arma, la biblia denominada como palabra y voluntad de dios, así como en épocas de la inquisición del siglo XVI y las dictaduras latinoamericanas de los 70s del siglo XX.

Todo esto se ve casualmente reforzado por la pandemia del corono virus que se constituye en el pretexto perfecto para la militarización, el disciplinamiento social vía cuarentena, la desorganización del movimiento popular, la judicialización de la protesta, el abuso de poder, juntamente a irregularidades administrativas que develan un abuso del poder vía nepotismo, corrupción, consorcios con la mafia internacional, incapacidad en los mandos de dirección, prepotencia, amenaza permanente como forma de sujeción a la autoridad.

Por todas estas razones y la necesidad de tiempo para consumar la entrega de recursos estratégicos como el litio a transnacionales con hegemonía norteamericana, se preve con certeza que no existe voluntad política para convocar próximamente a elecciones nacionales, y más aun con el rapidísimo desgaste del gobierno de Añez, por sus errores administrativos y mal manejo del estado, así como por pugnas internas entre sus halcones y sus palomas o dicho de otra manera, entre los de línea dura y los cultores de la democracia tutelada.

A esta crisis de desgaste, se suma la de las otras fracciones oligárquicas con quienes se asociaron coyunturalmente para derrocar a Evo Morales, pero con las cuales no pueden construir un proyecto político unitario de derecha, mal histórico de la oligarquía boliviana, que antepone intereses regionales, sectoriales y de casta, ante un proyecto único al interior del bloque en el poder.

No otra cosa representan las candidaturas de Carlos Mesa, Tuto Quiroga, Fernando Camacho, Chi Hyun Chun, frente a Añez que sumo tras suyo a Samuel Doria Medina y Victor Hugo Cardenas.

En esa condiciones será lógico que cualquiera sea el candidato del MAS, tiene amplias posibilidades de ganar las elecciones teniendo como pre visión, que no le será entregado el poder, quedándoles a los golpistas como alternativas para frenar la propuesta popular que se avecina, solo dos caminos: entregar el gobierno al Poder electoral, hoy presidido por un empleado de la NED y la USAID norteamericanos, como es Romero Ballivian o en su defecto, se producirá un autogolpe que empodere a militares dirigidos políticamente por la linea dura que sostienen los ministros Lopez y Murillo.

Por lo expresado, consideramos que el golpe a Evo Morales no es un golpe aislado, sino que es el mas serio ensayo para desarticular a los proyectos políticos populares en America Latina. Su metodología, paciente planificación, inserción de agentes, chantaje vía corrupción y finalmente traición en las esferas mas cercanas al núcleo de poder, así lo demuestran.

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